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El éxodo venezolano: 200 kilómetros a pie por los Andes

La crisis económica en la que está sumida Venezuela con Nicolás Maduro ha desatado un éxodo. Más de tres millones de personas han dejado el país en los últimos años. La gran mayoría lo ha hecho a pie

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Un grupo de migrantes venezolanos a bordo de un camión en el cruce por las montañas en Colombia. (Federico Rios Escobar para The New York Times).

Pamplona, Colombia. La caminata empezó antes del amanecer: antes de que las nubes reventaran contra las montañas, antes de que los camiones invadieran la autopista, antes incluso de que alguien en el pueblo despertara y revisara el lote baldío donde decenas de refugiados venezolanos habían pasado la noche, amontonados.

Niños, abuelas, profesores, enfermeras, trabajadores petroleros y desempleados, todos estaban juntos ahí. Los unía la voluntad colectiva de separarse lo más que pudieran del país en colapso que quedaba atrás.

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Todos, excepto Yoxalida Pimentel. Ella ya no podía dar un paso más.

“Después de tantas horas de caminar, tantos días, noches, con sol, frío y lluvia, perdí a mi bebé”, dijo en llanto la mañana después de su aborto espontáneo.

La crisis económica en la que está sumida Venezuela con el presidente Nicolás Maduro ha desatado un éxodo. Los investigadores dicen que el desmoronamiento de la economía es de los peores en la historia de América Latina, y más de tres millones de personas han dejado el país en los últimos años. La gran mayoría lo ha hecho a pie.

Huyen de la peligrosa escasez de alimentos, agua, electricidad y medicinas, así como de la represión política por parte del gobierno que solo en las últimas semanas ha matado a más de cuarenta personas.

Muchos venezolanos, cuyos salarios han quedado diezmados por la hiperinflación, son incapaces de costear pasajes de autobús y caminan por las autopistas con sus maletas a rastras. Otros hacen autostop varias veces durante kilómetros hasta llegar a Ecuador o Perú.

Pero, sin importar el destino, la gran mayoría pasa por estos caminos peligrosos de Colombia: un viaje de 201 kilómetros a través de un pasaje de los Andes a 3600 metros de altura.

“Es el lugar más frío que he conocido en mi vida”, dijo Fredy Rondón, quien salió de Caracas con tan solo una bolsa de pertenencias. Se estaba quedando sin aliento a los 3.200 metros antes de alcanzar una estepa desarbolada.

“Pensé que iba a aguantar el frío, pero es demasiado… demasiado”.

Su disposición a viajar por esta ruta montañosa es testimonio de la desesperación en Venezuela. El país pasa por la peor situación política en décadas, hay dos hombres que reclaman al mismo tiempo la presidencia.

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Migrantes en Colombia por la ruta de Cúcuta a Bucaramanga. (Federico Rios Escobar para The New York Times).

Aquí en las montañas de Colombia, los refugiados venezolanos murmuran sobre Juan Guaidó, el líder opositor que se juramentó presidente encargado a finales de enero y motivó a muchos venezolanos a salir a las calles y respaldarlo. La oposición y Maduro ahora están enfrentados a causa de la entrega de la ayuda humanitaria que el gobierno de Maduro ha bloqueado en la frontera con Colombia, muy cerca de donde muchos emigrantes empiezan su trayecto.

“Todos tenemos miedo de que se ponga feo entre Maduro y Guaidó”, dijo Norma López, quien hizo la caminata con sus cinco hijos y su bebé, de seis días de nacido. “Mis vecinos dicen que se van a llevar a los adolescentes para que defiendan a Maduro”.

Ese rumor fue lo que motivó a López a acelerar sus planes para salir del país.

A la mayoría de los venezolanos, el éxodo los lleva primero a Cúcuta, la ciudad fronteriza colombiana a donde arriban diario miles de venezolanos por un cruce peatonal.

A las afueras de Cúcuta hay un estacionamiento en el que se reúne un grupo de voluntarios desde las seis de la mañana para ofrecerles a los migrantes un lugar dónde bañarse, un plato de avena y abrigos para los menores de edad que no tengan.

“Estoy perdido, desorientado”, dijo Edwin Villareal, de 25 años, quien mencionó que planeaba caminar hasta Medellín con su esposa y tres hijos, uno de los cuales tiene asma. Entre los cinco de la familia tenían 10.000 pesos colombianos, aproximadamente 3 dólares.

“Igual alguien nos lleva en el auto”, dijo. “No tenemos dinero para el autobús”.

Pocos automovilistas ofrecían ayudar en ese viaje por la ruta 55, autopista de dos carriles que pasa por la Cordillera Oriental. Así que decenas de venezolanos ascendían a pie con paso de tortuga.

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Damaris Olivares cruzó a Colombia con sus hijos en un grupo que incluía a una amiga suya y a nueve menores de edad; el más pequeño tenía apenas seis días de nacido. (Federico Rios Escobar para The New York Times).

A unos 2350 metros sobre el nivel del mar, Martha Socorro Duque lleva meses observando a los migrantes que pasan frente a su sala de estar en Pamplona, Colombia. Buscan comida y refugio en un pueblo donde hay poco que ofrecer.

“La gente llega con los zapatos todos rotos y destruidos”, contó Duque. “Pero lo más difícil no es ver los zapatos, sino sus pies: lacerados, con ampollas llenas de sangre”.

La mujer decidió establecer un albergue improvisado. Abrió el terreno frente a su casa para que las personas pudieran reposar ahí y consiguió donaciones de los vecinos para ofrecerles comida. En una noche promedio sesenta personas acampan ahí; los hombres con cobijas en el piso, afuera, y las mujeres y niños en catres y sobre algo de ropa de cama en un cobertizo junto a un riachuelo.

