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La guerra contra Irán ha ingreso a su tercera semana y todavía no queda claro cuál es el principal objetivo de la ofensiva militar de Estados Unidos en el conflicto regional. El presidente estadounidense Donald Trump manifestó recientemente que la República Islámica está “totalmente derrotada” y que ahora el Estado persa busca negociar un acuerdo para poner fin al enfrentamiento.
Sin embargo, desde el estallido bélico, el 28 de febrero, Trump y sus subalternos han ofrecido una serie de razones para justificar la guerra contra Irán.
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Primero fue la necesidad de eliminar el programa nuclear iraní, acabar con el régimen teocrático y liberar al pueblo. Después, destruir su proyecto de misiles balísticos y también para frenar su apoyo a grupos violentos en la región, su red de proxies como Hezbolá, Hutíes de Yemen, entre otros.
Más tarde, se ofreció un nuevo giro en el guión: Estados Unidos había lanzado un ataque preventivo porque Israel -el otro país involucrado en la guerra- tenía planificado efectuar una “acción” contra Irán y ello provocaría que la República Islámica respondería contra activos estadounidenses en el Medio Oriente.
El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, fue quien dejo entrever que el Estado hebreo había arrastrado a Washington al conflicto bélico. No obstante, Trump corrigió al jefe de la diplomacia asegurando que su país lanzó primero su ofensiva porque los iraníes “iban a atacar primero”. Horas después, Rubio actualizó su versión certificando que la decisión fue exclusivamente del republicano y que “esto tenía que suceder de cualquier manera”.
Luego, el mandatario republicano indicó que no se llegaría a ningún acuerdo con Irán salvo “una rendición incondicional” y solicitó “la selección” de un “aceptable y gran” líder supremo de la República Islámica tras la muerte de Alí Jamenei.
El régimen hizo caso omiso, sigue respondiendo militarmente, claro que con menos fuerza que los primeros días. Incluso, Mojtaba Jamenei, hijo de Alí Jamenei, fue designado nuevo líder, aunque desde su elección, el 8 de marzo, no se le ha visto públicamente y, según el secretario de Guerra, Pete Hegseth, habría resultado herido y “desfigurado” durante el mismo bombardeo del 28 de febrero en el que murió su padre.
Sin objetivo político
Queda claro que hay aspectos poco claros sobre por qué lanzarse a la guerra, como cuál es la estrategia de salida y cuál es el cronograma, pues los plazos se alargan cada vez más. Para los especialistas, estas versiones cambiantes reflejan un problema más profundo: la ausencia de una estrategia clara sobre qué resultado político pretende alcanzar Washington.
“El propio gobierno de Trump no lo sabe [el objetivo]”, afirma a El Comercio el internacionalista Francisco Belaúnde Matossian, quien considera que las contradicciones del discurso oficial revelan improvisación en la conducción del conflicto. “Con estos cambios de explicaciones dan una clara prueba de que ellos se metieron a esta guerra sin saber exactamente qué es lo que estaban buscando y, sobre todo, cuáles eran los objetivos estratégicos”, sostiene.
El profesor de derecho internacional público y relaciones internacionales señala además que la toma de decisiones dentro del gobierno estadounidense parece haberse alejado de los canales tradicionales de asesoría estratégica.

“Ahora lo que busca Donald Trump es tener gente que más que experiencia le sea leal”, explica Belaúnde. “Entonces las voces críticas de gente experimentada son desechadas y esas personas son despedidas. Lo que queda es un entorno donde muchas decisiones se toman más por intuición o por percepciones, sensaciones, como el mismo Trump lo ha dicho, que por análisis estratégicos profundos”, añade.
Según el experto, esto ha contribuido a crear un escenario en el que la guerra avanza sin una hoja de ruta clara. “Al final lo que queda es una guerra sin objetivos claros y que además está generando una crisis económica que puede agravarse”, advierte el analista internacional.
Una lectura similar plantea el internacionalista Francesco Tucci, quien considera que el problema central no está tanto en los motivos iniciales del ataque como en la falta de claridad sobre el resultado político que Estados Unidos pretende obtener.

“Degradar las capacidades militares iraníes queda claro. Golpear infraestructuras militares, especialmente las relacionadas con el programa nuclear o con los misiles balísticos, es un objetivo militar comprensible. Pero lo que no ha quedado claro es el objetivo político, y eso es lo más grave”, explica el profesor de la UPC y de la PUCP.
Tucci recuerda que, desde una perspectiva estratégica clásica, la guerra debe estar subordinada a un objetivo político definido. “Como decía Carl von Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Entonces la pregunta es: ¿cuál es la política que se quiere lograr? ¿Un cambio de régimen? ¿Debilitar permanentemente a Irán? Eso no queda claro”, manifiesta.
El analista señala que, pese a los bombardeos y a la muerte de figuras clave del liderazgo iraní, las estructuras del poder en la República Islámica no se han derrumbado. “Si el objetivo político era la caída del régimen, eso no ha ocurrido. Irán no es una dictadura personal. Es una teocracia con instituciones que tienen una resiliencia brutal, por lo que no se desploma simplemente con la eliminación de algunos líderes”, afirma.
Golpeado, pero lejos de colapsar
Aunque la ofensiva estadounidense y de Israel ha causado daños importantes en la infraestructura militar iraní, los analistas que conversaron con El Comercio advierten que esto no equivale necesariamente a una derrota estratégica.
“Irán ha sufrido bajas brutales, eso es evidente. Pero decir que está completamente derrotado es otra cosa. Sigue teniendo capacidad de respuesta, especialmente mediante drones o misiles, que son estrategias mucho más baratas y difíciles de neutralizar”, reconoce Francesco Tucci.

La respuesta de la República Islámica, además, ha incluido ataques contra objetivos militares en la región y amenazas sobre el estrecho de Ormuz, una de las rutas más importantes para el comercio mundial de petróleo.
Para Francisco Belaúnde, este escenario demuestra que el verdadero desafío de la guerra no es la fase militar inicial, sino el momento en que llegue la necesidad de ponerle fin. “El tema no es si se ha arrasado con Irán o no. El tema es cómo sales de la guerra y si obtienes un resultado político concreto que justifique la intervención”, detalla.
Revés económico
La incertidumbre estratégica en la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel se combina además con un impacto económico creciente. El precio del petróleo ha superado los 100 dólares por barril, impulsado por el riesgo de interrupciones en el suministro energético desde el Golfo Pérsico. Para Francesco Tucci, este factor podría tener consecuencias globales.
“El incremento del precio del petróleo ya está generando efectos en la inflación. Esto se siente incluso en economías alejadas del conflicto, porque el encarecimiento de la energía termina repercutiendo en el transporte, los alimentos y prácticamente toda la actividad económica”, advierte.
En este contexto, una negociación entre Washington y Teherán aparece como una de las pocas vías posibles para detener la escalada. Pero incluso ese escenario está rodeado de interrogantes. “Si el régimen iraní no cae, al final tendrán que negociar. La pregunta es bajo qué condiciones y con qué objetivos, porque hasta ahora eso tampoco está claro”, agrega.
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