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Jugar con fuego, por Omar Awapara

“La historia de las relaciones entre Ejecutivo y Legislativo está llena de artilugios parlamentarios pero también de pistolas cargadas”.

Omar Awapara Politólogo

Aguilar

“Estamos también en un régimen que sobrevive a tumbos y que podría no aguantar una crisis más”. (Ilustración: Victor Aguilar Rúa)

Si en el primer acto de una obra cuelgas un arma de la pared, decía el escritor ruso Anton Chejov, más vale que dispare en el siguiente acto. La historia de las relaciones entre Ejecutivo y Legislativo en nuestro orden constitucional está llena de artilugios parlamentarios pero también de pistolas cargadas, como esta de la cuestión de confianza y la potencial disolución del Congreso, a punto de abrir fuego.

¿Cómo es que llegamos a esta encrucijada? ¿Y es tan grave, como sostienen algunos, con claras alusiones al cierre del Congreso en 1992? Hay dos respuestas relacionadas que lo explican, a mi parecer.

En un horizonte próximo, lo que vemos desde el 2016 es una situación particular en décadas recientes, y en especial, desde la caída de Alberto Fujimori. A diferencia de los tres gobiernos que se sucedieron desde el 2001, en que solo 3 ministros fueron censurados por el Parlamento y la relación entre Ejecutivo y Legislativo era a la distancia, la aritmética electoral del 2016 puso a la oposición en una mayoría inusitadamente larga en el Congreso. Y al frente tenía a un Ejecutivo liderado por un presidente que desde su paso previo por la PCM y el MEF miraba de reojo y probablemente con desdén hacia sus vecinos de la avenida Abancay. Hubo un reencuentro en el 2016 para el que solo una de las partes estaba preparada.

En un horizonte amplio, esto también es el producto de una historia constitucional que viene acumulando armas parlamentarias pero sin artillerías capaces de desplegarlas. Hasta ahora. Es de esperar que votos de investidura, interpelaciones y cuestiones de confianza funcionen con propiedad en democracias parlamentarias de la mano de un sistema de partidos relativamente institucionalizado. (Siempre recuerdo a Henry Pease entre maravillado e indignado por la presencia de una “estación de preguntas” en nuestro orden constitucional, otro elemento que funciona correctamente cuando todos los ministros son siempre parlamentarios por origen y simplemente responden preguntas desde sus curules. No recuerdo la última vez que haya sido aplicado acá). Los gobiernos caen o se ven forzados a anticipar elecciones con frecuencia en dichas democracias, como en España (con mucha frecuencia últimamente, eso sí), este mismo año. Y la vida y la democracia siguen su marcha. Pero en sistemas presidencialistas como el nuestro la disolución del Congreso evoca autogolpes, donde ahí sí hubo tanques de verdad. Quizás en el Perú sea como jugar con fuego y empujaría el régimen político hacia una prueba de resistencia adicional. Estamos también en un régimen que sobrevive a tumbos y que podría no aguantar una crisis más.

Como bien afirma la Comisión de Alto Nivel para la Reforma Política, hay que pensar en racionalizar estos mecanismos, pero también urge hacer política más seguido. No hubo incentivos para hacerlo en los últimos 15 o 20 años, y de ahí que un gobierno dividido haya cogido por sorpresa a muchos. Pero no hay que temerlos, como tampoco a Ejecutivos con mayorías en el Congreso. Configuraciones así se darán siempre en el juego democrático. Para eso también hay otras instancias de control horizontal, como el Tribunal Constitucional. Pero si no usamos esos mecanismos e instituciones se oxidan. Vale recordar que el propósito original de la PCM era ser intermediario entre Ejecutivo y Legislativo pero que ante contextos distintos se fue adaptando a otras necesidades, postergando lo que siempre debió ser su misión original. Y durante las últimas dos décadas se dedicó a muchísimas otras cosas, menos a hacer política.

Y para bajar los decibeles, recordemos también que en los últimos cien años los autoritarismos en el Perú no han usado mecanismos constitucionales para acumular y concentrar poder, sino simplemente se basaron en las fuerzas armadas o en métodos abiertamente ilegales, como la compra de congresistas para hacerlo. Parte de la maduración de nuestra democracia implicará necesariamente cierto conflicto que sin duda es más imprevisible ante la ausencia de partidos, pero que mientras haya una correcta aplicación de sus principios, podrá llevar hacia una crisis de gobierno pero no del régimen democrático. Que la democracia siga su sostenida marcha no es poca cosa. Una crisis similar en el siglo XX ya nos hubiese encontrado, hace rato, bajo la sombra de unos quepís verde olivo.

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