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Calles y andenes de algunos barrios de sorprendieron este lunes por su silencio. Pero el metro, atestado, parecía no dar cuenta de que la capital económica de América Latina iniciaba oficialmente dos semanas de restricciones severas contra la pandemia de , con toque de queda nocturno.

Elisa salió temprano hacia la empresa de diseño en Pinheiros, en el oeste de la ciudad, donde trabaja como aseadora hace dos años. “Creo que todo sigue igual, el metro estaba como siempre”, dijo a AFP la mujer, de 33 años.

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La gobernación ordenó que personas como ella, que no cumplen labores esenciales, se queden en casa para evitar contagios en momentos en que los hospitales se acercan al colapso: en el estado más rico de Brasil, donde viven 46,2 millones de habitantes, el 88,4% de las camas UCI están ocupadas.

La orden se inscribe dentro de la ‘Fase de emergencia’, la más estricta, decretada el jueves por el gobernador Joao Doria para enfrentar el que llamó “el momento más crítico” de la pandemia de coronavirus, que ya dejó más de 278.000 muertos en el gigante latinoamericano, una cifra solo superada por Estados Unidos.

Desde este 15 de marzo hasta el 30, entre las 20H00 (23H00 GMT) y las 05H00 (08H00 GMT), los paulistas estarán en toque de queda. Los parques y playas están cerrados, las oficinas deben trabajar a distancia y las autoridades pidieron reducir las clases al mínimo imprescindible, entre otras medidas.

Pero “yo tengo que venir a trabajar. Si no vengo, los patrones simplemente me dirían: ‘vete’ (...) Como las cosas están difíciles, sigo aquí... sin reclamar”, apunta Elisa, cuyo nombre fue cambiado para evitar posibles represalias.

Sin salario, sería desalojada por no poder pagar el alquiler de su casa, donde vive con su hija adolescente; y si no va a la empresa, la despiden, cuenta.

En la zona comercial de Pinheiros, donde trabaja, la mayoría de locales estaban cerrados el lunes. Algunos restaurantes tenían las puertas entreabiertas, a la espera de iniciar los repartos a domicilio, su única fuente de ventas ante la prohibición de pedir para llevar.

“Morir de hambre”

Cerca de Pinheiros, en el barrio acomodado de Jardim Paulista, Léo pone una cinta plástica amarilla y negra alrededor del restaurante que gerencia hace ocho años. La máscara sanitaria de tela blanca no oculta su desazón por el impacto de las nuevas restricciones en su actividad.

“Así está complicado, las cuentas no dan”, afirma el hombre, de 41 años. “Si sigue así, voy a tener que cerrar” el negocio.

Antes de la irrupción del covid-19 hace un año, vendía 260 almuerzos por día. Ahora ronda los treinta y teme que el número baje.

“Con eso ni se paga la cuenta del agua”, señala. “Deberían aliviar un poco [las medidas], porque nos vamos a morir de hambre”.

Por las vías de Jardim Paulista circula un número reducido de transeúntes. La actividad de esa zona residencial y empresarial estaba el lunes en sus mínimos, contrariamente a otras zonas donde pulula la indisciplina.

Entre viernes y domingo, cuando regía una fase menos estricta, las autoridades encontraron casi 200 locales infringiendo las restricciones.

“Aquí en el centro no hay aglomeraciones. Donde yo vivo, en la Freguesia do Ó [noroeste], no vi una sola persona con máscara”, afirma Léo.

Sao Paulo es el estado con más muertos (64.123), aunque en términos relativos está menos afectado que Rio de Janeiro, Amazonas o Brasilia.

Este lunes el gobernador Doria dejó planear la posibilidad de una cuarentena estricta en caso de que no haya resultados en la ‘Fase de emergencia’.

Su otrora aliado, el presidente ultraderechista Jair Bolsonaro, se opone a los ‘lockdown’ por su impacto económico, al tiempo que minimiza la pandemia y critica los inmunizantes -la vacunación va a paso lento- y las medidas de distanciamiento.

Su gobierno dispuso ayudas económicas para la población más pobre desde abril hasta diciembre de 2020, que deberán retomarse en abril, aunque de menor cuantía debido a los aprietos fiscales.

“Solo vamos a tener tranquilidad cuando toda la población esté vacunada, pero eso va a tardar un poco”, opina el taxista Raimundo, de 67 años, quien espera a las afueras de un hotel de Jardim por algún cliente.

“Mientras tanto hay que hacer algo, porque los hospitales están repletos”, añade.

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