"Sin considerar la nacionalidad de la población, los estereotipos sirven para despreciar y marginar. Son peligrosos precisamente porque distorsionan la verdad, que siempre es más compleja".
"Sin considerar la nacionalidad de la población, los estereotipos sirven para despreciar y marginar. Son peligrosos precisamente porque distorsionan la verdad, que siempre es más compleja".
Leda Pérez

Profesora e investigadora en la Universidad del Pacífico

Hace un par de semanas, un reportaje en la prensa peruana citaba cifras de la Policía Nacional sobre el incremento de los casos de trata de y adolescentes venezolanas en nuestro país. Debido a la información generada por diversos estudios recientes sobre la venezolana en el Perú, los datos no sorprenden, pues esta población experimenta un alto grado de vulnerabilidad.

Si bien el Perú destacó inicialmente como país receptor que buscaba la manera de integrar a nuestros vecinos del noreste de manera legal, como ha sugerido mi colega Feline Freier en este Diario recientemente, a medida que ha crecido la migración, el Estado ha ido tomando una posición crecientemente conservadora, limitando el flujo y aumentando la vulnerabilidad de esta población. Sabemos que, en contextos de crisis humanitarias como la que experimenta Venezuela, las personas migran así no tengan avenidas legales y estén expuestas a múltiples peligros, incluyendo la trata. Asimismo, Freier comenta acerca del sensacionalismo mediático, una suerte de ‘fake news’, que criminaliza al migrante en un contexto en el que los reos venezolanos representan tan solo al 0,04% de las aproximadamente 862 mil personas que han llegado a nuestra tierra. Una cifra negligible; un falso dilema. Esto –combinado con la política actual del Estado– contribuye a alimentar sentimientos xenófobos. Pero los problemas del país no descansan en los venezolanos.

En las casi 50 entrevistas que hemos sostenido hasta la fecha en mi propia investigación con mujeres venezolanas, un tema transversal es la discriminación que ellas perciben. El tema está presente también en encuestas y grupos focales con hombres. Pero en el caso de las mujeres es especialmente notorio, pues ellas son marginadas por ser venezolanas, por ser mujeres y por ser migrantes altamente vulnerables.

Vemos esto en los tipos de trabajos que consiguen –altamente feminizados, precarios, e informales–, pese a que la mayoría de nuestra cohorte cuenta con estudios técnicos y hasta carreras universitarias completas. Encontramos que para las migrantes –viviendo en el Perú hace no más de dos años y medio– lo que prima para posicionarlas en términos sociales y económicos es su condición de mujer vulnerable.

Voy al meollo del asunto. La situación de la mujer venezolana en nuestro país no es marcadamente diferente de la de tantas peruanas que también experimentan diversas vulnerabilidades por una interseccionalidad de condiciones, incluyendo bajos recursos educativos y económicos, espacios inseguros, y su propia condición de género. Esta situación es compartida por las mujeres venezolanas migrantes y las mujeres peruanas, muchas de ellas también migrantes internas. Primero, por ser mujer en un contexto altamente machista y explotador. Y, segundo, por los estereotipos que colocan a cada una en un sitio marginado.

Sobre lo primero, datos del INEI (2018, 2016) muestran que la mujer peruana labora en la informalidad en más del 70% de los casos; el 35,7% en un negocio de su propia creación, el 17% como amas de casa no remuneradas, y hasta el 5% en trabajo doméstico en casas ajenas –generalmente en empleos altamente feminizados y poco seguros–. Dado el contexto nacional de alta precarización laboral, no sorprende, entonces, que las venezolanas también se vean obligadas a aceptar este tipo de trabajos, pues esa es la oferta existente.

Segundo, ambas poblaciones de mujeres son víctimas de estereotipos. Para la mujer peruana siempre ha habido la imagen de mujer pobre e iletrada, de un lado, y la del objeto sexual del otro, ese que se manifiesta en la calata de rigor presente en la mayoría de los diarios y revistas nacionales. Las mujeres venezolanas no se han librado de estos estereotipos, y parece existir la tendencia a acentuar la imagen de mujer coqueta, altamente sexualizada. Es de notar que, en el mismo reportaje citado aquí sobre la trata de mujeres venezolanas, este venía acompañado por una infografía con dibujos altamente racistas y sexistas de mujeres vistiendo jeans, politos seductivos y gorras con la bandera venezolana.

Sin considerar la nacionalidad de la población, los estereotipos sirven para despreciar y marginar. Son peligrosos precisamente porque distorsionan la verdad, que siempre es más compleja. Ni las peruanas son solo “pobres” y objetos sexuales, ni las venezolanas son especialmente ladronas y quitamaridos. Lo que sí son ambas es mujeres con necesidad de salir adelante, cuidar de sus familias y –no menos importante– cuidar de ellas mismas.

Hay temas de fondo por atender, incluyendo mejorar la oferta laboral para todos y combatir frontalmente la violencia hacia la mujer. La narrativa, así como el dibujo, tienen que cambiar.