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Un amor de frontera en los tiempos de Trump y del orgullo LGBTI

A principios de junio, un ciudadano mexicano y uno estadounidense se casaron en el puente internacional Reynosa-Hidalgo/McAllen, una escena donde puede leerse el pasado y el presente de la vida en una frontera atravesada por la violencia y las políticas migratorias

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Eliut García y Omar Villafuerte se casaron el 6 de junio en el Puente Internacional Reynosa–Hidalgo/McAllen. (Matthew J. Richards).

Ciudad de México. El día después de su boda civil, Eliut García y Omar Villafuerte despertaron con el sonido de los disparos. A sus teléfonos llegaban las imágenes y los mensajes de sus vecinos que alertaban sobre una “situación de riesgo”, el eufemismo que se usa en Reynosa para reportar la violencia de la guerra entre el ejército y los cárteles de la droga que dominan esta ciudad mexicana, una de las más pobladas de la frontera. Era su primer día de casados.

García, un especialista en cobranzas médicas de 38 años, es ciudadano estadounidense. Villafuerte, diseñador gráfico y dueño de una barbería, está por cumplir 40, es mexicano y no tiene visa para cruzar a Estados Unidos. La ceremonia se celebró el 6 de junio a las 6 de la tarde en el puente internacional Reynosa–Hidalgo/McAllen, un puente que cruzan a diario más de 6000 personas rumbo a Estados Unidos.

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García y Villafuerte encontraron un espacio para unirse en ese no lugar donde se encuentran dos países empeñados en separarse y, sin proponérselo, su boda se convirtió en una postal donde podía leerse el pasado y el presente de la vida en la frontera; la pérdida y la conquista de derechos y libertades marcados por los límites geográficos.

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Eliut García y Omar Villafuerte se casaron el 6 de junio en el Puente Internacional Reynosa–Hidalgo/McAllen. (Matthew J. Richards).

Cuando se construyó, en 1926, el puente internacional entre Reynosa (Tamaulipas) e Hidalgo (Texas) era una obra para unir dos comunidades separadas por el río Bravo.

Hacia el norte, un país en medio de la ley seca y al borde de un colapso económico. Hacia el sur, uno que se recuperaba de una guerra civil. Entre ambos, un puente que ha ido mutando para acomodar el ir y venir de familias, mercancías e individuos que se mueven entre el inglés y el español al margen de las políticas de Washington y Ciudad de México, y para quienes el río es una extensión del patio de casa y la reja un accesorio arquitectónico.

En el 2019, ese puente es un recordatorio de las contradicciones de una política migratoria restrictiva que atraviesa una de las fronteras más integradas del planeta. Es el puente que recorren los niños de doble nacionalidad que estudian en Texas y duermen en México. El que abarrotan los compradores mexicanos que buscan ofertas durante las vacaciones. Donde se apiñan los migrantes centroamericanos con la esperanza de solicitar asilo.

Justo a la mitad del puente hay una losa de piedra que marca el límite internacional entre ambos países. Desde hace unos meses, ese sitio marca visiblemente una nueva política migratoria. Allí han instalado un puesto previo de control en el que los agentes de inmigración estadounidense monitorean a los peatones para impedir que quienes pretenden pedir asilo pisen suelo estadounidense. Aunque oficialmente el control de pasaportes y aduana está unos metros más adelante, bajo el gobierno de Donald Trump la frontera está efectivamente unos pasos más al sur.

La ministra Yadira Richards, quien esa tarde cruzó la frontera desde Estados Unidos para oficiar la unión civil entre García y Villafuerte, describe un casamiento en el puente internacional —uno de los servicios que ella ofrece— como una “ceremonia legal, simple y bonita”. Richards cuenta que en los últimos siete años ha casado a unas treinta parejas en los puentes internacionales y al menos a una decena de parejas del mismo sexo. Pero esta era la primera boda entre personas del mismo sexo que oficiaba en un puente.

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La ministra Yadira Richards junto a los novios. (Matthew J. Richards).

Las uniones en los puertos fronterizos representan un modesto pero dinámico segmento impulsado más por la necesidad que por el capricho de originalidad. Para García y Villafuerte, casarse en Reynosa, donde ambos viven, no era una alternativa. “Quería que mi matrimonio fuera legal”, dice García por teléfono. “Nuestra relación no es algo común para la sociedad”, añade, refiriéndose a Reynosa. “La gente es muy conservadora”.

El estado de Tamaulipas no reconoce el matrimonio igualitario, a pesar de que la Suprema Corte de México ha declarado que el código civil estatal es inconstitucional porque excluye a las parejas del mismo sexo.

