(Ilustración: Giovanni Tazza)
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Jorge Yamamoto

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El bicentenario nos ilusionó con un país en el que los peruanos confíen los unos con los otros, con esperanza de crecimiento económico para todos, en un país justo.

El solsticio de invierno del bicentenario nos trae, por el contrario, una colosal desconfianza. Conflicto entre familiares, condiciones económicas, y entornos urbano-rurales. Detrás, la acción muy poco inteligente de medios descaradamente imparciales y al mismo nivel, las superabundantes noticias bamba o ‘fake news’.

En vez de esperanza económica, un conflicto de “clases” posmoderno: terror de pérdida de los que lograron prosperidad, sean emergentes o viejos ricos, versus los muy desfavorecidos, indignados de que sus sueños, sean de opio o de oportunidad, se eclipsen por mantener los políticos floreros de siempre.

No se trata de hacerse el tonto-cínico, voltear la página y vivir un bicentenario de telenovela rosada; se trata de generar confianza, esperanza razonada y justicia real-percibida. Países como Corea del Sur o Singapur pasaron por situaciones similares y hoy gozan de una elevada confianza, crecimiento económico con baja desigualdad, conducta cívica y baja corrupción. Uno de los factores centrales en ese cambio fue un plan nacional de valores.

Un primer paso para el cambio consiste en ponerse de acuerdo en cuáles son los pocos valores que se van a promover coordinadamente por varias décadas. Con recursos propios realizamos un estudio nacional, urbano y rural, y los peruanos coincidimos en que son tres los valores que debemos cultivar para dejar a nuestros hijos un mejor país: respeto, honestidad y responsabilidad.

Los valores son principios de conducta profundamente interiorizados, guían la conducta, ataca una profunda culpa cuando se transgreden, regala la mayor satisfacción cuando se ejecutan. También guía la evaluación de la conducta del otro, desprecio y crítica ante la falta, admiración y felicitación en su cumplimiento.

Si a puertas del bicentenario tuviéramos los tres valores del Perú, los miembros de mesa y personeros respetarían el voto de los electores, con honestidad. Los partidos políticos no se involucrarían en eventuales métodos de incremento de votación ilícitos, con responsabilidad. La honestidad bloquearía las noticias bamba y la imparcialidad de los medios. Los políticos serían responsables en desarrollar planes de gobierno que no sean engaña muchachos. Con honestidad, no habría mayor sospecha de organización criminal, terrorista, improvisada o mafiosa en segunda vuelta; quizá ni en primera.

Los valores no bailan solos, requiere la pareja de la conciencia, es decir, la capacidad de no andar en piloto automático, reaccionando sin pensar a lo que se le pone en frente. Más bien, observar y analizar lo que le rodea, pensar en las consecuencias de las conductas posibles y elegir la más conveniente, la más inteligente y en baile con los valores, la correcta. Luego, la conciencia evalúa el comportamiento, aprende de lo ocurrido y apunta a ser cada día mejor persona, familiar, mejor ciudadano.

El concepto es simple, pero requiere de una reestructuración radical del currículo de primaria, secundaria y universitario. El actual no corresponde en cantidad de horas ni en calidad de contenidos. Ya dejé de contar los ministros con los cuáles hemos buscado promover estos cambios. Se necesita que las empresas se unan en un plan nacional, que promuevan los tres valores peruanos en sus colaboradores para beneficio de su productividad, del bienestar de sus colaboradores y del comportamiento ciudadano del país. De la manera más amable y respetuosa las empresas me han señalado que cada una ha invertido mucho en sus propios programas de valores y no están dispuestos a hacer cambios radicales. También es fundamental el apoyo concertado de los grandes medios de comunicación, un solo mensaje con los tres valores en vez de diferentes iniciativas buenas. También conversaciones muy amables, pero sigo a la espera de una respuesta concreta. Finalmente, se requiere del compromiso radical del gobierno, pero en esta coyuntura, sería el plan de antivalores, por ilegítimos, de la mitad de los peruanos electores.

Invirtiendo a Machado, hay camino pero faltan caminantes. Quizá sea el turno de apelar a la casa; quizá este domingo en la reunión familiar (sin transgredir la responsabilidad sanitaria), el padre pueda poner orden y llamar a los valores, previo golpe en la mesa, con su lisura más.