En el mundo del arte y la ciencia, las mujeres hemos pasado décadas tras bambalinas, ocultas bajo seudónimos masculinos o apellidos conyugales. En la historia del sector construcción ocurrió algo similar: muchas participaron en proyectos emblemáticos, pero el reconocimiento público quedó, casi siempre, en manos de sus pares varones. Sin embargo, es gracias a estas mujeres –y a su doble esfuerzo por hacer bien su trabajo y luchar por visibilizarlo– que hoy nosotras seguimos ganando terreno en sectores como el inmobiliario, al cual pertenezco.
Un caso paradigmático es el de Emily Warren Roebling. En 1883 cruzó el Puente de Brooklyn acompañada del presidente Chester A. Arthur durante la inauguración de una de las obras estructurales más importantes de Nueva York. Cuando su esposo, el ingeniero jefe Washington Roebling, enfermó gravemente, ella asumió la coordinación técnica del proyecto. Con el paso de los años se formó en resistencia de materiales, cálculo estructural y técnicas constructivas, convirtiéndose literalmente en el puente entre el diseño y la ejecución. Empresarios del hierro como Abram Hewitt reconocieron su capacidad y liderazgo. Sin embargo, durante mucho tiempo su nombre quedó subordinado a la narrativa oficial que atribuía la obra exclusivamente a su esposo como ingeniero jefe.
Otro caso emblemático es el de la arquitecta Denise Scott Brown, cuya carrera brilló por su contribución académica en universidades como Berkeley, Yale y Harvard. Fue coautora de Learning from Las Vegas (1972), texto fundamental en la teoría arquitectónica contemporánea. Desde 1969 trabajó junto a su esposo y socio Robert Venturi; sin embargo, muchas de las obras del estudio fueron asociadas principalmente al apellido Venturi. Tal es así que, en 1991, el Premio Pritzker fue otorgado únicamente a Venturi; y Scott Brown quedó injustamente excluida del reconocimiento. Años después, denunció cómo el llamado “sistema del arquitecto estrella” tendía a concentrar el mérito en figuras masculinas, incluso en trabajos profundamente colaborativos.
Finalmente, quiero recordar a la diseñadora alemana Lilly Reich, una de las pocas profesoras de la Bauhaus. Reich tuvo una fecunda carrera propia antes de asociarse profesionalmente con Ludwig Mies van der Rohe. Juntos desarrollaron diversas obras, entre ellas el diseño del mobiliario del Pabellón de Barcelona (1929), incluida la célebre silla Barcelona. Durante décadas, esos diseños fueron atribuidos exclusivamente a Mies. Solo recientemente la historiografía ha reconocido su rol como colaboradora esencial en esas piezas icónicas del modernismo.
En este breve recorrido por pioneras de la arquitectura, la ingeniería y el diseño –disciplinas estrechamente ligadas al mundo inmobiliario al que pertenezco– me reconozco heredera de una voz que se alzó desde muy temprano y con mucha convicción. Gracias a ellas se abrió camino para las generaciones que llegaron después: para nuestras madres, para nosotras y para nuestras hijas, que buscan también una posición en el mercado, en sus carreras y, por qué no, en la historia.
Que este 8M nos encuentre firmando con nuestros nombres y apellidos los proyectos que construimos.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.