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Bases antropológicas del “hermanismo”, por Raúl Castro

“No puede estar bien 'un poquito de contrabando', ni que aprobemos a quien 'roba pero hace obra'”.

Raúl Castro Director de la carrera de Comunicación de la Universidad Científica del Sur

Corrupción

“Urge demostrar que no todo está perdido: se puede acabar con la corrupción si, 'entre nos, y en confianza', todos y cada uno hacemos lo correcto”.

Invito al lector a pensar, inicialmente, en sus “hermandades”. Seguramente, la sangre llamará primero: hermanos, primos, familia extensa. Luego pensará en su grupo del colegio, en el de la universidad y, quizás, en el de sus viejos amigos del barrio. Evocar la “hermandad” será, entonces, pensar en mundos sociales inmediatos e incondicionales, y en las celebraciones que tenemos con ellos.

Y pensaremos en frases como: “Aquí, entre nos, en confianza…”.

En torno a las redes sociales de confianza, precisamente, establecidas sobre la base de intercambio de bienes y favores entre hermandades, es que la antropología ha construido gran parte de su conocimiento. Ya lo establecía Marcel Mauss, por ejemplo, en su clásico estudio “Ensayo sobre el don: forma y razón del intercambio en sociedades arcaicas” (1924), en el que distintas tribus de Oceanía y de América del Norte evidenciaban arreglos y contratos para organizar sus sociedades.

Desde entonces hasta hoy el intercambio de dones ha sido la base de la confianza en las sociedades humanas. Con el advenimiento de la democracia y los estados modernos, incluso, sus instituciones cobraron nuevas dimensiones. Los representantes, las autoridades y los jueces, asumieron ese rol dando normas y servicios, buscando principalmente el bienestar general. Por eso, la crisis de confianza en la que nos ha sumido el develamiento de cogollos de “hermanitos” medrando en las principales instituciones del país, es devastadora no solo por la incertidumbre que instala, sino, sobre todo, porque destruye las bases mismas de la socialidad. Dos estudios recientes lo evidencian para el caso peruano.

El primero fue la Encuesta Mundial de Valores, cuyo capítulo nacional, elaborado por el Instituto de Opinión Pública de la PUCP, encontró que, en “confianza interpersonal”, el 96% de peruanos considera que es muy difícil encontrarla en los demás. Contrariamente, el refugio ante la desconfianza es la familia: 90% confía algo o completamente en ella.

La existencia de confianza o de una cultura de confianza mutua es, a consideración de sociólogos como Catalina Romero y David Sulmont –dos de los autores del estudio–, una condición para que se sostengan las instituciones más allá de las leyes. Es decir, creemos en las prácticas más allá de la letra impresa. ¿Es, entonces, la vivencia de la corrupción, como práctica diaria, como experiencia cotidiana, el mayor factor de desconfianza? No se ha hecho la indagación directa, pero la coexistencia de ambos factores –alta desconfianza y conciencia de corrupción– podría sugerir que sí.

El segundo estudio lo refrenda. En diciembre, el Instituto de Estudios Peruanos, en su habitual encuesta mensual sobre temas nacionales reveló, previsiblemente, que en el entender ciudadano es el sistema político en su totalidad –el Parlamento, el Poder Judicial o los partidos– el que encarna la corrupción. Menos esperable fue la elocuencia con que se testimonió el vivir inmerso en ella. La gente ve a diario corrupción en las comisarías, en los servicios de salud y educación, y en su propio trabajo. Lo que ya estudios anteriores como “Romper la mano”, de Ludwig Huber, habían encontrado, aquí se refrenda palpablemente: la corrupción es el sistema. Para Hernán Chaparro, director del estudio, esto es un signo de adaptación derrotada, como lo es también que el 41% de los peruanos de todas las regiones esté dispuesto a votar en determinadas circunstancias por un candidato con acusaciones de ilícitos pero que haya demostrado antes eficacia.

Una primera conclusión es que “hermandad” no es, ni puede ser lo mismo, que “hermanismo”. Los tenebrosos Cuellos Blancos, que están siendo juzgados por ello, han degradado esta institución ancestral al quebrar el principio del bienestar general. Una segunda conclusión es que urge demostrar que no todo está perdido: se puede acabar con la corrupción si, “entre nos, y en confianza”, todos y cada uno hacemos lo correcto. No puede estar bien “un poquito de contrabando”, ni que aprobemos a quien “roba pero hace obra”. Si ponemos de moda que andar derecho es la nueva elegancia, aún podemos tener esperanza.

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