Durante años hemos asociado el aprendizaje con una etapa concreta de la vida: estudiar una carrera, obtener un título y comenzar a trabajar. Pero la trayectoria profesional ya no funciona de esa manera. Una persona puede terminar la universidad a los 22 años y, diez o quince años después, encontrarse con nuevas herramientas, conocimientos y desafíos para los que su formación inicial no necesariamente fue suficiente.
La experiencia sigue siendo fundamental. Nos da criterio, perspectiva y la capacidad de entender cómo funcionan las organizaciones. Sin embargo, la experiencia por sí sola no garantiza que podamos responder a todo lo que viene. El mercado cambia, las empresas cambian y también cambian las capacidades que necesitan los profesionales.
Los datos lo muestran. La Encuesta de Demanda Ocupacional del Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo (MTPE) proyecta para el 2026 más de 20.000 puestos que requerirían profesionales de posgrado en educación superior y tecnológica, además de demanda para perfiles de posgrado en áreas como construcción e ingeniería civil, ingeniería industrial, contabilidad, arquitectura, gestión y computación.
A nivel global, el Future of Jobs Report 2025 del World Economic Forum estima que el 39% de las habilidades centrales requeridas en el trabajo cambiarán hacia el 2030. El informe también señala que las empresas necesitarán combinar habilidades tecnológicas con capacidades humanas como el pensamiento analítico, la creatividad, la resiliencia y la colaboración
En este contexto, una maestría adquiere un significado distinto. No se trata de reemplazar la experiencia, sino de complementarla. Un posgrado permite profundizar conocimientos, incorporar nuevas perspectivas y desarrollar herramientas que se suman a lo que un profesional ya ha aprendido en el ejercicio de su carrera.
Y ese conocimiento tiene mayor valor cuando puede aplicarse. Un profesional que estudia estrategia puede llevarla a una decisión real de su empresa; quien profundiza en liderazgo puede poner nuevas herramientas en práctica con su equipo; quien incorpora conocimientos sobre datos puede utilizarlos para sustentar mejor sus decisiones.
Por eso, el valor de una maestría no debería medirse únicamente por el grado académico que entrega, sino también por lo que permite hacer de manera diferente después de aprenderlo.
Además, hoy continuar una formación de posgrado no necesariamente significa poner en pausa una carrera. Los modelos virtuales están evolucionando para ofrecer experiencias de aprendizaje más flexibles y personalizadas, capaces de acompañar al profesional mientras trabaja y se desarrolla en su carrera.
La tecnología aplicada a estos modelos educativos permite conocer mejor las necesidades de cada estudiante y adaptar el acompañamiento a su proceso de aprendizaje. Modelos como DRU Flow incorporan esta lógica para ofrecer un acompañamiento personalizado durante la formación, entendiendo que no todos los estudiantes aprenden de la misma manera ni enfrentan los mismos desafíos.
Pero la virtualidad por sí sola no garantiza una buena formación. El desafío está en construir experiencias que combinen flexibilidad, profundidad académica y conexión con problemas reales. No importa tanto cuánto tiempo ha pasado desde que terminamos la universidad. Lo importante es reconocer cuándo necesitamos nuevos conocimientos para dar el siguiente paso.
La carrera profesional no termina con un título ni se construye únicamente acumulando años de experiencia. Se construye también con la capacidad de seguir aprendiendo, actualizarse y transformar ese conocimiento en mejores decisiones.
Porque la experiencia puede llevarnos hasta cierto punto; seguir aprendiendo es lo que nos permite avanzar.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.