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Tumaco, el centro de operaciones de los disidentes de las FARC 

En el suroeste de Colombia, en la frontera con Ecuador, operan grupos disidentes de las FARC, narcotraficantes y bandas criminales. Acá los acuerdos de paz no se aplican

Tumaco

La localidad de Tumaco está rodeada por barrios muy pobres y violentos, situados al borde del mar. De aquí surgen integrantes jóvenes de las bandas criminales y de los grupos disidentes de las FARC. (Sebastián Castañeda / El Comercio)

La fiesta de la Virgen del Carmen es una de las celebraciones religiosas más representativas de la localidad de Tumaco, en la región de Nariño. Aquí fue enviado hace varios años Claudio Parotti, un misionero comboniano que cuando habla mezcla un italiano elegante con dejo caribeño.

Era julio del 2015 cuando un equipo de este Diario recorrió aquel peligroso rincón del suroeste de Colombia, cerca del límite con Ecuador y en las orillas del Pacífico. En el día central de la fiesta, Claudio estaba de pie en el umbral de una parroquia en uno de los barrios más violentos de Tumaco, recibiendo a los fieles. Una señora se le acercó y lo saludó efusivamente.

“Aquí le hicieron misas a mis tres hijos”, contó la mujer, agradecida, cogiéndole las manos. Cuando ella ingresó, Claudio completó la historia: “Sí, le hicimos misa a sus tres hijos asesinados”. A uno probablemente lo asesinaron las FARC, a otro quizá el ELN, y el tercero parece que murió a manos de una banda criminal extremadamente violenta conocida como Los Urabeños. Dijo Claudio: “Aquí usted no se puede comer la ‘s’. No hablemos de la violencia, sino de las violencias, ¿me oyó?”.

No muy lejos de esta parroquia se ubica el cementerio de Tumaco, que funciona como el museo de la guerra colombiana. Es común encontrar nichos forzados y huesos humanos amontonados en cajas. Algunos en bolsas de plástico, como si fuera basura, junto a coronas de flores. Otros simplemente están tirados en el piso, cráneos incluidos.

Tumaco

Por el río Mira, principal vía de comunicación en la frontera, se desplazaban los periodistas ecuatorianos asesinados. (Sebastián Castañeda / El Comercio)

La explicación que nos dio un forense del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) fue cruda y simple: las familias de los muertos deben realizar un pago anual por el uso de un nicho; si se deja de pagar, los restos son retirados y colocados en cualquier lado. La demanda de tumbas en Tumaco es enorme, y la oferta del cementerio, escasa. Aquella tarde, el forense debía analizar los restos de un integrante de las FARC, que habían sido entregados por los cabecillas para que se los dieran a su familia. Los huesos del cráneo estaban destruidos, y la camiseta que usaba esta persona tenía un hueco enorme de bala en el centro del pecho. Aquella tarde, un bombazo se escuchó en todo Tumaco. Fue una carga de dinamita lanzada contra un puesto policial en el barrio de Panamá; una niña que paseaba cerca perdió una pierna.

—Al límite—
Geográficamente, Tumaco es el escenario perfecto para una actividad ilegal de gran escala como el narcotráfico: tiene pisos altos y cálidos donde se siembra hoja de coca; está junto a la frontera con Ecuador, desde donde se trafican insumos químicos para producir cocaína; y se ubica junto a un puerto marítimo que permite el embarque de grandes cantidades de droga hacia alta mar.

Según el Sistema Estadístico Nacional (SEN) de Colombia, alrededor del 84% de la población en esta localidad es pobre. Para los grupos terroristas, las mafias de narcotráfico y las bandas criminales, Tumaco es fuente de mano de obra barata. Este es el centro de operaciones de Walter Patricio Artízala Vernaza, ‘Guacho’, cabecilla de un grupo disidente de las FARC que secuestró y luego asesinó al equipo periodístico del diario “El Comercio” de Quito.

Muy cerca de la frontera con Ecuador se ubica el centro poblado de Congal, que por aquellos días de julio del 2015 atravesaba una crisis humanitaria a pequeña escala. Un grupo de las FARC –probablemente el mismo que encabeza ‘Guacho’– había atacado con explosivos el oleoducto que recorre la zona, y una masa negra de crudo se había desplazado por todos los caseríos de la frontera.

Cuando este Diario llegó a Congal, aún se percibían los olores penetrantes del petróleo, y había huellas negras por todos lados: en la ropa de los habitantes, en los botes de los pescadores, en la piel de los animales. David Requené, que alguna vez fue autoridad de este centro poblado, contó que por esta zona transitan todos los participantes de este conflicto de varias aristas, pero nadie nunca los denunciará.

“Aquí el sapo es muerto”, dijo. En la pared de la casa de madera de un vecino, había una inscripción pintada con aerosol, alusiva a las FARC. A pocos metros, se ubica el río Mira, por donde se desplazaron los periodistas ecuatorianos y donde ahora se buscan sus cuerpos.

Cuerpos sin recuperar

Periodistas asesinados
El 26 de marzo, el reportero Javier Ortega, el fotógrafo Paúl Rivas y el conductor Efraín Segarra, todos del diario “El Comercio” de Quito, fueron secuestrados en la zona de Mataje, en la frontera de Ecuador y Colombia. El 13 de abril, se confirmó que habían sido asesinados.

En suspenso
Esta semana, el llamado frente Oliver Sinisterra, encabezado por ‘Guacho’ y autor del secuestro y asesinato de los periodistas, anunció que suspendía las coordinaciones para la entrega de los cuerpos a la Cruz Roja, aduciendo la reanudación de actividades militares en la zona.

El Perú y las FARC

Contacto en frontera del Putumayo

En el 2002, los periodistas de este Diario Javier Ascue y Lino Chipana recorrieron el río Putumayo, en la frontera entre el Perú y Colombia, hasta contactar a ‘Tiberio’, cabecilla de las FARC que por aquellos años controlaba ese territorio. ‘Tiberio’, abatido en el 2004 por el ejército de Colombia, reconoció en la entrevista que había ingresado a suelo peruano, pero dijo que las FARC “no causarían problemas” a sus vecinos.

El jueves de esta semana, la Policía Nacional capturó al colombiano Jhony Neyder Machacuri en el distrito de Teniente Manuel Clavero, provincia de Putumayo (Loreto). Él es investigado por la Dirección contra el Terrorismo, luego de que fuera denunciado por captar jóvenes para que se integraran a las FARC. Según la policía, al ser detenido, portaba folletos alusivos al grupo terrorista.

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