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Mucho pan que rebanar, por Ramón Mujica

No podemos asumir que si Santa Rosa viviera en nuestros días, se comportaría del mismo modo como lo hizo en el siglo XVII.

Ramón Mujica Historiador del arte

Mucho pan que rebanar, por Ramón Mujica

Mucho pan que rebanar, por Ramón Mujica

El Diccionario de la Real Academia de la Historia define la voz “anacrónico” como aquello “que no es propio de la época de la que se trata”. Esta definición resulta útil para entender el esfuerzo inútil que representa interpretar el pensamiento y comportamiento de una mujer limeña del siglo XVII –pienso en Santa Rosa de Lima– con las categorías mentales de los siglos XIX y XX. Algunos psicoanalistas se despachan sobre ella a sus anchas: que para su propia madre, Rosa era anormal, que sus impulsos de autoflagelación reflejaban “disturbios emocionales” y “trastornos mentales”, que Rosa tenía una “personalidad limítrofe” causada por represiones de diversa índole y que ella padecía de “anorexia nerviosa”. Insisten una y otra vez que en la “mente de los no creyentes” Rosa solo puede ser concebida como una “loca” o “esquizofrénica”. El pequeño detalle es que lo que para los psicólogos es una forma de “locura”, para la Lima virreinal, el comportamiento de Rosa era el más “cuerdo” y admirado de todos, acorde con el orden social y religioso. Las mismas “mortificaciones de la carne” y ayunos maratónicos que hoy causan escándalo, en su momento eran parte medular de un camino de santidad y que garantizaban la salvación del alma inmortal. Esa era la doctrina. 

En todo caso, según los Tesoros Verdaderos de Yndias (1681-1682), obra escrita por fray Juan Meléndez, el culto limeño a Santa Rosa fue tan generalizado que cuando ella murió, se agotaron todos los cilicios que estaban en venta en Lima. Hombres y mujeres la emularon por meses practicando las “virtudes cristianas” en grado heroico. Después de todo, los cilicios de Santa Rosa reflejaban sus lecturas piadosas y los modelos de comprobada santidad que ella imitaba. Su corona de espinas remedaba la utilizada por Santa Catalina de Siena. Su cadena al cinto imitaba la de San Enrique Susón, uno de los grandes místicos alemanes del siglo XIV. Su cama de ásperos maderos con una piedra por almohada evocaba el faquirismo de San Francisco de Asís, santo patrono de los ecólogos contemporáneos que han rescatado su mirada contemplativa y gozosa del mundo natural. Los ayunos de Rosa seguían las recomendaciones de Gregorio López, el primer anacoreta de Indias muerto en Nueva España. La ermita donde Rosa oraba en el huerto de su casa imitaba el modelo de aislamiento y oración practicado por los Padres del Desierto en los primeros siglos de la era cristiana. Y por si fuera poco, todas estas mortificaciones no salían de los “impulsos” o “disturbios emocionales” de Rosa. Estos eran regulados y autorizados por sus propios confesores pues formaban parte de una “tecnología espiritual” encaminada a la “mortificación” o aniquilamiento radical del ego. 

No podemos asumir que si Santa Rosa viviera en nuestros días, ella se comportaría del mismo modo como lo hizo en el siglo XVII. Tampoco podemos, sin caer en serios anacronismos, interpretar su piedad medieval con categorías psicoanalíticas modernas. Los psicólogos que intentan “derribar” a la santa limeña argumentan que ellos llevan la ventaja crítica pues parten de la “mente desapegada de los no creyentes”. Pero al decir esto no se dan cuenta de que, al final del día, su “ateísmo militante” y sus falsas deducciones cientificistas lejos de proporcionarles mayor “objetividad” los inserta en un “marco teórico” que dice mucho más de sus propias premisas teóricas, ideológicas y filosóficas modernas que del lejano personaje histórico que pretenden interrogar. Además, siguen un método interpretativo de lectura trasnochado. En 1927 Freud propuso una suerte de “psicología de las creencias” en su obra Futuro de una ilusión. Sin ingresar o analizar los contenidos mismos de las religiones, Freud las psicoanalizó como si se trataran de “pacientes”. Para él, estos “sistemas de pensamiento” nacían de las ansiedades, inseguridades, terrores y complejos inconscientes de la niñez de la humanidad que afloraban en su adultez en la forma de ilusiones vanas o infantiles; una mirada “materialista” de la historia compartida por Ludwig Feuerbach, Friedrich Nietzsche, Karl Marx y Friedrich Engels, entre otros. 

Es un hecho poco conocido que mientras el estudio del “subconsciente” aparece en la tardía Europa Occidental del siglo XIX, esta dimensión oculta de la mente ya era conocida en la India en tiempos anteriores a Jesucristo. Es por ello que, según el gran orientalista Ananda K. Coomaraswamy, antiguo curador del Boston Museum of Fine Arts, por cada vocablo psicoanalítico moderno en el idioma inglés, existían cuatro términos distintos en griego y cuarenta en sánscrito. Una carta escrita por Santa Rosa y enviada a uno de sus confesores tipifica la visión transcendente del alma, hoy perdida. Ella le dibuja una Escala espiritual con corazones transverberados que simbolizan el itinerario de su camino de perfección espiritual. El diagrama tiene nada menos que quince peldaños o niveles de conciencia interior. Dadas las premisas filosóficas de la “mente del no creyente”, me temo que esta Escala espiritual no podrá ser “mapeada” por la psicología moderna ni experimentada por sus mentores o pacientes dado que se trata de una dimensión o territorio del conocimiento humano que sencillamente ha quedado excluido de su “marco teórico” de interés.

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