"Las coyunturas de extremo conflicto y corrupción que vivimos en el país, y una cultura de la desconfianza alimentada por los medios de comunicación han llevado a los peruanos a cerrar el círculo afectivo exclusivamente a los más cercanos y a vivir en un escenario natural de “desesperanza aprendida”". (Ilustración: Rolando Pinillos Romero)
"Las coyunturas de extremo conflicto y corrupción que vivimos en el país, y una cultura de la desconfianza alimentada por los medios de comunicación han llevado a los peruanos a cerrar el círculo afectivo exclusivamente a los más cercanos y a vivir en un escenario natural de “desesperanza aprendida”". (Ilustración: Rolando Pinillos Romero)
Sandra Salcedo Arnaiz

Directora de la Unidad de Comunicación Estratégica Proyecto Especial Bicentenario

Tomo un taxi al mediodía. Antes de avanzar, unos gritos llaman la atención de todos: un hombre corre a toda velocidad por la vereda. Acaba de robar un teléfono y está en medio de la huida. La chica a quien ha robado corre con toda el alma, persiguiéndolo. Todos miramos impávidos cómo el ladrón pasa delante sin que nadie haga algo por detenerlo; somos cientos de personas en la calle. El hombre se pierde en alguna callecita. La mujer se detiene agotada y se aleja caminando sola, con su rabia y tristeza. Alguno grita: “Avancen que el ladrón ya está en su casa tranquilo”. Un par de bocinazos y todo sigue como si nada.

“El problema es que nadie hace algo por ayudar, como si pensáramos que no hay nada que se pueda hacer”, me dice el taxista, intentando explicar ese retrato de indiferencia del que acabamos de ser espectadores. Un cuadro que en estos tiempos pareciera abarcar a todo el .

Efectivamente, las coyunturas de extremo conflicto y corrupción que vivimos en el país, y una cultura de la desconfianza alimentada por los medios de comunicación han llevado a los peruanos a cerrar el círculo afectivo exclusivamente a los más cercanos y a vivir en un escenario natural de “desesperanza aprendida”, en el que las personas sienten que cualquier cosa que hagan será inútil para cambiar el estado actual de las cosas. Así, según el Latinobarómetro 2018, los jóvenes peruanos serían los más desconfiados dentro de la región, solo los superarían los venezolanos y brasileños.

Esto resulta en lo que Simon Baron-Cohen, en su libro “Empatía cero”, define como “la erosión de la ”: el debilitamiento o incluso desaparición de “nuestra capacidad para identificar lo que otra persona piensa o siente, y responder ante sus pensamientos y sentimientos con una emoción adecuada”. Solo pasando por ambas dimensiones –la cognitiva y la afectiva– podemos hablar de empatía.

En un estudio reciente realizado por el Proyecto Especial , un 56% de jóvenes de zonas urbanas, de entre 18 y 24 años, nos dice que “respetar a todos por igual” es el principal valor que necesitamos para ser mejores ciudadanos. Sigue “ser honestos” con un 46% y “ponerse en el lugar del otro” con un 30%.

Con esto pareciera que los jóvenes reconocen la necesidad de fomentar las condiciones para incluir al “otro” –al desconocido– en nuestro espectro de valoración. Dan cuenta de que el nexo afectivo con la familia y los amigos más cercanos constituye el pilar más importante en sus vidas, y de que, sobrepasado el círculo familiar, no hay (suficiente) interés por aquellos que no forman parte de él.

Desde el Proyecto Especial Bicentenario de la PCM hemos entendido la conmemoración de nuestros 200 años de vida republicana como una oportunidad histórica para sacar adelante una estrategia transversal y de visión a largo plazo que inicie el complejo proceso de formación de una ciudadanía capaz de responder a los inmensos retos de que tenemos delante.

Nuestra mirada abarca tres ejes de intervención centrales. El primero lo constituye la recuperación del espacio público para entablar la conversación sobre quiénes queremos ser y qué país queremos construir. Así, las ferias itinerantes “El País que Imaginamos” llegan a las plazas de las principales ciudades del país. Estas propician que miles de familias ensayen dinámicas de convivencia y encuentros que promuevan la empatía, curiosidad y respeto a la diversidad y al medio ambiente en un espacio cotidiano. La máxima expresión de estos espacios de ciudadanía serán los Parques Culturales Bicentenario que se construirán en cada región. Con su Centro de Recursos para la Ciudadanía, estos espacios se posicionarán como el lugar de encuentro, pacificación y creación en cada una de las regiones del país.

El segundo eje de intervención recoge el sentir de buena parte de los jóvenes, quienes manifiestan que estarían dispuestos a romper la inercia si se presentase un objetivo común de cambio con el que estén todos comprometidos. Ante la contundente actuación de los voluntarios en los Juegos Panamericanos, se proyecta al Voluntario del Bicentenario como un ciudadano comprometido y formado para ser agente del cambio social. Este 2020 iniciamos un despliegue por todo el territorio nacional que espera un promedio de 150.000 personas sensibilizadas en una nueva forma de ciudadanía para el 2021 y a medio millón para el 2024. Una red de personas que se reconocen como agentes de cambio social y que conforman una comunidad.

Finalmente, el tercer eje lo constituye una estrategia de comunicación masiva de largo aliento, en formato de campañas, que toma herramientas de la comunicación y de comportamiento para el cambio social con el fin de generar condiciones que ayuden a restablecer la esperanza en el futuro y a extender los límites de lo que un joven hoy considera su comunidad moral. Es decir, de quienes considera su prójimo y, por tanto, le merecen su consideración. En tiempos de pandemia y violencia exacerbada hacia grupos específicos (como las mujeres y niñas), esto ya no puede verse como una opción sino como un imperativo.

Desde el Proyecto Especial Bicentenario de la PCM vemos este hito histórico como un punto de quiebre en el que un país adolescente como el Perú tiene ante sí la oportunidad de empezar a hacerse cargo, con la madurez de quien cumple doscientos años de vida independiente, de uno de los más profundos problemas de identidad con los que carga: la incapacidad de pensar y constituir un “nosotros”.