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Días por delante, por Ian Bremmer

Guaidó no será tan fácil de hacer a un lado ahora que tantos otros gobiernos se han comprometido a apoyarlo”.

Ian Bremmer Presidente de Eurasia Group

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Maduro ha demostrado su poder de permanencia una y otra vez, principalmente porque el Ejército de Venezuela aún no ha decidido que mantenerlo es más costoso que llevarlo al exilio”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

Casi el 90 por ciento de los venezolanos ahora vive en la pobreza. Se proyecta que la inflación llegará a 10 millones por ciento el próximo año según el FMI; los ciudadanos usan literalmente carretillas llenas de dinero para comprar alimentos básicos como pan y leche... cuando tienen la suerte de encontrarlos en los estantes de las tiendas. Desde el 2015, más de 3 millones de personas han huido del país. El mundo ha visto con creciente consternación el hecho de que Venezuela, una economía que una vez fue impulsada por las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, ha descendido de ser una nación próspera a la catástrofe humanitaria en menos de una década.

Y, sin embargo, por primera vez desde que el presidente Nicolás Maduro llegó al poder en el 2013, la situación política en Venezuela parece haber empezado a cambiar. Por sí solo, esto ya es motivo de celebración, pero también estamos presenciando algo fortuito e inesperado. Va mucho más allá de la gente que reclama contra las horrendas condiciones de vida o se rebela contra un régimen represivo. Esa historia se ha desarrollado en muchas otras ocasiones y en muchos otros lugares. Lo excepcional de la situación actual de Venezuela es que la oposición del país ahora está respaldada por un alineamiento genuino de las potencias extranjeras en un tema que no es un interés nacional fundamental para ninguna de ellas.

Un movimiento de oposición –abrumado y fragmentado por los muchos problemas del país y el firme apoyo militar a un gobierno inepto– se ha reunido en torno a Juan Guaidó, un ingeniero de 35 años y líder del parlamento de Venezuela. Guaidó se atrevió a ser la figura que encabezara la concentración de venezolanos. Se ve reforzado por su posición como líder electo de la Asamblea Nacional, pero también por el valor requerido para invocar la Constitución para proclamarse “presidente interino” hasta que se puedan celebrar elecciones libres y justas. Pero su intento de revitalizar el sistema político roto de su país también se ve respaldado por un amplio y profundo apoyo de gran parte de la comunidad internacional. Al momento de escribir este artículo, más de 20 países han reconocido a Guaidó como el líder legítimo de Venezuela, entre ellos los Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido, Francia, Alemania y todas las potencias latinoamericanas, excepto México.

Ha habido otros líderes de la oposición antes de Guaidó, pero Maduro los ha sobrevivido a todos. Guaidó no será tan fácil de hacer a un lado ahora que tantos otros gobiernos se han comprometido a apoyarlo. Y en un mundo donde tantos países han adoptado cada vez más un enfoque de la política exterior “cada nación por sí misma”, es algo poco menos que asombroso.

Aun más sorprendente es que fue el gobierno de los Estados Unidos liderado por Donald Trump el que tomó la iniciativa de impulsar una respuesta internacional al estancamiento político de Venezuela. La decisión sorpresa de Trump de tomar una línea dura contra el régimen de Maduro (que incluye sanciones contra la empresa petrolera estatal de Venezuela, PDVSA, además de entregar el control de algunos de los activos de Venezuela en los Estados Unidos directamente a Guaidó) parece contradecir su enfoque de “América primero” para la política exterior. Pero el nuevo compromiso de Trump con la democracia de Venezuela es el resultado del compromiso del senador estadounidense Marco Rubio (un aliado republicano clave para quien los desarrollos en Venezuela son críticos para su base electoral en la Florida) y la postura de línea dura del personal de la Casa Blanca de Trump, incluido el consejero de Seguridad Nacional John Bolton.

No está claro si a Trump le importa la situación del venezolano promedio más que la situación del musulmán sirio o rohingya promedio en el sudeste asiático, pero sí le importa que lo perciban como poderoso e impulsando los desarrollos geopolíticos y los pasos de su administración. Hasta el momento, Venezuela ha tenido riesgos mínimos para los intereses de los Estados Unidos. Sin duda ayuda que el petróleo de Venezuela ya no sea tan importante para la fuente energética de Estados Unidos como lo fue antes, lo que le da a Washington más espacio para ser agresivo en el frente diplomático. Igual de importante es que Maduro no es tan crucial para las maquinaciones geopolíticas de las potencias extranjeras como lo es Bashar al Asad en Siria para países como Rusia e Irán, así como el que su gobierno se haya ganado la reputación de no pagar sus deudas externas.

La sola preocupación humanitaria nunca es suficiente para lograr una intervención extranjera, pero la crisis de Venezuela y el profundo cinismo del gobierno de Maduro han hecho precisamente eso. No hay garantía de que el verdadero cambio sea inminente. Maduro ha demostrado su poder de permanencia una y otra vez, principalmente porque el Ejército de Venezuela aún no ha decidido que mantenerlo es más costoso y más arriesgado que llevarlo al exilio. Además, cuando Venezuela finalmente obtenga un nuevo liderazgo, el país enfrentará innumerables problemas, entre los que se encuentran la deuda celestial y las consecuencias de una fuga de cerebros de una década. Pero la alineación de tantos gobiernos extranjeros ahora ofrece esperanzas de que la gente de Venezuela finalmente tenga días más brillantes por delante.

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