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El país de los soldados caminantes, por Carlos E. Freyre

Cuando el Ejército Peruano enfrenta las distancias a pie

Carlos Enrique Freyre Escritor y teniente coronel del Ejército del Perú

El país de los soldados caminantes, por Carlos E. Freyre

El país de los soldados caminantes, por Carlos E. Freyre

Desde su puesto tropical en La Pedrera, el general colombiano Isaías Gamboa observó la aproximación de una pequeña embarcación surcando las aguas del río Caquetá, con una bandera peruana y otra de color blanco, como señal para solicitar parlamento. Era el 10 de julio de 1911. Del bote descendió el subteniente Alberto Bergerie con un mensaje del comandante Óscar Raymundo Benavides, quien lo conminaba a abandonar la posición, asentada en territorio peruano. 

-El comandante Benavides se compromete a brindar las garantías y facilidades necesarias para su traslado a la margen opuesta del río, le dijo Bergerie.

El oficial colombiano se negó, aduciendo que necesitaba una orden de su gobierno, pero en realidad, ganaba tiempo para que otro contingente cercano lo reforzara. Aprovechando la barrera natural del río y las piedras –que formaban una cashuera difícil de sortear– se atrincheró y esperó el ataque, que se inició ese día y terminó el 12 por la tarde, después de un duro desembarco en que los navíos estuvieron a poco de colapsar, acompañados por la marcha “Uchumayo” como arenga a los soldados que combatían a bayoneta. 

Benavides estaba al mando del BIM N° 9, que había marchado durante 45 días desde la costa hasta el confín de La Pedrera, en ese tiempo perteneciente al Perú. Estaba dispuesto a todo. Había salido de Chiclayo y hasta Chilete empleó barco y ferrocarril. Allí inició la marcha a pie hasta Cajamarca en ocho días de trayecto por un escabroso camino de herradura que culminaba en Moyobamba.

A partir de Moyobamba no existía siquiera una trocha, por lo que hubo necesidad de abrirse paso a machete. Las acémilas con las ametralladoras fueron abandonadas para usar “cargueros”, indígenas provistos de una pretina en la frente, que a brazo llevaban pertrechos. 

Al final de cada etapa se descansaba uno o dos días. Benavides encomendaba a sus oficiales levantamientos topográficos, estudios estadísticos y de las condiciones de la ruta. Al llegar a Balsapuerto, prosiguió por el río Paranapura hasta Yurimaguas y posteriormente a Iquitos en lanchas, después de un recorrido total de 500 leguas, o sea, unos 2.400 kilómetros. 

Solo había perdido un hombre en todo el trayecto, ahogado en el río Huallaga. El recorrido continuó desde Iquitos hasta La Pedrera por los ríos Amazonas y Caquetá; casi 800 kilómetros más. La expedición partió el 28 de junio de 1911 y llegó en secreto a la guarnición donde combatió exitosamente.

Sin embargo, la gran marcha de Benavides y sus hombres no es un caso aislado en nuestra historia. Basta recordar que después de la batalla de Tarapacá, las fuerzas peruanas que abandonaron el poblado tuvieron que andar 316 kilómetros durante 20 días para alcanzar Arica por un desierto sin esperanza. Leoncio Prado fue otro de esos caminantes sin tregua. De adolescente se perdió en la selva de Pachitea y durante su participación en la independencia de Cuba atravesó caminando toda Centroamérica, obligado por los manglares, las penurias y sus perseguidores españoles, entre el cabo Gracia de Dios y puerto de Corinto, a casi 600 kilómetros. En Cuba lo convirtieron en coronel de su ejército.

A pesar de la existencia de muchos medios de transporte, en la actualidad nuestros soldados no están exentos de hacer largas jornadas a pie. El país no deja de ser inhóspito. Durante los años más recios del terrorismo, patrullas salían de la selva y aparecían en la sierra o peleaban en pleno río. Actualmente en el Vraem, las marchas duran muchos días, con golpes de lluvias y alimañas, por desfiladeros intrincados y trochas minadas. Da gracia saber que una piedra en el camino puede ser una buena almohada. Somos un país con una tradición de hombres fuertes, que derrotan las distancias a pie.  

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