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Conociendo el Vraem: la oreja de perro, por Carlos E. Freyre

Un recorrido por el Vraem.

Carlos Enrique Freyre Escritor y teniente coronel del Ejército del Perú

Conociendo el Vraem: la oreja de perro, por Carlos E. Freyre

Conociendo el Vraem: la oreja de perro, por Carlos E. Freyre

El límite entre los departamentos de Apurímac y Ayacucho es el río Pampas. Si se parte desde Andahuaylas, se deben recorrer más o menos tres horas en vehículo por una carretera nada buena, antes de descender hasta el río. Allí hay un puente peatonal llamado Pumachaca. A partir de ese punto, no hay otra forma de transitar que no sea  a pie o utilizando acémilas. Cualquier viajero se angustiaría tan solo de ver las casi setenta y cinco curvas distribuidas en una pendiente ininterrumpida de cuatro kilómetros. 

Para los soldados de infantería o de fuerzas especiales, es un reto subir por ese trecho con sus pertrechos. Además, la permanencia en inmediaciones suele ser muy dura, pues durante el día el calor es acezante y por las noches, la temperatura baja casi al punto de congelamiento. Tampoco hay donde guarecerse. Se debe llevar mucho abrigo y ese peso adicional significa mayores dificultades para el ascenso.

La población más cercana es Oronccoy. A pesar de que es un pequeñísimo poblado de campesinos, su nombre suele ser noticia porque es un paso común para los cargadores de droga que vienen de la parte más cálida del valle, que es donde se producen alcaloides. Les dicen ‘cargachos’, ‘mochileros’ o ‘traqueteros’. 

He visto varias veces a los ‘cargachos’ después de que han sido capturados. La primera impresión que dan es que están contagiados de la vida silvestre. Delgados y, a pesar de su constante exposición al sol, suelen mostrar una palidez anémica en su semblante. Muchos de ellos son menores de edad y eso es más penoso aun. A la edad en que uno de estos adolescentes podría estar formándose en un aula escolar, técnica o universitaria, el engaño de algún mafioso o la pobreza que asola a sus familias pueden impulsarlo a tomar el riesgo de recorrer los escabrosos y desolados caminos entre la sierra y la selva. Algunos de ellos morirán o serán encarcelados antes de haber conocido cosas que pueden parecer comunes y corrientes; como por ejemplo, haber visto una película en el cine.

Después se asciende un poco más, sobre una puna muy helada, en donde se inician los caminos para ingresar a la selva. Por lo general, se trata de trochas estrechas y que sirven también para animales de carga; en las épocas de lluvia se complican mucho. 

Siempre hay un tipo de tránsito, antiquísimo, por esas regiones. La existencia de ferias dominicales mueve a comerciantes de uno a otro lado de la cordillera. Ha sido una de las zonas más castigadas por la violencia en los años en que Sendero Luminoso extendió sus tentáculos violentistas. Un día hablé con un tendero que había pasado por esa experiencia. Me dijo: “En los tiempos en que vivíamos en peligro…”.

Los dos caseríos más importantes son Belén Chapi y Villa Aurora. En el caso de Belén Chapi, por su historial, ligado también a la violencia. Anteriormente solamente se llamaba Chapi, por la  hacienda que funcionó en ese predio y de la cual quedan apenas dos palmeras como recuerdo. El 25 de diciembre de 1987, el Ejército recuperó el territorio que estaba bajo control terrorista y en honor a las fiestas navideñas, el mayor jefe de base junto con los pobladores cambiaron de nombre al pueblo .

Luego de abandonar Belén Chapi, se llega a Torre, que es un punto donde el río Apurímac se puede cruzar en una balsa simple. Varias quebradas después está Villa Aurora. Es un lugar siempre muy mentado porque hasta allí llega la carrozable que sigue paralela al Apurímac y porque grupos de mochileros frecuentan la zona, antes de intentar pasar hacia Abancay. 

Andar por esos parajes es impresionante, al margen de los peligros reinantes  por lo imponente de la naturaleza, la posibilidad de un choque armado y de la fatiga propia del trabajo de los soldados en la zona de emergencia. Hablando con los pobladores de Villa Virgen (que es más al norte, en el margen derecho), pregunté si no existía, como en otras partes de la selva alta, algún lugar que en el futuro  pudiera ser visitado por turistas. 

Me contaron que en la margen derecha del río Apurímac, entre Capiro y Chancaveni, existe una ciudad perdida. El hecho agitó mi curiosidad, toda vez que se trataba del área de Vilcabamba (La Convención, Cusco), de mucha importancia histórica por la resistencia incásica al dominio español y, además, por las sangrientas disputas entre las etnias chanca e inca.

Por varios días estuve indagando entre la gente sobre la ruina. Al parecer, hubo excursiones que siempre fracasaron, sea por el clima o algún tipo de fatalidad. Las informaciones eran difusas. Finalmente conseguí un guía que venía trabajando varios años por la zona. Como en otras ocasiones, me advirtió: 

– El lugar tiene una maldición.
– Eso es lo interesante, le respondí.

Una tarde antes de partir, uno de los tenientes con quien saldríamos, me señaló en el horizonte un arco iris, exactamente sobre la elevación de la supuesta ciudad perdida. “Creo que tenemos señales”, me dijo. Sonreí someramente. “A lo mejor”, respondí en voz baja. 

Este valle es aquella parte del país en donde hay una divisoria extraña. Juntos conviven la mística, la geografía, el misterio y los coletazos de una guerra que algunos intentan sostener. Mientras tanto, recorrerlo a pie resulta conmovedor. Cuando la paz sea una realidad inobjetable, estos espacios serán redescubiertos para nuestra sociedad; a pesar de la lejanía, cientos de hombres trabajan para eso, día tras día.

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