(Ilustración: Víctor Sanjinéz).
(Ilustración: Víctor Sanjinéz).
Jürgen Schuldt

En base a encuestas realizadas durante los últimos 30 años, una novedosa área de la ciencia económica ha detectado una serie de factores que influyen en la felicidad de los ciudadanos, tema que en estas fiestas de fin de año nos debería inducir a reflexión.

Un punto básico de partida es el que se conoce como umbral de ingresos. Según esta hipótesis, el bienestar nacional alcanza su máximo cuando las personas llegan a cierto nivel promedio de ingresos por habitante que se ubicaría en alrededor de US$22.000 anuales. A partir de ese límite, un aumento en los ingresos ya no contribuiría a incrementar la felicidad (sucedió en 1957 en Estados Unidos y en 1973 en Japón).

Una explicación de esa paradoja se atribuye al hecho de que, a medida que aumentan los ingresos, se incrementan también las aspiraciones materiales y las expectativas políticas de los ciudadanos. Si estas aumentan a mayor ritmo que los primeros –como ha sido el caso en los últimos años– se genera frustración y malestar, reduciendo el bienestar subjetivo.

Otra hipótesis que deriva de las encuestas mide el impacto negativo de las externalidades: contaminación ambiental, congestión del tráfico, drogadicción, alcoholismo, delincuencia, epidemias, corrupción de los poderes públicos, etc.

Una tesis adicional de los ‘felicitólogos’ es conocida como el ‘efecto adaptación hedónica’. Esta dice que las personas que, por ejemplo, ganan una lotería, poco tiempo después –de seis meses a un año– regresan plena o parcialmente a su nivel de bienestar subjetivo anterior, determinado por la genética y la personalidad del individuo en cuestión. Una adaptación similar ocurre cuando se sufre una experiencia negativa: divorcio, viudez, encarcelación, desempleo e incluso ante graves discapacidades repentinas como la paraplejia o la sordera.

Otra teoría para explicar el bienestar subjetivo de personas y familias es la del ingreso relativo. Esta se deriva de la comparación interpersonal de niveles de vida respecto a sus “grupos de referencia”. Esa especie de escrutinio público, teniendo en cuenta la creciente desigualdad en la distribución de la riqueza, deteriora el bienestar subjetivo.

Finalmente, el aspecto más importante de estos estudios tiene relación con los bienes relacionales. Esta teoría afirma que las relaciones interpersonales (tales como familia, amigos, compañeros de trabajo o de la escuela) y la ligazón con la naturaleza son los que más contribuirían a incrementar el bienestar personal. Sin embargo, por la dinámica del capitalismo, en su afán por conseguir más y más bienes y servicios, las personas descuidan las relaciones meso y microsociales.

Actualmente, por las variables que considera, el más sofisticado de los índices de bienestar es el World Happiness Report 2017, que cubre el trienio 2014-2016. Según este ránking, las personas más felices del mundo vivirían en Noruega, Dinamarca e Islandia. En el caso de América Latina, solo se distingue Costa Rica en la posición 12 entre los 155 países estudiados. El Perú ocupó el puesto 63, muy por debajo de la mayoría de países latinoamericanos, excepto por Paraguay (70), Venezuela (82), República Dominicana (86), Honduras (91) y Haití (145), los países con los mayores niveles de emigración de la región.
El bienestar subjetivo de los peruanos ha caído notoriamente durante los últimos tres años. Esto se debe en parte al pobre crecimiento económico, el aumento de la desigualdad, la inseguridad ciudadana, los efectos de El Niño costero y la corrupción.

El primer semestre del 2018 luce promisorio por la visita del Papa, la esperanza que creceremos al 4%, las denuncias de Barata que llevarán a más encarcelados y la optimista expectativa del Mundial. Sin embargo, será difícil que estos factores permitan incrementar el bienestar y que pesen más que la parodia de “Combate” y “Esto es guerra” que han ensayado todo el año los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. La peor escuela para las nuevas generaciones.

Los poderes del Estado han dejado para las calendas griegas los acuciantes problemas de fondo del país y han amenazado la gobernabilidad. A lo que se añade que, en la maratón del jueves pasado, PPK fuera convertido tempranamente en pato rengo y que Keiko perdiera su inmerecido poder, no así su apetito revanchista (además, ambos perdieron aun más por el indulto). Con lo que no sorprenderá que se vuelva a cumplir –por octava vez– una crisis político-económica en el país... como ha ocurrido todo octavo año de cada una de las décadas desde la posguerra.

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