Que nadie se engañe, por Fernando de Szyszlo
Que nadie se engañe, por Fernando de Szyszlo
Fernando De Szyszlo

Que nadie se engañe. El resultado de las elecciones en las que participaremos el 5 de junio afectará definitivamente el futuro de nuestro país. El solo hecho de entregar la jefatura del gobierno a un partido que ya tiene mayoría absoluta en el Congreso sería un acto tan ciego y tan irresponsable como un suicidio colectivo. 

Podemos imaginar qué clase de justicia tendríamos si el Poder Judicial estuviera controlado como resultado de acuerdos entre el Ejecutivo y el Congreso. Volveríamos exactamente a donde estábamos bajo la dictadura de Alberto Fujimori, quien purga precisamente por lo que hizo, mientras fue gobernante de este país, una condena a 25 años de cárcel. Tendríamos otra vez asesinos indultados, jueces, congresistas y periodistas comprados. Otra vez los opositores serían vilipendiados, difamados y calumniados por parte de la prensa controlada y dedicada a ello. La prensa seria y responsable hostilizada, presionada y permanentemente amenazada.

Entregar la Presidencia de la República a la candidata que ya tiene la mayoría absoluta asegurada en el Congreso sería un acto insensato aun en el caso de que se tratara de una persona con unas referencias y una hoja de vida irreprochables. Pero hacerlo con una persona sin ninguna experiencia, que nunca ha trabajado en otra cosa que no sea halagar incesantemente, mes tras mes, año tras año, a posibles votantes de áreas marginales con pequeños regalos para comprometer su gratitud, no justifica en modo alguno el entregarle un poder absoluto.

Pero hablemos de los antecedentes de conducta, de los programas de gobierno de la candidata que ya cuenta con una mayoría intocable en el Congreso. 

La señora Keiko Fujimori se fue a estudiar a Estados Unidos en 1992. Hasta el día de hoy se discute cuál es la verdadera versión, de las varias que ella misma da, sobre quién pagó sus estudios (sin olvidar la versión que dio el señor Vladimiro Montesinos, de que él le había entregado el dinero para sus gastos). 

En 1994, Fujimori expulsó de su lado a su mujer porque ella declaró que se habían producido malos manejos con donaciones recibidas de Japón. Después de eso, circularon muchos rumores sobre lo que había sucedido con ella. Las versiones solamente difieren en los grados de los castigos a los que fue sometida.

El siguiente paso fue nombrar primera dama a su hija Keiko, de 19 años. Cargo que ejerció hasta el año 2000, en que Fujimori renunció por intermedio de un fax, renuncia que no fue aceptada por el Congreso, que, en cambio, lo destituyó por “incapacidad moral”. 

En el 2006, Fujimori se casa con Satomi Kataoka y postula al Congreso japonés, usando su doble nacionalidad, pero con resultados adversos. A pesar de que Satomi declara que “hierve de furia” por el fallo de la corte peruana, ella se desinteresa y devuelve a su esposo al clan Fujimori. El especialista en política latinoamericana de la Facultad de Letras de la Universidad de Tokio Kazuo Ogushi calificó la candidatura del ex mandatario Fujimori al Congreso japonés de “jocosa” y la consideró una “patraña para evadir a la justicia”.

De esta manera, las elecciones del 5 de junio plantean la opción entre una candidatura que no tiene otro título, otro sustento real que el vínculo familiar, en una especie de reivindicación dinástica y una propuesta por un régimen democrático económica y socialmente funcional.

El programa de la señora Fujimori está contenido en un folleto de setenta páginas con objetivos ampulosos, sin explicaciones de cómo se lograrían, ni prioridades claras. Evidentemente, se trata de un trabajo de campo que rescata prácticas populistas o mercantilistas buscando un impacto demagógico que, sin duda, aprendió del régimen de su padre. 

En contraste, el programa de Pedro Pablo Kuczynski es el resultado de un sustantivo y ponderado esfuerzo de especialistas para el relanzamiento de la economía, la desburocratización y una campaña sistemática contra la corrupción.

La democracia que inauguraría Kuczynski sería severa, práctica y eficaz y nos permitiría retomar el ritmo de crecimiento que conocimos hace unos años. 

En esta crucial elección tenemos una alternativa dramática: apostar por un estadista y un equipo o por una joven inexperta con un legado político y familiar muy oscuro y una táctica electoral obviamente oportunista. 

Hay que tener en cuenta antes de emitir ese voto tan importante, tan definitivo, que en una entrevista en noviembre del 2014 Kenji Fujimori dijo que le ha costado tanto superar la prisión de su padre que había necesitado recurrir a especialistas y confesó que piensa tentar la Presidencia de la República. Que lo hará luego de que su hermana logre dicho cargo. Hace unos días confirmó que si Keiko no gana la presidencia, él será candidato en el 2021. Nos proponen una dinastía Fujimori en todo el rigor de la palabra.