Muhammad Ali, o el arte del boxeo, por Harry Belevan-McBride
Muhammad Ali, o el arte del boxeo, por Harry Belevan-McBride
Harry Belevan-McBride

Nunca fui un deportista de calistenias, pero no me fueron extraños el rugby y el boxeo que practiqué en mis años de colegio y, con menor ahínco, en la universidad. De allí que hasta hoy aún pervive en mí cierta emoción frente a estas lides, una afición que comenzó cuando mi padre me llevó a ver la contienda protagonizada por Alphonse Halimi, figura máxima de la cartelera gala de los años cincuenta y entonces futuro campeón mundial de peso gallo. 

Por esos años comenzaba en Francia la televisión comercial y pude así, posteriormente, deleitarme también con otros grandes del pugilato como Sugar Ray Robinson o Carmen Basilio. También con figuras posteriores igualmente clásicas como Lennox Lewis o Teófilo Stevenson y, por supuesto, con el más grande entre ellos, Muhammad Ali, que venía ejercitándose de tiempo atrás para dejar este mundo e ingresar, como lo ha hecho hace apenas unos días, a la inmortalidad deportiva. 

Sufrí, sin embargo, un desencanto progresivo con esa pasión adolescente. Se inició, coincidentemente, cuando Ali se alejó de las lonas, pues presentí que con él desaparecerían para siempre, junto con sus amenas afrentas poéticas, esos bailoteos artísticos que hacían pensar en un peso pluma arrojándose repentinamente al ring a lidiar con pesos completos. Porque el fin de sus inolvidables bailes dio paso a la danza del dinero que, desde entonces y hasta hoy, hace zapatear a sus tristes seguidores al tañido millonario de lo que pueden ganar en un máximo de 36 minutos de lucha. 

Es cierto que no fue siempre así, y que también la fiereza de un Ingemar Johansson, por ejemplo, enfrentando con todas sus artes al insigne Floyd Patterson, alcanzó por igual la leyenda. Pero sí lo fue desde la llegada de Mike Tyson, camorrista de callejón solo comparable a Sonny Liston en su fuerza bruta y en su total carencia del más elemental virtuosismo boxístico, aquel de las cabriolas que transforman un gancho de izquierda en refinada medición de reciedumbre. Muhammad Ali supo hacerlo mejor que ninguno, “volando como mariposa, picando como una abeja” y convirtiéndose en el boxeador que más le dio a ese noble deporte, vibra, ritmo y galanura, así como la efervescencia pasional a quienes fuimos sus incondicionales seguidores.

A punto de rememorar el centenario de Marcel Cerdan, otra leyenda de las cuerdas, recordemos que el verbo ‘boxear’ proviene de ‘boxing’, vocablo inglés que definió un deporte del mismo origen allá en el siglo XVI, aunque recién a fines del XIX comenzaría a practicársele con los puños enguantados. Altivo, elegante, recio, es sin embargo un deporte que, a diferencia de los demás, no se “juega” como se juega al fútbol o al ping-pong. Porque el box, al igual que la natación o la equitación, se practica o se hace, en un esfuerzo individual para el cual la solvencia táctica es tan importante como la presteza física. Lo demostró Muhammad Ali, que fue el artista supremo del oficio pugilístico o, si se quiere, el mayor oficiante del arte del boxeo.

TAGS RELACIONADOS