Las figuras retóricas a veces suelen ser más poderosas y efectivas que los conceptos científicos y técnicos cuando se busca describir realidades potencialmente perturbadoras, aunque no siempre con el mismo éxito. Si hace algunos años la Organización de las Naciones Unidas (ONU) propuso la figura de la “ebullición global” para referirse a los irreversibles e inéditos niveles de temperatura promedio mundial alcanzados, ahora recurre a una nueva metáfora: la bancarrota hídrica mundial.
Con esa figura se hace referencia al hecho por el cual, ya en estos momentos, los ríos, lagos y acuíferos del mundo se agotan más rápido de lo que la naturaleza puede reponerlos, con lo cual categorías clásicas como estrés hídrico y crisis del agua van dejando de ser descripciones adecuadas de este lamentable estado de cosas. Esta condición sugiere que ya muchas regiones están viviendo por encima de sus reservas acuíferas, en donde su sobreexplotación, contaminación y mala gestión son sus expresiones más típicas. Es como cuando una familia, tras agotar el presupuesto mensual, comience a consumir sus ahorros.
Esta inquietante situación está descrita y desarrollada en “Bancarrota hídrica global: vivir más allá de nuestros medios hidrológicos en la era poscrisis”, informe que la ONU acaba de publicar, que destaca que más del 50% de los grandes lagos del planeta han perdido agua desde los noventa, o que el 50% del agua de uso doméstico y más del 40% de la destinada al regadío provienen de fuentes subterráneas. A su vez, agrega que 410 millones de hectáreas de humedales han desaparecido en 50 años y más del 30% de la masa de los glaciares se ha perdido desde los setenta (el glaciar Quelccaya, ubicado entre Cusco y Puno, retrocede anualmente unos 14 metros). En cuanto a la población humana, más de 1.800 millones de personas vivían en condiciones de sequía en el 2022-2023, mientras 4.000 millones de personas se enfrentan a graves carestías de agua al menos un mes al año, como suele pasar con muchos distritos del Perú.
Tal vez los sectores propensos al negacionismo climático comiencen a descalificar la idea de bancarrota hídrica al considerarla alarmista y exagerada. Al fin y al cabo, dirán, el agua del mar es un recurso altamente abundante y la tecnología para desalinizarla se hará más barata. Ello es razonable, pero no se trata solo de satisfacer la demanda humana: también se asistirá a una pérdida de biodiversidad, mayor riesgo de tormentas de polvo en muchas regiones, aumento de incendios forestales, degradación de la calidad de los acuíferos y hundimiento de suelos por debilitamiento de estructuras subterráneas. Sin olvidar, claro, la afectación que sufrirá la agricultura y el riesgo de trastornos sociopolíticos, seguridad alimentaria, migraciones forzosas y conflictos por las fuentes de agua dulce con vida útil.
En el Perú, un país donde la mayor parte de la población se asienta en entornos con bajo ‘stock’ acuífero (la franja costera), y la minoría lo hace en una región con suministro superabundante (los espacios amazónicos), esta bancarrota hídrica se hace especialmente amenazante por causa de los déficits de infraestructura, la deforestación, el uso intensivo de depósitos subterráneos, la desaparición de glaciares andinos, entre otros. Sin embargo, no se trata de la única paradoja: aunque hay teóricamente gran disponibilidad de agua dulce en nuestro territorio, su acceso no es óptimo, ya que, junto con la mala gestión del recurso, los sectores de mayores ingresos incurren en su derroche, mientras los estratos menos pudientes juegan con la escasez cotidiana del líquido elemento. Por añadidura, los trasvases altoandinos que lo vierten hacia la árida costa no siempre compensan a las comunidades de las partes altas. Allí está lo que ocurre entre Ica y Huancavelica.
El caso del Perú indica que no es necesario el desecamiento de las fuentes de agua dulce o la sobreexplotación de las reservas acuíferas subterráneas para estar en situación de bancarrota hídrica. Sin llegar a ese extremo, y teniendo mucho del recurso, por acá seguimos derrochando y mal gestionando como si la naturaleza nos hubiera expedido una tarjeta de crédito ilimitada.
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