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¿Humillar grandemente?, por Raúl Zegarra

“No hace falta ser doctor en teología para saber que en la interpretación de la Biblia no es fácil tener la última palabra”.

Raúl Zegarra Filósofo y teólogo

¿Humillar grandemente?, por Raúl Zegarra

¿Humillar grandemente?, por Raúl Zegarra

Un intercambio reciente nos ha puesto de cara a una pregunta fundamental, a saber, aquella por la forma correcta de interpretar la Biblia. Esta pregunta es tan antigua como la Biblia misma, siendo esta última, en sí misma, un acto de interpretación: los textos que conforman el canon no son los únicos que nos cuentan la historia del pueblo de Israel, la de Jesús o la de sus discípulos. Varios textos más, algunos más antiguos que las epístolas y los evangelios mismos, se encontraban a la mano. 

De ello se sigue que la conformación misma de lo que hoy llamamos la Biblia constituya un acto de interpretación donde ciertas tradiciones quedaron fuera por razones teológicas, pero también políticas y culturales. Negar esto puede obedecer a la ignorancia, que de suyo no constituye falta. Negarlo a sabiendas, en cambio, supone manipular la verdad.

El problema de la interpretación bíblica persistiría, por supuesto. San Agustín le daría forma de tema filosófico en su famoso “De doctrina christiana”, un clásico de la teología universal. Toda la Edad Media debatiría el asunto de modo permanente, como lo retrata el monumental estudio de Henri de Lubac “Exégèse médiévale”. Finalmente, tal vez en el momento más álgido de la historia de la interpretación de la Biblia, Martín Lutero y sus colegas decidirían tomar un camino muy distinto al de la Iglesia romana, dando forma a lo que hoy conocemos como las iglesias protestantes. La disolución del monopolio católico que la reforma implicaría, no hay que olvidarlo, tuvo en la base divergencias fundamentales en relación con la manera de interpretar las Sagradas Escrituras

La historia de la hermenéutica bíblica no termina allí, pero baste esta porción para señalar algo crucial: no hace falta ser doctor en teología, sino más bien conocer un poquito de historia y tener algo de sentido común, para saber que en la interpretación de las Sagradas Escrituras no es fácil tener la última palabra. Que las iglesias católica, protestante y ortodoxa no hayan podido reunificarse después de tantos siglos no es sino la obvia prueba de lo que digo. ¿Debe llevar esto al relativismo? No veo razón para ello y la historia misma nos ayuda en el esfuerzo de evitarlo.

El libro de San Agustín arriba indicado nos recuerda que la Biblia es un texto complejo siempre en necesidad de interpretación. No todo en él es evidente y, más bien, muchos pasajes son oscuros, si es que no contradictorios. ¿Qué hacer, entonces? Agustín propone establecer principios de interpretación y, entre ellos, definir un principio rector. Ese principio rector ha de ser la caridad, el amor. Así, sostiene el santo, todo en la Biblia debe subordinarse a amar a Dios y al prójimo. Luego, cualquier texto en la Biblia que parezca entrar en contradicción con esos dos amores deber ser reinterpretado a la luz de ellos. 

Toda la teología cristiana quedaría marcada por la idea de San Agustín. El fundamentalismo, por supuesto, siempre ha tratado de desestimarla, haciendo de la Biblia fuente de odio y división. Por ello, quienes conocemos la historia de la exégesis bíblica tenemos la obligación de traerla a la memoria denunciando el fundamentalismo. Solo así podremos ofrecer una mirada alternativa donde sea el amor lo que prevalezca.   

¿Quién manipula las Escrituras, entonces? ¿Aquel que sin estudios de teología las utiliza para invitarnos a amarnos los unos a los otros? ¿O aquel cuyos estudios no parecen iluminar aquello que la luz de las Escrituras y la historia de su interpretación muestran con toda claridad? Quizá en lugar de pensar en humillar grandemente a aquel que busca en las escrituras la verdad, deberíamos recordar aquí que tal verdad, más bien, se les esconde a los sabios y entendidos (Mt. 11, 25). Más aun, deberíamos recordar que no es a humillar grandemente a lo que nos invita el Evangelio, sino a humillarnos a nosotros mismos por amor a los demás (Jn. 13, 12-16). 

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