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¿Cambiará la relación de Trump con Latinoamérica tras captura de Maduro?
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Según la Estrategia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, de noviembre del 2025, el objetivo estadounidense en el hemisferio occidental es restaurar su primacía, restableciendo la Doctrina Monroe. En ese sentido, busca que los gobiernos latinoamericanos le aseguren sus cadenas de suministro; es decir, acceso a las materias primas. Además, de que cooperen en su agenda de seguridad en materia de narcotráfico, organizaciones criminales y migración. Esto, según el documento, también significa que se les negará a competidores no hemisféricos el control o la posesión de recursos vitales para EE.UU., lo que hace referencia indirecta a potencias como China y Rusia.
Asimismo, la administración Trump no tiene como objetivo en nuestra región la promoción de la democracia. El término ‘democracia’ solo aparece en la sección concerniente a Europa y a las prioridades estadounidenses, explicando que EE.UU. solo la promocionará en los países que digan adoptarla. En la misma línea, se critica a las organizaciones internacionales y el derecho internacional no es mencionado. Es decir, la relación entre Estados Unidos y los países latinoamericanos ya cambió.
La captura de Nicolás Maduro marca un punto de inflexión en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, aunque no necesariamente el cambio radical que algunos anticipan. La historia hemisférica está plagada de intervenciones estadounidenses que dejaron cicatrices profundas en la memoria colectiva latinoamericana: desde Guatemala en 1954 hasta la invasión de Panamá en 1989.
Esta nueva acción, más allá de su cuestionada justificación legal e internacional bajo el argumento de una orden de captura por narcotráfico contra Maduro, reaviva viejos temores sobre la soberanía nacional y el intervencionismo. Además, se relaciona con la doctrina de “paz por la fuerza” impulsada por la administración estadounidense, que parece haber redescubierto la doctrina Monroe –“América para los americanos”– en clave abiertamente anti-China.
El impacto real dependerá de tres factores cruciales. Primero, la legitimidad percibida de la operación, que difícilmente obtendrá respaldo de organismos internacionales. Segundo, la respuesta de actores regionales clave, como Brasil y México. Tercero, el manejo posterior al arresto de Maduro, aún incierto y potencialmente desastroso para la diplomacia hemisférica, más aún cuando la cúpula chavista sigue en pie.
Lo más probable es un escenario de deterioro temporal de los vínculos con gobiernos ‘progresistas’, el fortalecimiento de las relaciones con ejecutivos alineados –como el de Argentina– y una América Latina cada vez más fragmentada en términos ideológicos.
Estados Unidos podría alcanzar su objetivo inmediato en Venezuela, pero a costa de erosionar su reputación regional en un contexto donde China disputa activamente influencia. Así, más que transformar las relaciones hemisféricas, la operación puede acelerar tendencias preexistentes: multipolaridad, autonomía regional y desconfianza hacia Washington.

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