Después de Trump, por Carlos de la Puente
Después de Trump, por Carlos de la Puente
Carlos de la Puente

Después de Trump la democracia estadounidense no será la misma. La campaña del candidato republicano ha sido un ataque constante al conjunto de valores compartidos, de acuerdos no escritos, que habían permitido hasta ahora a los estadounidenses mantener la controversia política dentro de una atmósfera de tolerancia. Los discursos de Trump han sido modelos de intolerancia y sus conductas han sido, en muchas ocasiones, el retrato del abuso. 

¿Por qué tiene Trump el apoyo del 40% o más de las personas que piensan ir a votar este martes? ¿Será porque, como quisieran algunos críticos sociales, la democracia representativa tiene en verdad una base muy frágil en la mente de las personas y es más bien el caso que la tentación totalitaria descansa agazapada, esperando su oportunidad, en el espíritu de los ciudadanos de Occidente? 

No creo que haya alguien que conozca bien la cultura de todo Estados Unidos. Para un neoyorquino los razonamientos políticos de una habitante de Oklahoma rural pueden resultarle distantes. Pero a pesar de esta inevitable ignorancia en relación con la cultura política de Estados Unidos, me atrevo a lanzar una conjetura sobre el respaldo que tiene Trump.

Hay un grupo de personas que sí se siente representado por el estilo mandón y despreciador de Trump. Todos los que hemos vivido en ese país sabemos que la tensión racial y cultural existe, de manera que no es imprudente pensar que hay gente que celebra el anuncio de la construcción de un muro en la frontera con México. Este grupo, sin embargo, no parece ser el mayoritario dentro de la coalición de Trump. 

Para otro grupo de personas –intuyo que el más numeroso–, Trump es un empresario exitoso que dará más libertad a los negocios privados. Son los que creen que el país debe ser guiado como una empresa y quién mejor que Trump para hacer eso. Son personas que mayoritariamente votan por los republicanos. Recuerdo haber escuchado a un columnista del “Wall Street Journal” decir que él no era muy fan de la democracia pero en cambio sí del capitalismo, porque la democracia no asegura el éxito ni la felicidad, en cambio el capitalismo sí. Ese pensamiento, que contrapone la libertad de los negocios a los valores de la democracia liberal, existe hace tiempo en Estados Unidos y es una de las turbinas de la candidatura de Trump.

En Estados Unidos no hay un riesgo de un populismo antidemocrático de izquierda. La gran mayoría de la izquierda allá está, a diferencia de lo que ocurre en el Perú, auténticamente comprometida con los valores de la democracia constitucional. En cambio, una parte de la derecha estadounidense (qué tan grande es esa parte lo sabremos este martes) piensa como ese columnista del “Wall Street Journal” y como Donald Trump. Son los que ponen las utilidades de los negocios por delante de otros valores políticos y por eso no han querido escuchar ninguna de las tropelías verbales cometidas por Trump. 

Es en este desprecio y asalto a los valores liberales donde radica el daño que Trump le ha hecho al tejido social y cultural que sostiene a la democracia en Estados Unidos. Después de este martes, los estadounidenses de buena voluntad, que son la mayoría, deberán trabajar muy duro para restaurar ese tejido, aun cuando tuvieran que enfrentarse al presidente Trump.