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Para pensar el bicentenario, por José Carlos de la Puente

“No podemos renunciar a la tarea de presentar a nuestros próceres como seres de su tiempo y de afrontar su legado contradictorio, precisamente para independizarnos de ciertas maneras de contar la historia”.

Hipólito Unanue

“El prohombre e ilustrado [Hipólito Unanue] era también el hacendado de significativa fortuna. Su apacible vida, rodeado de su familia, reposaba, en gran medida, en el trabajo esclavo de muchas familias”. (Foto: Internet).

Foto: Internet.

Recordar es siempre un acto selectivo, una forma de silenciar. Esto es aun más evidente cuando hablamos de recuerdos colectivos que se cristalizan en una historia oficial. El tránsito del recuerdo a la historia, antes que neutral, es un acto de poder. En el Perú, unos pocos han ejercido ese poder para configurar el pasado, a menudo desde posturas sancionadas como nacionales, patrióticas u oficiales. Los demás, por su parte, bregan por sentirse identificados con esa memoria colectiva que dice representarlos, así no puedan verse reflejados (ni a sus antepasados) en ella.

A los historiadores, la decisión oficial de conmemorar los 200 años de la Independencia nos confronta con esta verdad. Una columna reciente, cuya autora es historiadora y preside una de las comisiones del bicentenario, nos ofrece un ejemplo. Los acordes son conocidos: Unanue, Sánchez Carrión y Vidaurre, tres próceres, “nuestros ilustrados”. La columna plantea que son personajes importantes del contexto independentista. Sus escritos revelan su compromiso con el conocimiento, la construcción del Estado, la ciudadanía y el servicio público. Se les presenta como modelos a seguir en estos tiempos aciagos.

No me impulsa el ánimo de poner a estos hombres en el banquillo de los acusados. Cuestiono, sin embargo, que la noción misma de “prócer” no merezca mayor escrutinio. Sobre republicanismo e ilustración, hay otras genealogías posibles, otros vectores. ¿Por qué no escribir también sobre las tradiciones de autogobierno, el bien común y el gobierno representativo de los pueblos de naturales, repúblicas en miniatura detectables desde el siglo XVI y presentes en algunas partes hasta nuestros tiempos? La Ilustración y el liberalismo decimonónico también tienen importantes vertientes “populares”. El llamado Siglo de las Luces no se entiende ya como un paquete de ideas importadas desde el Viejo Continente, sino como una serie de maneras de entender la realidad y la sociedad que emergieron también en el Nuevo Mundo, en diálogo con Europa y el resto del orbe, y en creativa síntesis con el pasado colonial americano. Estas ideas renovadoras no solo se cocinaron en salones o en el “Mercurio Peruano”. Calaron, también, en los sectores subalternos pues fueron sus miembros, en su extrema complejidad, copartícipes de la creación, circulación y posterior ebullición de nuevos paradigmas.

En algún momento, estas vertientes se cruzaron con los discursos de “nuestros ilustrados”, pero fueron contenidas, domesticadas y excluidas de la forja de un ideario nacional. Es necesario explicar el porqué. No podemos renunciar a la tarea de presentar a nuestros próceres como seres de su tiempo y de afrontar su legado contradictorio, precisamente para independizarnos de ciertas maneras de contar la historia.

El primer siglo independiente fue también un siglo de injusticias y desigualdades. A la evocadora escena que presenta “nuestros ilustrados” –las “plácidas caminatas” del anciano Unanue, alejado ya de la vida pública, “con el atardecer cañetano sobre sus sienes”– se contrapone esta otra, de la pluma de uno de sus descendientes: “Por las noches, después de la comida, [Unanue] rezaba el Rosario, y en los días de fiesta, la capilla de San Juan de Arona se engalanaba con un coro de esclavos negros de la hacienda, que entonaban las letanías y los salmos, siendo acompañados por un organista igualmente esclavo”. El prohombre e ilustrado era también el hacendado de significativa fortuna. Su apacible vida, rodeado de su familia, reposaba, en gran medida, en el trabajo esclavo de muchas familias. Tras el decreto de abolición de 1854, sus descendientes cobrarían 25.000 pesos como indemnización por la pérdida de “sus” esclavos, en una trama de corrupción que otro historiador describe como “plagad[a] de inexactitudes, especulación y reclamos exagerados o abiertamente fraudulentos”.

El bicentenario representa una oportunidad para la reflexión que quizá no se repita en otros cien años. No se trata de reemplazar una ‘leyenda blanca’ con una ‘leyenda negra’, de desbaratar las utopías para traficar con el pesimismo. Lo urgente es rescatar las historias de la Independencia desde múltiples perspectivas críticas, el diálogo y el debate. Sobre todo, urge abandonar la pretensión de que el discurso que emane del Estado sea el único que nos explique qué pasó hace 200 años. Esa historia oficial, como todo acto de poder y como el Estado mismo, debe ser interpelada desde experiencias y posiciones históricas distintas.

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