Carlos Menem y Alberto Fujimori, el 10 de noviembre de 1994, en el distrito limeño de Villa María del Triunfo. (Foto: Enrique Cúneo/El Comercio).
Carlos Menem y Alberto Fujimori, el 10 de noviembre de 1994, en el distrito limeño de Villa María del Triunfo. (Foto: Enrique Cúneo/El Comercio).
Orazio Potestá

Candidato a doctor en Ciencia Política y Gobierno

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Decían en las escuelas de Ciencia Política que, si se deseaba conocer cómo habían sido los caudillos latinoamericanos del siglo XIX, había que mirar a , quitarle el traje de miles de dólares y montarlo sobre un caballo. Fijarse en su caminar, en su forma de hablarle a la gente y en su populismo. El corte de cabello y las patillas contribuían al mito. Hace pocos días .

Es imposible sortear un símil entre Menem y , cuyos gobiernos empezaron casi en paralelo, en 1989 y en 1990, respectivamente, acabando ambos a trompicones diez años después. Uno llegó al poder como político tradicional, dispuesto a recolocar a la en el camino de la gloria sudamericana, y el otro, como un tecnócrata que ingresaba a la política tradicional para componerla, asumiendo un mesianismo que le costó muy caro al Perú. Este ropaje de mesías también cubrió a Menem, aunque sus formas de caudillo no colisionaron tan gravemente contra la democracia, con excepción del grosero control que ejerció sobre el Poder Judicial de su país.

Menem, el más político, fue llamado “piloto de tormentas” porque gobernaba mejor en momentos de mar picado. Es curioso que académicos de la Universidad de Buenos Aires (UBA) hayan concluido que Fujimori también lo era, pero con olas más grandes: hiperinflación apocalíptica, quiebra fiscal, pobreza extrema, terrorismo de dos cabezas (maoísta y guevarista) y un Estado tremendamente ineficaz. El argentino aplicó una reforma estructural neoliberal, y Fujimori de igual forma, pero de una manera más brutal. Ambos privatizaron, redujeron y “domaron” al Estado estatista, y encorsetaron a la burocracia en la fórmula anglosajona de la Nueva Gestión Pública, nada idiosincrática, y cuyo balance a 30 años es controversial porque lo numérico y porcentual (gestión y presupuesto por resultados) no siempre es suficiente para traducir a un país multidimensional. Pero también entregaron a sus naciones a las mafias del tráfico de armas y de cocaína, y ahí el Estado sí fue importante como eje articulador.

Menem y Fujimori tomaron decisiones complejas y difíciles de asumir. Nuevamente, académicos argentinos (Santiago Leiras y Fabián Bosoer) se enfocaron en Menem y lo señalaron como uno de los máximos representantes del “neodecisionismo” latinoamericano, y a Fujimori también. El otro es , quien gobernó Rusia entre 1991 y el 2000. Por ahí se menciona a , presidente de Brasil entre 1990 y 1992. En realidad, en este ránking, si se le puede llamar así, el exjefe de Estado peruano bien podría estar primero porque sus decisiones fueron tomadas en contextos de urgencia y crisis excepcional.

Una autoridad es neodecisionista cuando su desempeño condiciona a la democracia, con un Poder Ejecutivo que se plantea objetivos y que toma decisiones para cumplirlos, pasando por encima de los demás poderes estatales. Ante la gente, el gobernante aparece como el conductor del orden político y de todas las transformaciones ejecutadas en el país. Los aplausos en plazas llenas de gente, el sobredimensionamiento como líder, la adulación de los círculos cercanos y el sentido de infalibilidad que siempre llega, son finalmente el eslabón no tan perdido que amarra al neodecisionismo con el mesianismo y con el populismo.

Es difícil responder cómo es que algunos mandatarios acaban abrazando el neodecisionismo, porque ello apuntaría al conocimiento de ciertas características conductuales. Ahora bien, politólogos como Catalina Müller sugieren que el neodecisionismo apareció en los noventas, en países con crisis muy graves, en los que se aplicaban políticas marcadamente neoliberales, y en los que el Estado de derecho era débil por un pasado autoritario reciente, sin olvidar el uso excesivo de decretos de urgencia. Además, sus gobernantes solían estar enfrentados a sus parlamentos, en un contexto de neopopulismo.

Los peronistas aseguran que además de “neoliberalizar” al Estado, Menem estabilizó la economía, atrajo inversiones, impulsó el sector privado y subordinó a las Fuerzas Armadas al poder civil, en una época con mucha rebeldía en los cuarteles. Todo sin aliviar la corrupción, los despidos masivos y las brechas sociales que caracterizaron su mandato.