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¿Qué nos enseña Trump sobre sus émulos locales? Por Farid Kahhat

No hay un millón de ciudadanos venezolanos residiendo en el Perú, solo 26 ciudadanos extranjeros están habilitados para votar en las elecciones municipales y regionales de octubre próximo, y ningún ciudadano extranjero votará en las elecciones generales del 2021

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Venezolanos en el Perú: ¿Qué nos enseña Trump sobre sus émulos locales? Por Farid Kahhat. (Reuters).

No hay un millón de ciudadanos venezolanos residiendo en el Perú, solo 26 ciudadanos extranjeros están habilitados para votar en las elecciones municipales y regionales de octubre próximo, y ningún ciudadano extranjero votará en las elecciones generales del 2021: corregir las falsedades en las que se basa la campaña del candidato a la alcaldía de Lima Ricardo Belmont es una acción necesaria. Pero dista de ser suficiente, dado que su discurso apelaría a los temores antes que a la razón de los votantes.

La campaña presidencial de Donald Trump sugiere que la labor de verificar la información que brindan los candidatos no basta porque, en ocasiones, las personas somos renuentes a reconocer nueva información que contradice nuestras creencias previas. Trump, por ejemplo, sostuvo que jamás hubo concurrencia tan nutrida a una toma de mando presidencial como la multitud congregada para su juramentación del cargo. Cosa que era palmariamente falsa: la concurrencia a la toma de mando de Obama fue varias veces mayor. Pero confrontados con las fotos aéreas de ambos eventos, un 15% de los votantes de Trump sostenían lo mismo que su candidato. Tal vez porque admitir lo obvio implicaría aceptar que habrían sido embaucados por un mentiroso, poniendo en tela de juicio su propia autopercepción. Más aún, algunos electores de Trump admitieron que la evidencia indicaba que su candidato mentía, pero eso no cambió un ápice su respaldo.

Si cree que eso es algo que solo le pasa a segmentos poco informados y educados de la población, le diría dos cosas. Primero, eso no es cierto: bajo circunstancias adversas le puede pasar a cualquiera. Baste recordar aquel segmento de la clase media ilustrada de un país tan educado como Alemania, que cayó seducido por los cantos de sirena del fascismo. Segundo, esa creencia es parte del problema. Tanto en el caso de Trump como en el de Berlusconi, hombres ricos y poderosos se presentaron como representantes del ciudadano común en contraposición a una autocomplaciente élite intelectual que lo percibía con paternalismo, cuando no con desprecio. Muchos tal vez no nos reconozcamos en esa caracterización, pero eso es irrelevante: lo que importa aquí no es nuestra autopercepción, sino cómo podríamos ser percibidos por aquellos que contemplan votar por un candidato con ese discurso.

Y en el caso de Trump, la prensa fue parte del problema. Un estudio del Centro Shorenstein de la Universidad de Harvard encontró que, atraídos por la audiencia que brindaba la novedad y el sensacionalismo asociados con su candidatura, en el año previo al inicio de las primarias los principales medios brindaron a Trump casi el doble de la cobertura que obtuvo su principal contendor (34% del total, por oposición al 18% de Jeb Bush). A su vez, merced a Trump, los republicanos obtuvieron el 63% de la cobertura que los medios destinaron a las elecciones primarias de los principales partidos, por oposición a un 37% de cobertura para los demócratas. Según ese estudio, esa cobertura equivalió a unos 55 millones de dólares en publicidad gratuita (más de lo que la campaña de Trump invirtió por ese concepto durante ese período). Un 30% de ese monto lo explica el medio al que ahora Trump considera su némesis: el diario “The New York Times”.

Seguiré abordando este tema en mi siguiente columna.

* El Comercio no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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