El Perú no es Colombia, por Alonso Gurmendi
El Perú no es Colombia, por Alonso Gurmendi
Alonso Gurmendi Dunkelberg

El Sí en Colombia no ganó el plebiscito pero, al menos a este lado del Putumayo, la idea de un acuerdo de paz ha ganado más de un adepto. Inspirados por la experiencia colombiana, ciertos políticos y periodistas peruanos han experimentado una repentina epifanía: que el Perú debió haber hecho con Sendero lo que Colombia intentó hacer con las FARC. Esta propuesta, que no tiene precedentes en nuestra historia, es inaceptable y, francamente, desinformada. 

A diferencia de las FARC, que hoy son poco más que mercenarios sin ideología, Sendero Luminoso tenía (y sigue teniendo) una ideología macabramente clara: generar una “revolución cultural” que instale un régimen en donde todos los peruanos vivan de la agricultura de subsistencia y se sometan a la voluntad de un “partido” que sancione cualquier oposición con la muerte. ¿Qué negociación se puede hacer con semejantes propuestas?

Tácticamente, además, negociar con Sendero hubiera sido imposible. En Colombia, el Estado está en condiciones de negociar porque, luego de un largo proceso de lentas décadas, el conflicto está militarmente estancado con las FARC constantemente al borde de la derrota, pero nunca completamente derrotadas. El mero hastío de la población permite entonces un acercamiento para poner la realidad sobre el papel. Colombia básicamente está comprando una paz que de todas formas llegaría por medios militares, solo que demasiado lento para su gusto. 

La derrota de Sendero, en contraste, fue bastante repentina. El cambio de estrategia de las FF.AA. para colaborar con las rondas campesinas de 1989 y la equívoca creencia senderista de haber alcanzado el “equilibrio estratégico” en 1990 confluyeron para que Sendero pase a la defensiva rápidamente. La captura de Abimael Guzmán, apenas dos años después, fue el golpe de gracia. Sendero estaría en rápido retroceso por el resto de la década hasta pasar a la irrelevancia táctica a partir de mediados de los 90. Negociar con Sendero nunca fue necesario. La solución militar siempre fue una mejor alternativa.    

Es por estos motivos que el único momento en el que siquiera se habló de negociar fue luego de la captura de Guzmán, más con el propósito de dividir a los senderistas que quedaban libres, que de lograr una paz verdadera. Así, pues, las “negociaciones” se detuvieron inmediata y estratégicamente después de que Guzmán declarase públicamente el fracaso de su “lucha armada” y la necesidad de un “acuerdo de paz”. 

Desde entonces, el pensamiento Gonzalo ha terminado por incorporar la narrativa de un acuerdo de paz como parte de su ideología terrorista. En 1993, ya desde prisión, Guzmán difunde un documento titulado “Asumir y combatir por la nueva gran decisión y definición”. En él, el líder senderista explica que si bien la “guerra popular” fracasó con su captura, fue solo porque el mundo vivía un “gozne entre la culminación de una etapa de la revolución proletaria mundial y la futura gran ola de la revolución proletaria mundial”. 

Así, para el Sendero de hoy, el “acuerdo de paz” terminó convirtiéndose en una estrategia para poder amnistiar a sus líderes y reorganizar su “partido” hasta que puedan volver a generar las condiciones para la “lucha armada”. El mismo documento así lo admite. Los senderistas de hoy deben “cambiar el lenguaje” y “diferenciar el blanco principal de ataque, hoy, en esta coyuntura”. Guzmán concluye que “[e]l viejo topo, como nos enseñara Marx, no desaparece, sigue hozando”. Es por esto que incluso hoy sería inaceptable permitir que Sendero participe en nuestra democracia. 
El Perú no es Colombia, y Sendero no es las FARC. Dejemos de pretender que lo son.