El odio y la democracia, por Carlos de la Puente
El odio y la democracia, por Carlos de la Puente
Carlos de la Puente

Viendo en la televisión norteamericana los programas políticos, no quedan dudas de que una atmósfera de violencia domina actualmente las elecciones presidenciales de ese país. Aunque en todas las campañas políticas en democracia siempre hay un ánimo beligerante, en esta campaña en particular –la que enfrenta a Hillary Clinton con Donald Trump– pareciera que el rencor ha contaminado todas las discusiones.

Así, los dos más importantes motivos de rabia en la actual coyuntura política estadounidense tienen que ver con tensiones raciales. Por un lado, la población afroamericana siente que la conducta discriminatoria y abusiva de la policía con ellos está llegando a un límite intolerable. Por el otro lado, parte de la población blanca, particularmente obreros de industrias alicaídas o acosadas por competencia extranjera, sienten que los inmigrantes y los acuerdos comerciales con otros países pueden acabar con su estilo de vida. 

Ambos sentimientos parecen haber estado desde hace algún tiempo “allí”, pero algo los ha exacerbado. Ambos sentimientos, también, parecen estar además basados en demandas atendibles. El número de incidentes en los que personas afronorteamericanas son brutalmente tratadas por las fuerzas del orden demuestra que en muchos lugares de Estados Unidos la policía asocia prejuiciosamente a los negros –palabra que no es políticamente incorrecta en el Perú– con los criminales. 

En el otro extremo, el temor de los obreros blancos tiene algo de verdad en sus premisas: que sus trabajos son hoy menos seguros. Aunque son falsas sus conclusiones: que son los migrantes los culpables de esta inseguridad. El cineasta Michael Moore, que es un hombre de izquierda, coincide en que el temor de los trabajadores blancos tiene asidero.

¿Qué ha pasado entonces? ¿Por qué el agravio de algunos grupos, que no es nuevo, ha llegado hoy a niveles tan tóxicos? Muchos creen que la pronunciada desigualdad económica en Estados Unidos es la que gatilla estos odios. La economía sigue siendo muy popular en las explicaciones sobre los fenómenos sociales. 

Pero otro de los factores para la tensión racial que existe en el país norteamericano es precisamente la campaña presidencial del candidato republicano Donald Trump. El discurso de este político neofascista, surgido del mundo de los negocios y de los ‘reality shows’, es una prueba de que las pasiones colectivas no siempre son la suma de las pasiones individuales. 

La mortificación existe en el corazón de mucha gente, pero Trump la está elevando exponencialmente y lo está haciendo usando la táctica de otros demagogos famosos del siglo XX. ¿Cómo? Haciéndole creer a la gente que sus frustraciones son culpa de esos “otros”: los inmigrantes, los mexicanos, los chinos, etc.

La tensión racial que existe en la actual campaña presidencial de Estados Unidos es una dura prueba para una democracia que es para muchos –y a pesar de sus múltiples imperfecciones– el modelo de una democracia liberal. La prueba consistirá en transformar estos sentimientos de frustración en argumentos, la cólera en discurso, el agravio en propuestas para un programa de gobierno. 

Eso es justamente lo que políticos como Trump no quieren que pase. Pero eso es lo que, hasta ahora, en sus más de dos siglos de existencia, ha hecho de manera más que aceptable la democracia estadounidense.