Mis abuelos fueron profesores. Crecí viendo que la educación no era un trámite, sino una forma de mirar el futuro. Años después, mi carrera me llevó por industrias muy distintas y cada cambio significó lo mismo: volver a aprender un lenguaje nuevo, un negocio nuevo, una realidad nueva. Esa experiencia me dejó una convicción: la educación superior necesita aprender a estudiar más tiempo, por menos tiempo. Más tiempo, porque aprender no termina con un título: seguimos actualizándonos toda la vida profesional. Por menos tiempo, porque la formación universitaria al inicio debe ser más ágil y enfocada en lo fundamental, para que el estudiante entre antes al mundo laboral y siga aprendiendo desde ahí.
Lo planteé hace unos días en CADE Educación: ¿está la educación superior formando el talento que el mundo va a necesitar? Según un estudio de ManpowerGroup de este año, el 72% de empresas en el mundo tiene dificultades para encontrar el talento que necesita; en el Perú, el número es 63%. El Foro Económico Mundial calcula que el 39% de las competencias que hoy exige el mercado laboral habrá cambiado antes del 2030: el mundo para el que forma una universidad ya cambió.
Otros países están resolviendo esta tensión. El Reino Unido concentra la formación en tres años con su modelo UK Honours, y el 87% de sus graduados trabaja o estudia 15 meses después de egresar. Francia y España han seguido caminos distintos hacia el mismo objetivo: formar profesionales sólidos sin extender la carrera de más.
En el Perú también podemos avanzar en tres frentes: repensar qué enseñamos, priorizando pensamiento crítico y resolución de problemas sobre conocimiento que se desactualiza rápido; impulsar empleabilidad más temprana, con contacto con problemas reales desde los primeros ciclos; y avanzar hacia mallas curriculares flexibles, donde el upskilling y el reskilling sean parte natural de cada trayectoria.
Esto no lo resuelven las universidades solas. El Estado diseña política pública, las empresas definen qué talento necesitan, y las instituciones educativas forman a quienes liderarán ese futuro. Pero la decisión de fondo empieza en las aulas: enseñar a estudiar más tiempo —durante toda la vida profesional— y por menos tiempo en la formación universitaria al inicio. La pregunta que me llevo de CADE es la misma que planteo aquí: ¿qué decisión vamos a tomar para que estudiar más tiempo, por menos tiempo, deje de ser una idea y se convierta en la forma en que preparamos a nuestros jóvenes?
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