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Política y ética: la ética por delante, por José Ignacio Beteta

“Las acciones de Castillo y las de diversos congresistas naranjas no tienen nada que ver con política”.

José Ignacio Beteta Director de Contribuyentes por Respeto

La ética y la política.

(Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).

“Es poco ético, finalmente, involucrarse con aires de valentía cuando ya estamos en medio de un literal estado de emergencia”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).

Ilustración: Víctor Aguilar Rúa.

Ahora que Groucho Marx se pone de moda, recuerdo una frase suya con la que nunca estuve de acuerdo pero siempre constaté en la realidad: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Y la coyuntura de inestabilidad política en la que nos encontramos debido a la ya inconstitucional huelga de profesores del sector público, la trajo de nuevo a mi mente.

Y es que no hace falta juzgar las estrategias asumidas por los actores involucrados en esta crisis para intuir que en el fondo, pero no tan en el fondo, lo que contemplamos no es un problema político sino ético. Y desde ese punto de vista también debería ser analizado.

Veamos a Pedro Castillo, principal agitador de este conflicto y elegido por el Conare (Comité de Reorientación y Reconstrucción del Sutep). La ministra Martens afirmó que desde sus primeras conversaciones con este líder, lo primero que buscaba era legitimidad sindical. Legitimidad que ahora sabemos bien significaba mucho: nada menos que derrocar a Patria Roja después de 40 años de hegemonía en el único sindicato de profesores reconocido por el Estado. ¿Y los maestros? ¿Y los alumnos? Ellos no eran la prioridad. Sus intereses políticos e ideológicos, nada altruistas por cierto, fueron más evidentes cuando negociados todos los puntos y listos los profesores para regresar a sus aulas, se dio el lujo de boicotear la negociación.

Veamos a no pocos congresistas de Fuerza Popular. Si pagamos sus sueldos para repetir cien veces que el Ejecutivo es débil, que no tiene rumbo y no sabe gestionar conflictos sociales, ya lo hicieron más de cien. Paren. Frente a una evidente movilización violenta de parte de sectores con una agenda contraria al sistema democrático, no vale repetir el plato para engordar sus arcas de poder. El argumento ya fue exprimido al máximo. Y la población se da cuenta. Eso no solo es irresponsable, es poco ético. Es poco ético llamar por teléfono a los huelguistas a nuestras espaldas. Es poco ético salir a petardear a la ministra o al Gobierno una vez más, cuando ese ya no es el centro del problema sino los 2 millones de niños que pierden el año y el claro interés político de unos cuantos líderes extremistas. Es poco ético, finalmente, involucrarse con aires de valentía cuando ya estamos en medio de un literal estado de emergencia.

Las acciones de Castillo y las de diversos congresistas naranjas no tienen nada que ver con política, ni deben seguir siendo analizadas desde una perspectiva erudita de “juegos de poder”. Estas acciones son irresponsables, y están desligadas de la ética más universal y básica que podríamos exigirle a cualquier ciudadano y más aun a nuestros líderes. ¿Todos hemos sido irresponsables? Sí. Alguna vez. Pero la irresponsabilidad de quien representa desde el Congreso a 32 millones de peruanos, o la de quien dice representar a cientos de miles de docentes es mucho más grave por el tamaño de la realidad que asumen. No basta tener una curtida o sagaz inteligencia política para asumir un liderazgo así. Se necesitan –por lo menos– dos principios éticos fundamentales: responsabilidad y respeto.

Con su irónica y desvergonzada actitud, seguro Groucho Marx volvió a bromear después de lanzar su dramática sentencia. Nosotros no tenemos tiempo para seguir materializándola. Aunque los responsables de los falsos diagnósticos y los remedios equivocados son muchos y se aglutinan a lo largo de varios gobiernos, las decisiones que tomarán los actuales actores involucrados deberían pasar desde ahora no solo por un filtro de cálculo político, sino por uno ético, que considere qué consecuencias tendrán en nuestro sistema democrático y principalmente en el futuro de aquellos niños a los que absurdamente hoy, en el presente, ya les robamos un año escolar.

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