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Beca Nacional de Cultura, 1967, por Luis Millones

Recuerdos de Francisco Izquierdo Ríos.

Luis Millones Antropólogo

Beca Nacional de Cultura, 1967, por Luis Millones

Beca Nacional de Cultura, 1967, por Luis Millones

En 1966, cubierto de deudas y trabajos precarios, me detuve en una cafetería del jirón Áncash y, tratando de compensar un desayuno apurado, pedí un café y una tostada. 

De pronto, un grueso caballero, bastante mayor que yo, me preguntó: “¿Y solo vas a comer eso?”. Luego miró al mozo y le dijo: “Tráigale uno de jamón y queso y que sea café con leche”. Tardé en reconocerlo, porque apenas si nos habíamos visto en un par de reuniones en medio de mucha gente. Era Francisco Izquierdo Ríos o Pancho, como decidió que yo debía llamarlo.

Su voluntad para ayudarme trascendió los copiosos desayunos o almuerzos que me siguió invitando y en los que siempre descartó con un gesto todo intento de compartir el gasto que ocasionaba. El lugar en que nos solíamos encontrar me era familiar. Quedaba cerca de una de las academias de ingreso a la universidad que existían en una época en la que era realmente difícil conseguir un cupo para matricularse. 

Además, estábamos solo a unos pasos de la Casa de la Cultura, cuyo director era Fernando Silva Santisteban, a quien yo había reemplazado en la Universidad Nacional de Huamanga en 1964. Silva Santisteban, con igual generosidad, no solo me regalaba las publicaciones de su institución, sino también me abrió espacios en la “Revista peruana de cultura” para mostrar mis primeros artículos académicos.

Pancho era una persona cercana a José María Arguedas. Habían trabajado con los maestros escolares de muchas regiones del país, compilando relatos para un precioso volumen que sintetizaba parte de la investigación. Yo también conocí a Arguedas, en 1965. Nos vimos por primera vez en Santiago de Chile, gracias a Sybila y, una vez en Lima, lo visité todas las veces que pude en su pequeñísimo departamento, siempre lleno de músicos y danzantes que lo adoraban. 

Pancho se daba el trabajo de leer todo lo que yo escribía, que no tardaba en aprobar sonriendo, sin dejar de repetir la broma que por pasar de erudito no dejaba fluir mi pluma. “Escritor clandestino”, fue una de las frases con que me bautizó luego de leerme, en medio de risas. 

Un buen día decidió que debía formalizar mis quehaceres. Así, me arrastró primero a tomarme una foto tamaño carnet para hacerme miembro de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas del Perú. Protesté asustado por mi falta de méritos para pertenecer a la que era entonces una muy prestigiosa institución (y que espero continúe siéndolo porque la necesitamos).

Izquierdo Ríos no hizo el menor caso a mis reclamos. Me dijo que no molestara y que lo acompañase al local de la calle Belén. Ingresamos y me llevó sin dudar a la oficina del presidente, Ciro Alegría. La reunión fue corta. Ellos intercambiaron bromas mientras Alegría firmaba mi carnet. Yo quedé mudo de asombro, pero al salir ya era el asociado 908.

Al año siguiente Pancho insistió en que me presentase a la Beca Nacional de Cultura. Finalmente lo hice reuniendo los pocos documentos que hablaban en mi favor, pero un súbito baño de realismo me hizo tomar la decisión de retirarlos, pese a que necesitaba con urgencia esos fabulosos mil dólares, que eran el único premio. Para ello recurrí a la Secretaría de la Casa de la Cultura, explicando la obvia razón de mi retiro de la contienda, un conocido me había dado los nombres de varios de los otros candidatos y, a mi juicio, no tenía la menor oportunidad. No me devolvieron la documentación pues iba contra el reglamento del concurso. Así que me resigné a un fracaso anunciado.

Sin embargo, sucedió lo inesperado, y hoy cuelga sobre mi escritorio el documento firmado por el jurado que me hizo ganador de esa beca: Luis E. Valcárcel, José Agustín de la Puente y Óscar Miró Quesada. 

¿Cuánto de este primer paso se lo debo a Francisco Izquierdo? Más allá de los desayunos o de la voluntad de leer mis primeras páginas, el carácter alegre de su aliento desinteresado, sin la pomposidad de un profesor universitario, me dio la confianza suficiente para saber que, erudito o no, escribir es un placer que tiene la ventaja de ser íntimo, pero que también debe ser compartido.

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