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Con la contraloría no se juega, por José Ricardo Stok

"En un juego deben existir reglas, pero estas reglas no son el juego, ni deben impedir su buen desarrollo".

José Ricardo Stok Director del Ph.D en Gobierno de Organizaciones del PAD, Universidad de Piura

Contraloría

Contraloría

(Ilustración: Giovanni Tazza)

Contraloría

Celebro el nombramiento del nuevo Contralor General de la República, un profesional eficiente y probo que se estrena en un cargo que por las circunstancias deviene en complejo. Los recientes acontecimientos en torno a la infiltración de actos de corrupción en la contraloría son por demás preocupantes: quien debería ser el adalid de la ética y la moral resultó una frustrante pesadilla. No pretendo evaluar o comentar estos aspectos, los cuales resultan, en mi opinión, más graves que el sonado Caso Lava Jato. Urge un cambio radical. Pero sí deseo plantear algunos aportes o sugerencias, apuntando algunas ideas de lo que, desde mi punto de vista, debería ser este organismo y, tal vez, de lo que no debería ser.

Es pertinente recordar que la Contraloría General de la República es una institución pública, de servicio y al servicio del Estado y que, por lo tanto, debe contribuir a su bienestar y a su desarrollo. No debe limitarse a la dimensión negativa y controlista, que desde luego debe contener, pero si se reduce solo a ella, se pervierte su principal misión. Se trata, además, de un organismo independiente, pero no por eso debe caer en el fácil autoritarismo, en lo errático o veleidoso, propio de quienes tienen elevado poder y no saben ejercerlo con prudencia. Como he mencionado en anteriores ocasiones, el poder lo tiene quien puede preguntar, pero la autoridad la tiene quien sabe las respuestas.

El hecho de que se llame contraloría no significa que sea rémora, que trabe y dificulte el funcionamiento del aparato estatal, ya de por sí lento y premioso. Controlar no implica preguntarlo todo, escudriñarlo todo, entorpeciendo la tarea de los funcionarios, restándoles tiempo, energías y voluntad para el cumplimiento de su trabajo.

En todo proceso de control hay tres momentos clave: antes, durante y después. El de mayor trascendencia es el antes, ya que allí se diseñan los mecanismos de control, de orientación y de enseñanza sobre cómo se deben llevar los procesos. El conjunto de normas que se deben establecer es básico y decisivo, por ser el marco referencial para la actuación. En un juego deben existir reglas, pero estas reglas no son el juego, ni deben impedir su buen desarrollo: son imprescindibles, pero no lo definen.

La moderna teoría de control establece que deben existir tres tipos de normas: las orientadoras, las coordinadoras y las correctoras. Se requieren especiales conocimientos para establecer el marco regulatorio o de control, pero más importante aun es el sentido común y la prudencia para diseñar algo que, “marcando la cancha”, también deje sitio para el actuar responsable y libre de los funcionarios. Una regulación sobria, bien pensada, es eficaz; si es excesiva, suele ser inconsistente. Una regulación que no distinga materias o soslaye trascendencia, equiparándolo todo, deviene en insulsa, paralizante.

Por eso, es mucho más fácil actuar a posteriori, buscando fallos: “hay que pensar menos”. Se diluye la responsabilidad para fijar derechos y deberes. Poner el acento en las normas correctoras, sancionadoras, puede hacer caer en un régimen de pavor a los funcionarios públicos, como muy bien lo destacó el presidente de la República en su reciente discurso ante el Congreso.

Llama la atención, por ejemplo, que sus funcionarios tengan incentivos en función del número de “hallazgos”, como eufemísticamente se llaman a los hechos o situaciones que se desvían de los procedimientos. Con ese esquema, se va en búsqueda de la “presa”, del error, doloso o involuntario, sin importar la finalidad última de servicio. Incentivo perverso, ya que además de hacer odiosa esa función, dificulta, asusta y paraliza al buen funcionario; el mal funcionario está acostumbrado y no le hace mella, en parte, porque también utiliza, en sentido inverso, esos incentivos.

Como señalara en el 2014 el papa Francisco: “El corrupto vive del oportunismo e incluso llega a interiorizar una máscara de hombre honesto; no puede aceptar la crítica, descalifica a quien la hace, busca disminuir cualquier autoridad moral que pueda cuestionarlo, incluso ataca con insultos a todo el que piense diferente y, si puede, lo persigue”. Como si nos hubiera visto. La corrupción es un cáncer, una plaga, pero no es nueva: existe desde los comienzos de la humanidad, motivada por el afán desenfrenado de riquezas y de poder, cuando no alimentada por la necedad, la ignorancia, la insensatez o la estupidez humana. En cualquier caso, hay que luchar contra ella, denodadamente.

Es como la Hidra de Lerna, una figura mitológica de nueve cabezas, extremadamente venenosa y cuyo aliento era mortal. La lucha de Hércules para derrotarla fue extremadamente difícil, ya que cada vez que le cortaba una cabeza, brotaban dos o tres en su lugar. Solo logró vencerla con la ayuda de Atenea.

Se entiende que el contralor no deba ser un funcionario sujeto a presiones, pero bien le vendría tener la asesoría o la deliberación de un consejo de ancianos o de gente proba que, con la prudencia de Atenea o la fortaleza de Hércules, le ayuden a desempeñar tremenda responsabilidad.

Es necesario realizar un proceso de reingeniería en esta entidad para adecuarla a las modernas circunstancias de control y para que sea una institución de verdadero servicio y no de suplicio. Sin embargo, no debe ser un organismo ñoño, ingenuo o simplista. Ha de haber un mayor componente de inteligencia financiera, que detecte signos de riqueza, relaciones comerciales o de otro tipo, inconvenientes y amañadas. Y actuar con energía y decisión: es prioritario combatir la corrupción de manera incansable.

En la página web de la contraloría, se señala que la entidad se rige por tres principios: honestidad, justicia y prudencia. Son tres principios fundamentales para el buen gobierno. Si la nueva gestión logra retomarlos, podremos confiar en un organismo al servicio del país y de su desarrollo. Hago votos para que la contraloría vuelva a tener, realmente, estas virtudes de manera prioritaria, como punto de partida en su actuación, y que el nuevo contralor sepa imbuir a todo su equipo de estos fundamentales principios lo que, sin duda alguna, favorecerá a una gestión exitosa.

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