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“No hay más que un mundo”, por Max Hernández

“Nuestra nación ha sido por casi medio milenio una zona de intercambios, un territorio de mezclas que forma parte de un continente de repúblicas mestizas”.

Max Hernández Psicoanalista

Bicentenario

“Nuestro territorio extraordinariamente biodiverso y nuestra pluralidad cultural facilitan una apertura al mundo”. (Ilustración: Rolando Pinillos Romero).

Ilustración: Rolando Pinillos Romero.

En el primer párrafo de los “Comentarios reales de los incas”, Garcilaso de la Vega se pregunta si debe dar respuesta a ciertas interrogantes: ¿es el mundo uno solo o muchos?, ¿tierra y cielo son llanos o redondos?, ¿es toda la tierra habitable?, ¿hay pasos entre las zonas templadas? y, de existir los antípodas, ¿cuáles lo son de cuáles? Intentarlo, dice, sería demasiada presunción en un indio, además, no es necesario hacerlo. El descubrimiento del Nuevo Mundo y el retorno de la nao Victoria habían disipado la mayor parte de estas dudas; eran prueba fehaciente de que “No hay más que un mundo”. La redondez de la Tierra había dejado de ser una abstracción de los antiguos matemáticos griegos.

La Victoria fue parte de la pequeña flota al mando de Hernando Magallanes que se hizo a la mar en 1519. Ese mismo año, Hernán Cortés había desembarcado en la costa mexicana dando inicio a la conquista del “imperio” azteca. El inca de seguro lo sabía y también sabía que en 1519, el “Carlos Quinto, Emperador de los Romanos, Rey poderosísimo de las Españas”, que figura en el requerimiento pronunciado por Fray Vicente Valverde en Cajamarca, había sido ungido como Rey de los Romanos. La Victoria fue la única que volvió a Sevilla tres años después de haber zarpado: había dado la vuelta al mundo. Como señala John H. Elliott con británica circunspección, entre 1519 y 1522 la globalización y el imperialismo territorial europeo iniciaron su periplo.

Pocos años después Francisco Pizarro llegaría a nuestras costas. Ni el Inca Garcilaso ni los conquistadores españoles sabían –como nadie en ese entonces– que en el Perú existió la civilización más antigua de América. Si las investigaciones de Julio C. Tello ya habían documentado la antigüedad tres veces milenaria de la cultura Chavín, Caral y su puerto pesquero Áspero, descubiertos por Ruth Shady en la costa central, son testimonio de una civilización que floreció hace unos 5 mil años y que realizó intensos intercambios con otras sociedades andinas y amazónicas que se extendían desde el sur de Ecuador hasta el norte de Chile.

En ese territorio de una densidad cultural cinco veces milenaria se inició hace cinco siglos un vasto proceso de destrucción y creación, de abuso y cuidado, de desencuentro y mestizaje, de resistencia y sincretismo. Si bien Las Indias, nombre con que se lo conocía, tuvieron que conformarse con “el lado oscuro del Renacimiento”, es imprescindible tomar en cuenta lo que sostiene Serge Gruzinski: la primera modernidad tuvo su comienzo en el siglo XVI con la planetarización de los horizontes llevada a cabo por las monarquías ibéricas de España y Portugal, dos países de una Europa meridional denostada por algunos como arcaica y oscurantista.

La celebración del bicentenario de nuestra independencia es un motivo para recordar que, hace poco más de dos siglos, Túpac Amaru II, Francisco de Zela, José Baquijano y Carrillo, Hipólito Unanue, Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, entre otros, abrieron la trocha por la que José de San Martín y Simón Bolívar habrían de transitar en pos de la emancipación de un suelo que, tras un aislamiento cinco veces milenario, se vinculó hace medio milenio con el mundo en los inicios de la globalización.

Nuestra nación ha sido por casi medio milenio una zona de intercambios; es decir, un territorio de mezclas, y forma parte de un continente de repúblicas mestizas en las que la impronta india y occidental se ha enriquecido con los aportes africanos y orientales. Todo ello ha tenido lugar en esta parcela del “extremo occidente”, frase –cuyo crédito comparten Arturo Uslar Pietri y Octavio Paz– que nos recuerda la excentricidad, el occidentalismo y la vocación universal de la cultura de estas tierras.

En lo que atañe al futuro, es menester asumir sin demora la idea de construirlo. Asunto imprescindible, por cuanto el proceso de transición a la posmodernidad es desigual y toma tiempo interiorizar sus códigos y adecuarse a su ritmo. Nuestro territorio extraordinariamente biodiverso y nuestra pluralidad cultural facilitan una apertura al mundo y hacen posible imaginar nuestra relación con la naturaleza de una manera más directa y menos abstracta. La seria amenaza que supone el cambio climático requiere, como dice Edgar Morin, la creación de una “argamasa comunitaria” y un “cimiento para la tierra-patria”. Una buena manera de celebrar el bicentenario de nuestra independencia sería proponernos hallar el modo de extender el vínculo emocional que nos une con nuestro territorio a un hábitat que no conoce de fronteras.

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