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El nacionalismo deportivo, por Aldo Panfichi

“Ya no queremos más triunfos morales, no nos consuela más el estribillo ‘jugamos como nunca, perdimos como siempre’”.

Aldo Panfichi Profesor de Sociología de la PUCP

Ilustración fútbol

"El nacionalismo deportivo ha irrumpido en nuestras vidas. Los resultados siguientes dirán si tiene larga vida" (Ilustración: Giovanni Tazza).

Nunca como antes la sociedad peruana vivió nerviosa e intensamente los partidos finales de la clasificación a la Copa Mundial de Fútbol. Sin duda han sido momentos excepcionales, diferentes en nuestra historia reciente, más orientada a los conflictos y a lo que nos separa. Quizá por ello, el uso entusiasta de las camisetas de la selección y otros símbolos patrios por personas de toda condición económica y sociocultural nos sorprendió a todos. Pero también nos invita a soñar si, por fin, el Perú está en camino de consolidarse como una identidad nacional que incluya a todos. A pocos años del bicentenario, esta es una hipótesis fascinante a explorar.

En efecto, la blanquirroja se vistió con orgullo y esperanza no solo en lugares públicos, sino también en espacios más formales como oficinas y centros de trabajo. Particularmente conmovedora ha sido la pasión mostrada por niños y jóvenes de ambos sexos en colegios y centros de enseñanza. Incluso el consejo universitario de una de las mejores universidades del país sesionó pocas horas antes del partido con Colombia vistiendo la camiseta oficial de la selección, mostrando que nadie podía escapar de la pasión futbolera.

Todo esto sugiere que hay una veta para la construcción de la nacionalidad a través del deporte que, en el Perú, no se ha prestado atención recientemente. Por el contrario, ha habido un enorme descuido quizá con la idea de que los deportes no son importantes. Durante el primer gobierno de Alan García, por ejemplo, la enseñanza de la Educación Física y la práctica de los deportes fueron muy debilitadas en las escuelas públicas.

No obstante, el mandato deportivo detrás de las manifestaciones últimas es claro. Ya no queremos más triunfos morales, no nos consuela más el estribillo “jugamos como nunca, perdimos como siempre”. Ya no queremos títulos que inventamos nos robó el mismísimo Hitler en las Olimpiadas de 1936. Clasificar ahora después de 35 años es progresar, como dice la canción, yo creo en ti, Perú.

En el mundo globalizado de nuestros días, la Copa del Mundo es uno de los espacios geopolíticos donde los países obtienen reconocimiento y prestigio. Por ello, este tipo de torneos genera condiciones para la emergencia de sentimientos patrióticos que cohesionan y crean vínculos afectivos de pertenencia a una misma comunidad política. Una suerte de nacionalismo deportivo que es cívico en la medida en que incluye a todos quienes se identifican con la selección nacional y que es opuesto al nacionalismo étnico que apela exclusivamente a los miembros de un mismo grupo cultural.

Sin embargo, este nacionalismo también tiene un fuerte componente mercantil que se expresa a través de la compra y consumo de productos que portan símbolos patrios. No hay que olvidar que el fútbol es una industria global que se capitaliza con las emociones de los hinchas. El nacionalismo deportivo, precisamente, incentiva el consumo de elementos patrióticos que dejan réditos económicos. El señor Diógenes Alva, dirigente del emporio comercial de Gamarra, declaró que solo en las últimas semanas se han vendido casi un millón de polos y camisetas de la selección peruana. Con vistas a los siguientes partidos con Nueva Zelanda y eventualmente con nuestra presencia en el Mundial, las expectativas son grandes en varios sectores de la economía.

Pero no debemos confundir. El nacionalismo deportivo, si bien alienta la identidad nacional y es bueno para la economía, no oculta las diferencias, las limitaciones y los conflictos que nos enfrentan como peruanos. Tampoco nos convierte en ciudadanos ejemplares. En nombre de la patria se expresa sin tapujos lo peor de nosotros. En el frente externo: discursos chauvinistas, de intolerancia, resentimiento y agresividad (especialmente contra Chile, país con el que ya no tenemos temas limítrofes pendientes luego de La Haya), así como narrativas autoritarias que circulan en las redes y algunas radios.

El frente interno no es un lecho de rosas. Hay distintas maneras de vivir la patria, como el informal que se pone la camiseta y canta “Perú campeón” pero no paga impuestos. U otros que reclaman airadamente por la forma en que el equipo peruano logró su paso al repechaje. Dicen sentir vergüenza y decepción por los tres minutos finales donde el cálculo racional de jugar al empate se impuso. A esto lo llaman el conformismo y los amarres de siempre. Hubiesen preferido que la selección nacional se lanzara heroicamente al ataque en busca de la victoria final hasta el último segundo. Probablemente estos compatriotas ignoran que una de las máximas del código futbolero dice: “Si no puedes ganar un partido en los noventa, no lo pierdas en los segundos finales”. Una máxima que resume experiencia y muchas horas de trajinar en los campos de juego.

En suma, el nacionalismo deportivo ha irrumpido en nuestras vidas. Los resultados siguientes dirán si tiene larga vida.

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