"Lo que hemos visto hasta hoy es una ola creciente de contenido violento, que no solamente ridiculiza y ofende a las personas indígenas". Ilustración: Víctor Aguilar.
"Lo que hemos visto hasta hoy es una ola creciente de contenido violento, que no solamente ridiculiza y ofende a las personas indígenas". Ilustración: Víctor Aguilar.
Ana Lucía Mosquera Rosado

Comunicadora, investigadora y activista

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Hace algunas semanas había advertido acerca de algunos comentarios, publicaciones y contenidos que reproducen el de manera evidente en el marco de las . Desafortunadamente, los hechos de las últimas semanas y el creciente avance de en la segunda vuelta no hicieron sino potenciar estos discursos generando una serie de mensajes reprochables que promueven e incitan la violencia de una manera impresionante.

Lo que hemos visto hasta hoy es una ola creciente de contenido violento, que no solamente ridiculiza y ofende a las personas indígenas, sino algo mucho peor: mensajes donde se incita a la violencia física, y se discuten diferentes maneras para castigar a los votantes principalmente rurales y de los andes por su decisión. Se ha hablado de dejar de visitar sus ciudades, dejar de consumir lo que producen o dejar de brindarles apoyo en situaciones de vulnerabilidad, como una manera de recriminarles un “voto que atenta contra el progreso del país”.

Estos mensajes han evolucionado y ahora no solo los vemos a través de bromas, imágenes o mensajes sarcásticos, sino que además vemos cómo contribuyen a la deshumanización de las personas indígenas –principalmente andinas de zonas rurales– y a su descalificación como ciudadanos libres que ejercen su derecho a elegir desde su propia perspectiva, desde su visión y desde sus prioridades.

Estos mensajes que incitan al odio y a la violencia también han generado una ola de alerta y preocupación, colocando a estas personas como una amenaza al “orden lógico” y a la tranquilidad que se vive en las grandes ciudades. La alteridad que se genera en estas relaciones pone en evidencia la separación que existe entre Lima y las demás ciudades y justifica una lógica de superioridad basada en una visión incompleta, que nace desde el desconocimiento sobre nuestros propios compatriotas. De allí se genera el temor, y del miedo nace la violencia reproducida a través de mensajes, largos testimonios, imágenes, y acciones que han dejado claro que el racismo parece ser el primer recurso que tenemos para descalificar a alguna persona.

Esta separación entre nosotros, los demás y “los otros que no deben ser vistos” nos han llevado a un punto de no retorno y nos han causado una herida que será muy difícil de sanar. Estas grietas que solo se hacen más grandes con la violencia suscitada en los últimos días, nos fragmentan y nos facturan a puertas de celebrar doscientos años de una independencia que significó, para muchos, una ciudadanía incompleta, poco reconocida y muchas veces olvidada.

¿Es posible recuperarnos de esto? Sí, pero para sanar hay que reconocer que hay un problema latente en nuestra sociedad y que no avanzaremos como República si no logramos asumir nuestra responsabilidad y trabajar para resolverlo. Solo así empezaremos a reconciliarnos.