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Seis falacias sobre el sistema de AFP, por Enrique Castellanos

"No dejemos que personas no técnicas desmiembren el sistema solo porque es un buen balcón político hacerlo".

Enrique Castellanos Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad del Pacífico

Seis falacias sobre el sistema de AFP, por Enrique Castellanos

Seis falacias sobre el sistema de AFP, por Enrique Castellanos

Ayer fue 95,5% de libre disponibilidad, hoy es 25% para hipotecas, y mañana será para enfermedades terminales, un nuevo negocio o qué sé yo. No es difícil deducir que este ‘Túpac Amaru’ que le estamos haciendo al sistema previsional lo terminará matando. 

Desafortunadamente, las AFP son un tema que –siendo muy técnico– da bastante ráting. Es por ello que en los pasados meses, muchos legos en la materia han confundido al público con medias verdades, algunas de las más notables reproduzco a continuación.

“Las pensiones son bajas por culpa de las AFP”. Incorrecto. Las pensiones son bajas porque las tasas de interés en el mundo están en sus pisos históricos, la esperanza de vida en el Perú ha aumentado y porque nuestros sueldos históricos promedio y, por ende nuestros aportes han sido bajos. Estos tres factores, todos ajenos a las AFP, hacen que nuestras pensiones no lleguen a ser las deseadas. Las altas comisiones de las AFP contribuyen pero no son determinantes.

“El sistema de AFP limita mi libertad financiera”. Este argumento también seduce a más de uno. Es cierto que el Estado limita mis decisiones, pero, por dar un ejemplo, también lo limita cuando prohíbe el consumo de drogas. Lo hace porque las personas consumidoras generan costos que ellos no pagan pero que trasladan a la sociedad vía mayores gastos en salud pública, más accidentes de tránsito, etc. Análogamente, una sociedad sin sistema previsional trasladaría costos sociales de los jubilados a los trabajadores porque es impensable que una sociedad moderna permita que sus ancianos se mueran en la calle. Un sistema previsional obligatorio busca corregir esta distorsión. 

“Un depósito en una caja municipal es mejor alternativa que las AFP”. Otra falacia, pues la comparación no es financieramente válida, ya que estamos hablando de dos niveles de riesgo muy diferentes. Un depósito en una caja es mucho más riesgoso que tener el dinero en la AFP. Yo me puedo lanzar de un avión con un solo paracaídas y vivir para contarlo, pero nadie me negará que lo prudente es lanzarse con dos paracaídas, uno normal y uno de reserva. En este ejemplo, las AFP son los dos paracaídas.

“Retiro mi dinero de la AFP y pongo un negocio”. Los negocios sí son más rentables pero el nivel de riesgo también es mucho más alto. Incluso un negocio inmobiliario involucra riesgos importantes. Además, si su fondo es importante, lo más probable es que el jubilado siempre trabajó de empleado y nunca de empresario. ¿Volverse empresario a los 65 años? Dice el refrán que un loro viejo no aprende a hablar, pero igual, a quien lo intente le deseo mucha suerte.

“El sistema de AFP fracasó”. Puro populismo. Las AFP, con todas sus imperfecciones, son lo menos malo que ha habido en el Perú en materia previsional, simplemente porque antes no hubo casi nada. Lo que uno antes aportaba principalmente servía para financiar al gobierno de turno. En el Perú, los hijos siempre han tenido que mantener a sus padres porque las jubilaciones han sido de subsistencia.

“Las AFP son un gran negocio”. Esto sí es verdad. El retorno para los accionistas de las administradoras ha sido pingüe durante la última década. De hecho, los congresistas atacaron a las AFP por su flanco más débil: su codicia. Y de esto último sí son muy culpables. Quizá, y solo digo quizá, si las AFP hubieran bajado sus comisiones voluntariamente y aceptado menores retornos, el sistema no estaría hoy siendo desangrado.

Zapatero a sus zapatos. No dejemos que personas no técnicas desmiembren el sistema solo porque es un buen balcón político hacerlo. Cambiemos y mejoremos lo que haya. El gran riesgo es regresar al siglo XX y sus pensiones precarias o inexistentes. Una vez más, la factura de nuestra insensatez la terminarían pagando nuestros hijos y nietos. 

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