Pero el estado de Texas, del otro lado del río, lo legalizó a partir del 26 de junio de 2015. Como muchos jóvenes de la frontera, Eliut García vive en México pero nació en Texas y es ciudadano estadounidense. De lunes a viernes, desde hace más de diez años, cruza el puente hacia McAllen para ir a su trabajo como administrador en una red de clínicas.

Yadira Richards, la oficiante de la boda, dice que cada vez tiene más clientes que quieren contraer matrimonio en algún puente internacional entre México y Estados Unidos: “En parte creo que es por la urgencia de mucha gente que se quiere salir de las ciudades de la frontera por el peligro”.

“La inseguridad está bien canija en Reynosa y ya quiero algo mejor”, dice García. Su esperanza es que, una vez casados, pueda empezar los trámites para que ambos se muden a Estados Unidos. “Quiero llevar el concepto de mi negocio para allá”, agrega Villafuerte, dueño de una barbería y spa que atiende tanto a damas y caballeros. Él vive desde hace quince años en la ciudad: “Antes podías estar a gusto en un antro, o por la calle, pero ahorita ya parece un pueblo fantasma”.

Rubén Escandón Jr., quien oficia bodas en El Paso desde 2005, cuenta que ha unido a cientos de parejas en los puentes de su área y que, desde que Trump es presidente, recibe más pedidos. Parejas binacionales que tienen años juntas y que, ante la deportación inminente o el temor de que la puerta para la residencia o la ciudadanía se cierre definitivamente, deciden ir al lugar menos romántico de la frontera y casarse frente a un juez y a decenas de desconocidos que siguen su camino entre un país y otro.

García y Villafuerte pensaban que el matrimonio en la frontera sería algo pequeño, sin demasiada importancia: tienen planeada una fiesta para fines de agosto. No se habían percatado de que su ceremonia civil tendría lugar durante el mes del orgullo LGTBI, pero ahora les parece una feliz coincidencia.

Este año, Villafuerte será el rey de la marcha de la dignidad LGTBI que desde hace cuatro años se organiza en Reynosa. Yuliet Gonzalez, una estilista de 46 años que preside la Asociación Libre Reynosa dice que, aunque la organización de la marcha ha tenido tropiezos, ahora se encuentran “en un lugar mucho mejor porque se unió Derechos Humanos”, y que este año esperan mil asistentes. El número puede parecer nimio para una ciudad de un millón de habitantes, pero resulta inmenso para cualquiera que conozca el arraigado conservadurismo de la sociedad reynosense.

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Sergio Antú.

El jueves que Omar García y Eliut Villafuerte se casaron la temperatura llegó a los 38 grados centígrados. Los novios vestían jeans, camisas blancas, saco y gafas oscuras. En lugar de un altar, una losa que conmemora los 150 años de la firma del tratado de paz y límites Guadalupe Hidalgo que México y Estados Unidos firmaron en 1848. La gente que iba y volvía los miraba. El novio mexicano dice que era porque su atuendo era demasiado caluroso para el clima. El novio estadounidense cree que los miraban por el morbo de dos hombres casándose.

Cuando mencionan la boda, los testigos recuerdan el calor, las gafas de sol que disimulaban las lágrimas de los contrayentes, los globos metálicos de colores que una pareja de amigas de los novios llevó. Recuerdan que el novio mexicano no quería cruzar a la parte estadounidense del puente y que su novio lo animó a dar unos pasos más para que estuviera dentro de la jurisdicción de la ministra. Las fotografías muestran el intercambio de anillos, la serpentina en aerosol que cubrió a los esposos recién casados, el verde del río Bravo en el horizonte, la reja metálica en segundo plano.

Un par de videos grabados por amigos de la pareja inmortalizan la escena. Delante de la reja, la ministra. A lo lejos, abajo, el río Bravo. Frente a ella, los novios y sus amigos. A un lado, dos agentes estadounidenses. Y entre ambos —está prohibido entorpecer el tránsito de los peatones— un desfile de hombres en camiseta blanca. Algunos de ellos se encorvan para no aparecer en las fotografías. Otros cargan sus pertenencias en bolsas de plástico. Un autobús lleno de migrantes deportados acaba de depositar a estos hombres en el puente y las autoridades migratorias los escoltan para asegurarse de que se marchan.

Cuando la ministra Richards explica el simbolismo de los anillos, su discurso se interrumpe por la voz de un migrante que dice “¡Respeto, loco, nos somos animales, respeto!”. Para ellos, este trayecto involuntario es una derrota. Para los novios, ese momento es una promesa de futuro. La vida en el puente sigue su curso. Unos segundos después, la ministra continúa: “Por el poder del Estado de Texas y el amor de ustedes dos, los declaro marido y marido”.

© "The New York Times"


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