Peruanos sentenciados a morir, por Sonia Goldenberg
Peruanos sentenciados a morir, por Sonia Goldenberg

Como sabemos, Kim y un pequeño equipo de médicos, enfermeras y promotoras de salud salvaron a muchos compatriotas que habían sido sentenciados por el Estado Peruano y la a morir de una enfermedad curable cuyo tratamiento era negado para países pobres. Este proyecto pionero y exitoso cambió la política mundial de combate a la tuberculosis resistente.

Pues bien, ¿cuál es la realidad de la hoy en el Perú?

Desde los años noventa, pese a esta proeza médica, al crecimiento sostenido de nuestra economía y a que contamos con los recursos necesarios para enfrentar la epidemia, el Perú  registra año tras año las mismas elevadas tasas de TB simple, TB MDR y la mortífera XDR.

Así, somos ejemplo de crecimiento en América Latina, pero seguimos siendo el segundo país en incidencia de tuberculosis –solo superados por Haití– y mantenemos las peores tasas de TB resistente del continente.

El horizonte podría ser más oscuro al finalizar este gobierno. Pese a los reiterados pedidos de la Defensoría del Pueblo, no se transparentan las cifras de tuberculosis, que antes eran públicas y permanentemente actualizadas en la web del Ministerio de Salud (Minsa). Esto impide el monitoreo estricto imprescindible para controlar y combatir una epidemia que se disemina por el aire y representa una peligrosa amenaza a la salud pública.

La Estrategia Sanitaria Nacional de Prevención y Control de la Tuberculosis sigue ignorando las recomendaciones de la defensoría para enmendar graves deficiencias en el combate a la TB: búsqueda de infectados, oportuno abastecimiento de medicamentos, adecuada ventilación e infraestructura para prevenir contagio en establecimientos de salud, entrega de canastas alimentarias a los pacientes más vulnerables y ejecución de una campaña de información masiva para prevenir el contagio.

Dos ejemplos grafican la gravedad de la situación.

Durante más de un año, por meras razones burocráticas, el Instituto Nacional de Salud no ha realizado las pruebas de sensibilidad para detectar XDR. Adicionalmente, muchos pacientes detectados, que requieren hospitalización inmediata y urgente aislamiento, tienen que esperar varios meses para ser atendidos. La OMS sostiene que cada enfermo no tratado puede infectar a diez o veinte personas por año. 

Otra situación alarmante: debido a las condiciones infrahumanas de explotación y a la trata de niñas y adolescentes, ocasionadas por la minería informal, Madre de Dios tiene tasas de VIH diez veces más elevadas que el promedio nacional y una descontrolada alza de tuberculosis –una combinación letal–. Todo esto ante la inacción absoluta de las autoridades regionales y nacionales de salud. 

Combatir esta epidemia requiere un liderazgo al más alto nivel. Ningún gobierno la tuvo. Ollanta Humala se refirió a la tuberculosis en su campaña y Nadine Heredia, su esposa, enarboló esa bandera el primer año de gobierno. Sin embargo, ya no es un tema que esté en sus agendas.

Es natural querer exhibir la cara más bonita y vestirnos con la ropa más elegante para ingresar al club de países del Primer Mundo al que aspiramos pertenecer. Pero en ese mundo cada vida cuenta. Sentenciar a peruanos a sufrir y morir por indiferencia nos impide alcanzar nuestros grandes sueños y objetivos nacionales.

¿Es posible ser campeón mundial de gastronomía con tasas endémicas de TB? ¿Acaso podemos tener una fuerza laboral competitiva con trabajadores y estudiantes infectados por este mal que ataca con mayor virulencia a adultos jóvenes? ¿Es posible ser una potencia mediana del Pacífico con este vergonzoso lastre?

El próximo año seremos anfitriones de la Cumbre APEC y elegiremos al gobierno que conducirá los destinos del país hacia el bicentenario de nuestra independencia. Aspiremos a que en el bicentenario podamos cantar el himno a todo pulmón.