¿El ingreso a las universidades debería estar exento de examen de admisión? (Ilustración: Giovanni Tazza)
¿El ingreso a las universidades debería estar exento de examen de admisión? (Ilustración: Giovanni Tazza)
Juan Antonio Trelles y Luciana Reátegui

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anunció que, durante un posible gobierno suyo, el ingreso a las del país sería libre. Esta propuesta ha encendido el debate sobre la pertinencia de esta medida, pues algunos consideran que el examen de admisión no evalúa adecuadamente las habilidades de los estudiantes, mientras que otros opinan que este permite mantener la competitividad. Juan Antonio Trelles, experto en políticas públicas y regulación educativa, y la socióloga Luciana Reátegui lo analizan.

Ingreso libre: el falso logro, por Juan Antonio Trelles

“Un ingreso indiscriminado y libre no será sostenible ni financiera ni académicamente”.

El actual debate respecto a la agenda educativa pendiente ha incorporado el ingreso libre a las universidades públicas como una medida que parece intentar equidad y universalidad en el acceso. A partir de este punto –sin argumentos claros– se establece una posición sobre la base de la legítima aspiración de los jóvenes, sin evaluar la pertinencia o utilidad del en el proceso de formación universitaria. En las siguientes líneas trataré de sintetizar los principales argumentos que avalan la importancia y necesidad de estos exámenes en general y, en específico, en la universidad pública, cuando me refiera a ella.

Empecemos por preguntarnos ¿por qué es importante evaluar antes de ingresar a la universidad? En primer lugar, porque resulta vital identificar en el postulante las competencias y conocimientos previos que necesitará en función al perfil de egreso de cada carrera en cada universidad. Esta medida es una variable que tiene alta incidencia en la permanencia y el éxito del estudiante para llegar a ser profesional.

En segundo lugar, y específicamente en casos como el del peruano, el examen de ingreso proporciona, a través de sus resultados, indicadores respecto a la mejora o deterioro del aprendizaje en la educación básica. Esto permite no solo la identificación de brechas en ese proceso, sino en el cambio de los contenidos a evaluar en cada ingreso y, por supuesto, la adecuación de los programas de estudios, especialmente en los Estudios Generales, para revertir las diferencias y nivelar estudiantes, compensando las debilidades de nuestro sistema educativo.

En línea con lo anterior, un examen de ingreso se hace necesario porque las universidades no tienen la garantía de que el sistema educativo, en su nivel básico, haya alcanzado efectivamente los logros de aprendizaje necesarios en cada estudiante para incorporarse a la formación superior. De este modo, una educación básica dispar y heterogénea, en función al cumplimiento de resultados y con escasos criterios e indicadores de calidad estandarizados, abona aún más en la necesidad de mantener el examen.

Los esfuerzos por dejar de lado los procesos de admisión particulares en cada universidad a cambio de un único y gran examen nacional de salida de educación básica o entrada a educación superior han fracasado. En ese contexto, no hay una herramienta de política educativa que sea pertinente para el reemplazo de lo que hoy propone nuestro sistema universitario.

Ahora bien, respecto a las universidades públicas, habría que añadir que un ingreso indiscriminado y libre no será sostenible ni financiera ni académicamente, pues cada vacante cuesta y las Condiciones Básicas de Calidad que exige el licenciamiento harían imposible la inmediata aplicación de esta medida si se ve sobrepasada la actual capacidad de estudiantes en el sistema público.

Una medida como esta no solo podría contravenir la autonomía académica respecto a los conocimientos que cada universidad puede exigir, sino que, además, afectará el presupuesto nacional, la selectividad como criterio de calidad y la razonabilidad de la política educativa. Estaríamos, una vez más, ante un desacierto que se fija como resultado del inicio y no el final de un proceso. Un falso logro.

La educación como derecho y no privilegio, por Luciana Reátegui

“Restringir el ingreso no se traduce necesariamente en una mayor calidad educativa”.

El candidato de , Pedro Castillo, propone autorizar el ingreso libre a las universidades. Si bien la implementación del ingreso irrestricto –libre o automático– en la educación superior no es un tema nuevo y tampoco debería sorprender que aparezca como una propuesta electoral, esta idea ha resonado de forma altisonante en ciertos sectores de la población.

El debate sobre el ingreso irrestricto a la universidad se sitúa en un clásico antagonismo educativo entre equidad o calidad, o entre la educación como derecho o la educación como privilegio. Las miradas a favor de los exámenes de admisión argumentan que los procesos de selección promueven la excelencia académica y premian el mérito estudiantil. Bajo esta lógica, se asume que los estudiantes enfrentan el examen de admisión en igualdad de condiciones y que, fruto del esfuerzo individual, logran acceder a la universidad.

Esta premisa, sin embargo, no es del todo cierta. No es novedad que en el Perú y la región los jóvenes de capas sociales desfavorecidas enfrentan mayores barreras para el acceso y éxito académico, lo cual se manifiesta en la subrepresentación de estos estudiantes en el sistema universitario. En Perú, de acuerdo con un informe de Senaju publicado en 2019, el nivel universitario es alcanzado solo por el 9% de jóvenes en situación de pobreza y por el 7% de jóvenes residentes de zonas rurales.

Como señalan distintas investigaciones, los estudiantes enfrentan desafíos y cuentan con soportes sumamente desiguales en su tránsito hacia la educación superior. Entre ellos, por ejemplo, la posibilidad de acceder a un proceso de nivelación por medio de una academia preuniversitaria o contar con espacios de estudio, libros y tiempo para la lectura en sus hogares.

Por otro lado, el Perú es un buen ejemplo de que los exámenes de ingreso no garantizan la excelencia académica. De hecho, todas nuestras universidades cuentan con procesos de admisión y no por ello su calidad resulta evidente. En contraparte, la Universidad de Buenos Aires (UBA), la cual cuenta con ingreso libre, es una de las universidades mejor posicionadas en los rankings internacionales de la región. Es decir, restringir el ingreso no se traduce necesariamente en una mayor calidad educativa.

Ahora bien, en Argentina, muchas investigaciones también señalan que el ingreso irrestricto tampoco ha supuesto una democratización del sistema educativo superior. Muchos estudiantes, sobre todo los de las capas menos favorecidas, terminan abandonando la universidad en el primer año. Ello, principalmente, por las dificultades que enfrentan al adaptarse al sistema universitario y los recursos con los que cuentan para mantener el ritmo que demanda la universidad, el cual muchas veces se combina con trabajo remunerado o no remunerado de cuidado; este último sobre todo para el caso de las mujeres.

En ese sentido, si bien implementar el ingreso irrestricto a secas tampoco es el antídoto para revertir la desigualdad, poner en agenda este tema es necesario para pensar en cómo reestructurar un sistema educativo superior que actualmente restringe –y excluye– el acceso a muchos jóvenes motivados a seguir estudios superiores, y que podrían encontrar en la universidad un espacio para ello.