Dolce vita a la chorrillana, por Javier Díaz-Albertini
Dolce vita a la chorrillana, por Javier Díaz-Albertini
Javier Díaz-Albertini

Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

Resulta curioso en qué cosas nos fijamos. Hace unos días, las redes sociales entraron en ebullición ante las fotos de algunos bañistas en las fuentes de la Costa Verde, sector de Chorrillos. Sin embargo, ese mismo día, en ese mismísimo lugar, autos particulares y taxistas se habían apoderado de uno a dos carriles causando un atracón de kilómetros. Otros vehículos estaban estacionados en zonas rígidas y encima de jardines, miles de bañistas –adultos, jóvenes y niños– cruzaban la calzada en cualquier lugar ignorando el puente peatonal a pesar de ser una vía rápida, la arena y el mar estaban en proceso de recibir toneladas de basura, contaminando algo más las playas contaminadas y, finalmente, muchos en el balneario consumían comida y alcohol, a pesar de estar prohibido. En comparación con este conjunto de factores, el que un grupo de bañistas se diera un chapuzón en una fuente era una falta menor en un escenario mayor signado por la anomia. 

Una de las escenas más famosas de la película “La dolce vita” de Fellini es cuando Sylvia (Anita Ekberg) ingresa a la Fontana di Trevi de madrugada e invita coquetamente a Marcello (Marcello Mastroianni) a que la acompañe. Una transgresión más de la sociedad burguesa decadente de la Italia de los años cincuenta y que Fellini captura al mostrar cómo el individualismo, el consumo desenfrenado, la fama fulgurante y el escándalo habían desplazado la tradición (religión, historia, familia) sin generar un orden alterno. 

La película nos muestra una sociedad que vivía bajo el signo de la anomia. Los bañistas en Chorrillos también viven bajo la anomia –pero de otro signo–, especialmente cuando se refiere a los comportamientos en espacios públicos. Es así porque, como han señalado muchos urbanistas, este ha dejado de ser un “lugar de encuentro” para transformarse en una “tierra de nadie”. 

El reconocido urbanista catalán Jordi Borja nos hace recordar que lo público en un espacio es su uso, más que el estatuto jurídico. Esto sucede porque el espacio se construye en procesos dinámicos, de creaciones continuas y comportamientos novedosos, que tienden a chocar contra designios gubernamentales o vecinales ya establecidos o tradicionales. El problema no son los posibles desencuentros o conflictos que se dan entre los diversos usos, sino en cómo estos se manejan. Y lo que caracteriza el manejo en nuestra metrópoli es la falta de diálogo, especialmente cuando las autoridades no escuchan, aprenden o se inspiran sobre la base de los usos, necesidades y expectativas ciudadanas. 

En el verano aumenta la confluencia a los espacios públicos porque hace calor y hay vacaciones escolares. Es lógico que en Lima, como en cualquier otra ciudad del mundo, los habitantes salgan de sus viviendas y busquen refrescarse en los espacios públicos. Y no hay mejor forma de hacerlo que con un buen chapuzón o remojada. ¿Qué puede hacer la ciudad y sus autoridades al respecto? Desafortunadamente, tienden a darle la espalda a esta necesidad porque es “disruptiva” al orden de la ciudad. Por ejemplo, ha ocurrido otra vez este año al prohibir las piscinas portátiles en las vías chalacas. 

Sé muy bien que estas soluciones al calor veraniego –sean las piscinas callejeras o los bañistas en fuentes públicas– implican toda una serie de problemas de salud y de tránsito. Pero en otras ciudades se ha logrado armonizar la práctica ciudadana con el orden. En Nueva York se puede tramitar el uso de los hidrantes para refrescar a los vecinos –especialmente los niños– de una cuadra. Londres tiene decenas de fuentes parecidas a las del Parque de la Reserva, pero gratuitas y totalmente integradas a la trama urbana. Y estos son pasos que permiten superar la anomia y estimulan la correcta apropiación de la ciudad, al formalizar los usos ciudadanos e integrarlos al buen manejo de nuestra urbe.