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Economía del síntoma, por Elder Cuevas-Calderón

“Sin la economía informal (la del guachimán, la de la trabajadora del hogar), la economía formal no podría funcionar”.

Elder Cuevas-Calderón Docente e investigador de la Universidad de Lima

Víctor Aguilar

(Ilustración: Víctor Aguilar)

(Ilustración: Víctor Aguilar)

A poco más de dos meses de ocurrido el incendio en Las Malvinas, la explotación y crueldad expuestas en aquel trágico episodio no deberían dejar de hacernos reflexionar sobre un asunto tan relevante como la informalidad laboral.

Resultaría ilógico pensar que la respuesta va por endurecer las leyes. Ello solo allanaría el camino al mal que se busca combatir. Extirpar la informalidad –cual tumor– de la economía formal, sería entonces la operación sensata para eliminar ese ‘resto’ que impide que nuestra economía funcione adecuadamente; esto en razón de que la informalidad, según se piensa, sería producto del desborde, de la improvisación, del ‘resto’ del orden formal.

Sin embargo, ¿es la economía informal aquella que se encuentra afuera de la economía formal? ¿No es que, en vez de estar afuera, está excluida en su interior? ¿No será que la informalidad pertenece a la economía formal, pero sin tener plena representación ante el Estado? ¿Es tal vez el exceso de lo presentado sobre lo representado? ¿Es la informalidad un ‘resto’ exterior a la comunidad, o es, más bien, una interioridad representada inapropiadamente?

Cabe resaltar aquí que no se pretende describir a la economía informal como una víctima de la economía formal, ni tampoco de aceptarla en su forma presente. Por el contrario, nuestra búsqueda está enfocada en visibilizar la vinculación entre ambas (formal-informal) y en cómo la noción del ‘resto’, si bien es un producto indeseado del orden social, también es un elemento sin el cual este orden no podría funcionar. Jacques Lacan denominó a esto ‘síntoma’; aquello que, a pesar de andar mal, permite que algo marche. En ese sentido, podríamos decir que la economía informal es el ‘síntoma’ de la formal y, por lo tanto, no está simplemente excluida del sistema formal, sino que está excluida en el interior (dentro) de la formalidad.

En otras palabras, pertenece a la situación formal, pero no está representada en ella. De allí que resulte tan difícil de extirpar. ¿Podría cambiar la situación si se legisla con mayor severidad contra la informalidad? La respuesta no resulta tan esperanzadora por la convivencia expuesta, pero se torna aun más lóbrega cuando examinamos que el ‘síntoma’ (de la economía informal) se ha naturalizado (e invisibilizado) en prácticas cotidianas, en condiciones de trabajo que, si bien no están encerradas dentro de un contenedor y alejadas de nuestros ojos, se hallan frente a nosotros, pero –ni por asomo– las detectamos ni acusamos de esclavistas. Basta con examinar las condiciones de trabajo de los guachimanes, la precariedad de sus sillas, la crueldad de su exposición a la intemperie, para darnos cuenta de que, en ese trabajo, hay una presentación, mas no una representación. Y ni qué decir de las trabajadoras del hogar, cuyos relatos de maltratos y vejaciones no hacen más que revelar cómo sin la economía informal (la del guachimán, la de la trabajadora del hogar), la economía formal (la del empleador) no podría funcionar.

¿Cuál podría ser la solución? Como propuso Lacan, se trata de identificarse con el ‘síntoma’. En vez de renegar del ‘resto’, es allí donde aparece la posibilidad de cambio. Puede sonar irónico identificarse con aquello de lo que se adolece, pero precisamente el impasse radica en la negativa del sujeto a reconocerse en él. No se trata de decir que “todos somos informales”, ni mucho menos de colmarnos de leyes punitivas, sino de reconstruir una forma económica desde lo sin-lugar, y no desde la cohabitación formal-informal. Para poder cambiar esta situación, debemos reconocer que, aunque la formalidad acuse y allane el camino a la informalidad, una no puede vivir sin la otra; pero que es en esa tara en la que precisamos hurgar para obtener la información que nos saque de este embrollo.

Así, en vez de castigar o extirpar a la economía informal, se debe examinar el punto de equilibrio que las balancea y que nos impide imaginar otras formas de economías (y de sociedades) posibles.

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