"El reciente discurso de Biden en la Conferencia de Seguridad de Múnich nos permite asomarnos a las ideas de su gobierno en estos primeros días. Hay tres motivos de preocupación". (Ilustración: Víctor Aguilar)
"El reciente discurso de Biden en la Conferencia de Seguridad de Múnich nos permite asomarnos a las ideas de su gobierno en estos primeros días. Hay tres motivos de preocupación". (Ilustración: Víctor Aguilar)
Jeffrey Sachs

Profesor en la Universidad de Columbia

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La política exterior estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial se basó en una idea simple, tal vez quien mejor la expresó fue el presidente George W. Bush después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001: están con nosotros, o en contra nuestra.

La idea era tanto simple como simplista... y ahora quedó anticuada. no enfrenta enemigos implacables, ya no lidera una alianza poderosa y puede obtener muchos más beneficios cooperando con y otros países que enfrentándolos.

El expresidente Donald Trump fue una caricatura grotesca del liderazgo estadounidense. La política exterior del presidente es, en comparación, una bendición. EE.UU. ya se reintegró al acuerdo climático de París y a la Organización Mundial de la Salud, está tratando de regresar al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y promete volver a participar en el acuerdo nuclear de 2015 con Irán. Estos son pasos extremadamente positivos y admirables; sin embargo, los anuncios de política exterior iniciales de Biden con relación a China y el liderazgo estadounidense son problemáticos.

El reciente discurso de Biden en la Conferencia de Seguridad de Múnich nos permite asomarnos a las ideas de su gobierno en estos primeros días. Hay tres motivos de preocupación.

En primer lugar tenemos la idea bastante ingenua de que “EE. UU. ha vuelto” como líder mundial. EE.UU. recién está volviendo al multilateralismo, su gestión de la pandemia de la fue una chapuza total y hasta el 20 de enero actuó activamente en contra de la mitigación del cambio climático. Todavía debe sanar la gran cantidad de profundas heridas que dejó Trump, en particular la insurrección del 6 de enero, y atender a los motivos por los que 75 millones de estadounidenses votaron por él en noviembre pasado.

En segundo lugar, “la asociación entre Europa y Estados Unidos”, declaró Biden, “es la piedra de toque, y debe continuar siéndolo, para todo lo que esperamos lograr en el siglo XXI, como ocurrió en el siglo XX”. ¿En serio? Soy eurófilo y partidario entusiasta de la Unión Europea, pero EE. UU. y la UE solo constituyen el 10% de la humanidad (los miembros de la OTAN, el 12%). Necesitamos una gestión compartida de todo el mundo, no solo del Atlántico Norte o cualquier otra región por sí sola.

En tercer lugar, Biden afirma que el mundo está envuelto en una gran batalla ideológica entre la democracia y la autocracia. Dada esta supuesta batalla ideológica entre la democracia y la autocracia, Biden declaró que “debemos prepararnos juntos para una competencia estratégica a largo plazo con China” y agregó que esta competencia es “bienvenida, porque creo en el sistema mundial que Europa y Estados Unidos, junto con nuestros aliados en la región de Asia-Pacífico, se esforzaron tan duramente para construir durante los últimos 70 años”.

Es posible que EE.UU. perciba que forma parte de una lucha ideológica a largo plazo con China, pero esa sensación no es mutua. La insistencia de los conservadores estadounidenses en que China desea dominar el mundo logró sustentar un consenso bipartidista en Washington. Pero la meta china no es ni demostrar que la autocracia superior a la democracia, ni “erosionar la seguridad y la prosperidad estadounidenses”, como afirmó la Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. de 2017.

Consideremos el discurso de Xi Jinping en el Foro Económico Mundial en enero. Xi no habló de las ventajas de la autocracia ni del fracaso de la democracia o la gran lucha entre los sistemas políticos. Transmitió, por el contrario, un mensaje basado en el multilateralismo para solucionar los desafíos globales e identificó “cuatro grandes tareas”.

Xi hizo un llamado a los líderes del mundo para aumentar la coordinación de las políticas macroeconómicas y promover conjuntamente un crecimiento sostenible, equilibrado e inclusivo de la economía mundial. También los instó a “abandonar los prejuicios ideológicos y embarcarse juntos en una coexistencia pacífica en busca del beneficio mutuo y la cooperación en beneficio de todos”. En tercer lugar, deben “eliminar la brecha entre los países desarrollados y en vías de desarrollo, y lograr conjuntamente el crecimiento y la prosperidad para todos”. Finalmente, deben “unirse para superar los desafíos mundiales y crear juntos un futuro mejor para la humanidad”.

Xi afirmó que la senda hacia la cooperación mundial requiere “el compromiso con la apertura y la inclusión”, así como “con el derecho y las normas internacionales” y con “las consultas y la cooperación”.

La política exterior de Biden frente a China debiera comenzar buscando la cooperación en vez de suponer el conflicto. Xi afirmó que China “tendrá un papel activo en la cooperación internacional contra el COVID-19”, seguirá su apertura frente al mundo y promoverá el desarrollo sostenible y “un nuevo tipo de relaciones internacionales”. Sería inteligente que la diplomacia estadounidense procure interactuar con China en esas áreas.

La cooperación no es cobardía, como afirman reiteradamente los conservadores estadounidenses. Tanto EE.UU. como China pueden lograr mucho con ella. Si se reducen las tensiones en el mundo, Biden podría concentrar los esfuerzos de su gestión en superar la desigualdad, el racismo y la desconfianza que llevaron a Trump al poder en 2016 y siguen dividiendo peligrosamente a la sociedad estadounidense.

–Glosado y editado–

© The New York Times