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La política desnuda, por Alfredo Bullard

El arte tiene más capacidad de explicar los dobleces del uso del poder que la propia ciencia política.

La política desnuda, por Alfredo Bullard

La política desnuda, por Alfredo Bullard

Georges Braque, uno de los creadores del Cubismo junto con Pablo Picasso, decía que “mientras la ciencia tranquiliza, el arte perturba”. Las ciencias invocan la seguridad de la razón y el intelecto, las artes invocan la ambigüedad de la emoción y al sentimiento.
Solemos pensar en la ciencia y en el arte (y la razón y las emociones) como residentes de las antípodas. La primera persigue la realidad, la segunda la ficción. Oscar Wilde decía que “ningún artista ve las cosas como son en la realidad; si lo hiciera dejaría de ser artista”.

Pero, ¿es eso cierto? ¿Es el arte una forma de escapar a la realidad?
Hace 18 meses se publicó “El derecho va al cine” (editado por Cecilia O’Neill) que comenté en esta misma columna (“El espejo pintado”, 15 de junio de 2013). El libro desafía la premisa de que el arte te aleja de la realidad. Los trabajos en él contenidos usaban el cine como una forma de explicar a los abogados y la ciencia jurídica. 

Pero el Perú es un país de sorpresas. Cuando uno imagina que lo original es un accidente, llegaron a mis manos, en el lapso de las dos últimas semanas, dos libros que, irreverentemente, parecen desafiar la dicotomía entre el conocimiento científico y el arte.
Hace dos semanas me llegó el libro “La política va al cine” publicado por la Universidad del Pacífico y editado por Manuel Alcántara y Santiago Mariani. Y esta misma semana recibí el libro “Las elecciones en el cine. Un estudio interdisciplinario del séptimo arte y el derecho electoral” publicado  por el Fondo Editorial del Jurado Nacional de Elecciones, y que tiene como compiladores a Michell Samaniego y Eddy Chávez.

En las páginas de estos dos libros el cine visita la política y lo político usando inteligentes comentarios sobre géneros cinematográficos, directores o películas tan diversas como “Batman”, “Pandillas de Nueva York”, “Star Wars”, “Milk” o la peruana “Contracorriente”, entre otras. Incluso uno encuentra un artículo del propio presidente del Jurado Nacional de Elecciones, Francisco Távara, sobre ética jurídica y elecciones.

Es difícil encontrar una línea común en la visión que las películas tienen de la política. Pero no parece estar muy lejos de la percepción popular. Los políticos son mentirosos, corruptos y tiranos. La intriga parece una constante. Camus decía: “Si el mundo fuera claro, el arte no existiría”. Y es verdad. El arte tiene más capacidad de explicar los dobleces del uso del poder que la propia ciencia política. Finalmente, “todo buen arte es una indiscreción”, como decía Tennessee Williams. Y la indiscreción nos acerca a la verdad.

El arte es una gran mentira que nos acerca a la verdad. Las licencias y exageraciones de la ficción son implacables con los defectos y convierten las virtudes en heroísmo. Paradójicamente, las películas suelen ser más creíbles que un noticiero, y al serlas nos ayudan a entender mejor nuestros problemas. El arte se vuelve menos mentiroso que la realidad porque el director cuenta la historia sin tapujos. En el cine la política aparece desnuda.

Winston Churchill decía: “El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”. Esa es la gran moraleja que el cine le regala a la política. Es gobernar bien, y no ser elegido, lo relevante.
En tiempos electorales como los que se avecinan, las ficciones de las películas se vuelven realidad tangible. Y es que cualquier parecido con la realidad ya no es mera coincidencia. La esencia de lo que ocurre está allí, tal cual, en el cine. La diferencia es que en el cine la política peruana sería una comedia. En la realidad la política peruana es una tragedia.

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