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(In)Solidaridad Nacional, por Elder Cuevas-Calderón

"El ‘impasse’ entre lo que propone el municipio y lo que reciben los ciudadanos es –esencialmente– una muestra de ‘insolidaridad’. De allí que ante cualquier acción que tome el municipio, la voz ciudadana resulte disidente, recelosa y hastiada".

Elder Cuevas-Calderón Docente e investigador de la Universidad de Lima

Luis Castañeda

Luis Castañeda

Luis Castañeda

Tras los eventos que conllevaron la caída del puente Solidaridad y los continuos problemas en las obras públicas (como las grietas en el ‘by-pass’ de la avenida 28 de Julio), existe una paradoja reveladora en el nombre que bautiza al partido que gobierna la ciudad. Más allá de lo irónico que puede resultar el análisis, este es un problema que excede a la nominalización de un grupo político y se amplía hacia todos nosotros.

Generalmente, la etimología de las palabras sirve para comprender su significado actual. Tal como lo plantea Josep Esquirol, la etimología de ‘solidaridad’ nos remite a la raíz latina ‘solidus’; aquello sólido, consistente, entero, y que, por lo general, encuentra en la construcción y la jurisprudencia sus ejes habituales.

Así, de cada obra, no solo esperamos que sea ‘solidaria’ y que ayude a todos los integrantes de una comunidad, sino que además esté construida sólidamente, sin grietas; que nos ofrezca seguridad, no solo por su edificación sino por la confianza que genera. Sin embargo, desde el momento en que detectamos fisuras o vibraciones, nos sentimos en peligro, bajo amenaza de derribo, de desintegración o de caída.

¿Pero cuál es esa amenaza que nos agobia? ¿Es la caída de otro puente o el colapso de alguna obra realizada por la alcaldía? ¿O en realidad nuestro temor viene del colapso definitivo de algo más? En efecto, lo que se ha desintegrado y ha colapsado es la solidaridad misma, aquella que ha sido tomada en el sentido opuesto de lo que consigna. En vez de ser entendida como una ‘solidaridad abierta’, universal, que apela a la humanidad más allá del credo ideológico (o político), y que comprende un proyecto guiado por el ideal de una sociedad –que no es necesariamente la utopía citadina–, esta ha sido entendida como una ‘solidaridad cerrada’, cuya finalidad es comportarse solidariamente solo con su grupo.

De forma que una obra, en vez de ser un acto de “solidaridad-sólida-abierta” para los ciudadanos, termina siendo un acto de “solidaridad-frágil-cerrada” entre aquellos que lucran. Sin embargo, el problema no solo se queda en la corrupción, sino en cómo esa ‘solidaridad cerrada’ se extiende hacia los ciudadanos, los hace partícipes, y les ofrece obras cosméticas, endebles e inútiles. Así, el ‘impasse’ entre lo que propone el municipio y lo que reciben los ciudadanos es –esencialmente– una muestra de ‘insolidaridad’. De allí que ante cualquier acción que tome el municipio, la voz ciudadana resulte disidente, recelosa y hastiada.

Lo más complejo, sin embargo, no solo queda en las muestras de insolidaridad sino en los efectos sociales que acarrean. Pues cuando las obras son detectadas como endebles, la desconfianza aparece y, como tal, los espacios para grupos que aseguren estas carencias. Sin duda es un terreno fértil para la institucionalización de la delincuencia en una mafia organizada que, ante la inseguridad social, paradójicamente, explote y medre con desconfianza –institucional– proveyendo protección; incluso hasta el punto de poder crear un ‘wellfare’ para aquellos que se unan.

De ese modo, ¿todo está perdido? En absoluto, curiosamente la solución está en la ‘solidaridad’, pero en aquella universal y forjada de manera abierta, y que no solo se base en la construcción de más obras públicas duraderas.

Puede resultar paradójico que a pesar de los altos índices de violencia, inseguridad ciudadana y corrupción, América Latina sea la zona con mayor índice de felicidad en el mundo. Sin embargo, según el estudio realizado por la New Economic Foundation, ser más o menos feliz reside en el modo de resolución de conflictos.

Así, mientras en otras latitudes la resolución de los conflictos se da en solitario, en América Latina los compartimos con familiares y amigos a fin de encontrar una solución en conjunto. Usemos justamente esa ‘solidaridad abierta’, universal, que empleamos para resolver nuestras dificultades y cerrémosle el paso a la ‘solidaridades cerradas’, y a su hija la corrupción pues –tal como el semiotista Óscar Quezada Macchiavello me hizo mención– solamente puede ser “corrupta” aquella persona que tenga el corazón roto (cor-ruptus). Y es claro que frente a las situaciones que vivimos, solamente alguien así puede invocar a la ‘solidaridad’ para bautizar un puente caído o su partido político.

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