Duque le ofreció a Pimentel un lugar para quedarse antes de que la mujer diera a luz un mortinato.

Devastada, Pimentel explicó que su madre ya se había ido de Venezuela; caminó e hizo autostop para llegar hasta Chile, con la espera de enviar dinero a casa. Pero cuando su madre no pudo encontrar un trabajo allá, Pimentel decidió cruzar también la frontera con la esperanza de así conseguir dinero para los tres hijos que se quedaron en casa y a los que no ha podido alimentar.

“Es por pura desesperación que decidí caminar”, dijo, “para cuidar a mis hijos allá que siguen vivos”.

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Migrantes afuera de un albergue improvisado en Pamplona, donde la mayoría de las noches se hospedan unas sesenta personas. (Federico Rios Escobar para The New York Times).

En el camino que sigue desde Pamplona hay un hogar abandonado cuyo techo quedó hundido. A más de 3000 metros, Alexis Ron y su cuñado se movían por ahí con mochilas sobre los hombros; iban casi 2 kilómetros por delante de sus esposas, que llevaban más maletas y suministros. Todos dejaron Venezuela hace meses, pero dijeron que decidieron seguir caminando porque su vida en Colombia era miserable.

Ron, de 40 años, explicó que solía arreglar autos de lujo en Caracas. “Podía desarmar un coche de adelante hasta atrás”, dijo. “Y regresártelo ensamblado sin que faltara ni un solo tornillo”.

Pero la mayoría de esos autos dejaron de recorrer las calles de Venezuela hace años; ahora es difícil encontrar hasta neumáticos, así que decidió irse. En Cúcuta Ron lavaba los vehículos en vez de repararlos y conseguía algunos dólares diarios.

Su jefe, dijo, no le pagaba lo debido. Contó que los colombianos le escupían a él y a otros en las calles y acusaban a los venezolanos de robarles sus trabajos. Pero el punto de quiebre fue cuando un hombre le ofreció pagarle para tener sexo con su esposa y ella, por desesperación, anotó el teléfono para coordinar.

“Le iba a dar 20.000 pesos”, dijo Ron; aproximadamente 6 dólares.

Decidió que era momento de irse.

Cuando la esposa de Ron lo alcanzó en el camino, una hora después, confirmó la historia, con la mirada en el piso. Su hermano la abrazó y nadie dijo palabra alguna durante un tiempo.

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Una enfermera cura las ampollas de una niña venezolana de 9 años. (Federico Rios Escobar para The New York Times).

Más adelante, a 3.300 metros de altura, el camino alcanzaba una altiplanicie donde solo crecía junco. Génesis Zambrano, de 20 años y con ocho meses de embarazo, se detuvo con su hija en brazos para recuperar el aliento.

“Mi espalda”, dijo, y señaló donde le dolía.

Había querido descansar en Cúcuta antes de trasladarse a la capital colombiana, Bogotá, para encontrarse con su padre. Pero pasó todos sus días ahí pendiente de su bebé, Yeanis, quien estaba desvaneciéndose: en Colombia sí había comida disponible para comprar, pero no había dinero para darle a su hija más que una botella de agua con algo de arroz.

“La nena lloraba, pero ni tenía lágrimas”, dijo.

Yeanis pasó nueve días en un hospital de Cúcuta para recibir tratamiento por anemia y una infección respiratoria. Cuando los signos vitales de su bebé se recuperaron, Zambrano pensó que era momento de irse a Bogotá y salió a pie.

El camino no parecía tener fin. Aunque cerca de la cumbre hubo un milagro: un camión gigante y vacío se estacionó.

“Cuando no hay carga, tienes que llevarlos”, dijo el conductor, quien pidió mantenerse anónimo. “La verdad es que tú también arriesgas tu sustento, si la empresa se entera o si la policía te para”.

Con un silbido, el camión fue aumentando la velocidad y el paisaje de tundra, que al paso del caminante lucía eterno, se transformó en uno de pastura, arroyos y señales de tránsito.

Dentro del camión la gente se acurrucaba para mantener calor. Ahí estaban Marian Jiménez, quien se había torcido el pie, y Jeremy Hidalgo, quien llevaba cuatro días caminando.

Roberto Javier Tovar, cuya esposa e hijo seguían en Venezuela, se apretó el abrigo y agradeció a todo volumen al conductor, aunque nadie sabía a dónde los estaba llevando.

“Casi nadie nos ha ayudado más que este hombre”, dijo Tovar.

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Un grupo de migrantes venezolanos que avanzaban a pie se preparan para subir a un camión que se detuvo para llevarlos. (Federico Rios Escobar para The New York Times).

El sol empezó a caer y la plataforma del camión comenzó a llenarse más y más conforme el conductor se detenía para subir a decenas más de migrantes.

Por la tarde había casi cien adultos y niños a bordo y el camino detrás ya parecía vacío y silencioso.

“Hay que darle gracias a Dios todopoderoso por esta bendición”, gritó alguien cuando se detuvo el vehículo.

Cayó la noche y las estrellas relucían. La temperatura también cayó, pero por lo menos el camión mantenía su paso y las luces de Bucaramanga, aún a miles de metros de distancia, seguían visibles.

Daniel Bermúdez, quien dejó a su familia y llevaba caminando cinco días, volteó a ver la ciudad desconocida debajo.

“Mi hijo de 6 me vio con la maleta y dijo: ‘No vas a regresar'”, contó Bermúdez, quien empezó a llorar mientras se sentía el golpe del viento helado.

Bermúdez, después de una pausa, agregó: “Sí voy a regresar. Pero mírame, estoy tan lejos de casa”.

© "The New York Times"

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