"Lo que sí veo novedoso es que esta elección muestra el pico máximo de desafección ciudadana con el sistema político existente desde la transición democrática del 2000, que ya era alta antes". (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)
"Lo que sí veo novedoso es que esta elección muestra el pico máximo de desafección ciudadana con el sistema político existente desde la transición democrática del 2000, que ya era alta antes". (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)
Paula Muñoz

Politóloga, profesora e investigadora de la Universidad del Pacífico

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¿Por qué llegamos a esta con un empate técnico de tantos candidatos? ¿Cómo explicar estos bajos porcentajes de intención de voto? ¿Esto es un cambio sustantivo en relación a campañas previas?

En realidad, observamos varias continuidades en la forma de hacer política en el Perú, marcadas por la debilidad organizativa de los “” actuales. Tenemos muchas candidaturas improvisadas que van con franquicias existentes para poder postular; planes de gobierno mediocres y propuestas vagas o inviables; gran cantidad de candidatos con sentencias o investigaciones en curso, con deudas o que no viven en el departamento que buscan representar. Esto no es nuevo.

Tampoco lo es ver la incapacidad de los aspirantes a la presidencia del mismo campo político para coordinar una sola plancha y evitar así fragmentar su espacio electoral, minando sus posibilidades de ganar. Hoy es más evidente la alta división de candidaturas en la derecha, pero ello ha sucedido antes con la izquierda y el centro.

Todo esto es producto de una política poblada por políticos independientes que no se casan con nada ni nadie más que consigo mismos. No contamos con organizaciones consolidadas que limiten la aparición de aventureros. Pero es una tendencia que empeora, más que algo nuevo.

Lo que sí veo novedoso es que esta elección muestra el pico máximo de desafección ciudadana con el sistema político existente desde la transición democrática del 2000, que ya era alta antes. Y esto incrementa la incertidumbre y volatilidad de la . Observamos un porcentaje mayor de personas que no decidían su voto hasta una semana antes de la elección. Ningún candidato convence tampoco ni a un tercio del electorado, como sí sucedía en elecciones previas. De hecho, ningún candidato sobrepasó si quiera el 15% de la intención de voto. A diferencia de otras ocasiones, nadie entusiasma. Estamos entonces no ante un cambio de tendencia, pero sí frente a uno de intensidad.

¿Qué genera un desencanto ciudadano de esta magnitud? Considero que dos factores pueden ayudar a explicarlo. Primero, uno de mediano plazo. La alta desafección ciudadana es producto del constante enfrentamiento de poderes que vivimos los últimos años. Esta crisis, incubada en esta democracia sin partidos organizados, fue intensificada por dos shocks que golpean desde fuera al sistema político, llevándolo al límite. Por un lado, la investigación del deja al descubierto los vínculos nefastos de la corrupción y la política vía el financiamiento de campañas. Las denuncias caen sobre las cabezas de prácticamente todas las organizaciones políticas que nos gobernaron en estas décadas y que tenían como uno de sus retos enfrentar la enorme corrupción que marcó la caída del fujimorismo. Por otro lado, la configura una crisis múltiple de magnitud vista antes solo hacia 1990. Pero la desesperación, el miedo y la muerte las vivimos de forma desigual. La pandemia visibiliza así grandes desigualdades persistentes en nuestra sociedad y las acrecienta. Y se percibe que los gobernantes no son capaces de lidiar efectivamente con ella.

Segundo, la forma de hacer campaña puede haber hecho más difícil para los conectar con los candidatos y coordinar más efectivamente su voto. Por un lado, la dificultad para centrar campañas en actividades presenciales de los candidatos, como era usual, limitó la posibilidad de que los electores pudiesen evaluarlos mejor y dejarse seducir por performances que consideran apropiadas de alguien que pretende gobernarnos. La campaña por redes sociales no parece haber sido suficiente para suplir estos vínculos directos, sobre todo en sectores socioeconómicos más bajos, que fueron los que tardaron más en decidir su voto. Por otro lado, la dificultad para utilizar la movilización de grandes números de personas en campaña y la cantidad de propaganda contratada desplegada como señal de viabilidad electoral de los candidatos, limita las fuentes de información que los votantes tenemos en una democracia sin identidades partidarias. Nos quedamos solo con las encuestas. Sin información electoral suficiente, los electores indecisos están teniendo problemas para decidir estratégicamente su voto hacia el final de la campaña. Esto dificulta que surjan tendencias claras en la coordinación del voto como en campañas previas.

En resumen, esta inusual campaña de indiferencia extrema con final de infarto resulta de la continuidad de una política sin partidos organizados, pero llevada a su límite por un quinquenio para el olvido y factores externos que intensificaron sus impactos negativos. Vemos entonces lo mismo, pero en mucho mayor magnitud. Y deja abierta la pregunta sobre la gobernabilidad del país en una política más fragmentada y polarizada.