La Semana Santa en la historia del Perú, por Fernando Armas
La Semana Santa en la historia del Perú, por Fernando Armas
Fernando Armas Asin

La Semana Santa es una vivencia comunitaria e íntima que se desarrolla en el país desde la llegada de los españoles y la cristianización de las sociedades prehispánicas. En el siglo XVI, tanto las órdenes religiosas como los primeros obispos y doctrineros, en sus templos o en sus misiones, al esforzarse por enseñar a los indígenas los principios doctrinales utilizaron las representaciones sobre el sacrificio de Jesús –relatos, cánticos y procesiones– como un elemento para afirmar su incorporación a la comunidad cristiana universal. 

Establecida sólidamente la sociedad colonial, las fiestas de Semana Santa involucraron a todos los habitantes de las ciudades y del campo. Se vivía con especial devoción el tiempo previo de preparación, así como el Domingo de Ramos, que era objeto de pomposos oficios en las iglesias, llevando las familias sus ramos de olivo para la bendición de las palmas y recreándose la llegada del Señor a Jerusalén. En Lima, a fines del siglo XVII, Jesús llegaba en un borrico de madera desde la Capilla de la Santa Cruz del Baratillo –actualmente el Mercado del Baratillo, en el Rímac–, mientras en el interior del país, llegaba en un borrico vivo, provocando una gran agitación y fervor en las parroquias. A veces el animal iba acompañado por un pollino, siendo ambos alimentados y cuidados con esmero todo el año para esta tarea importante. 

Los jueves y viernes santos, en los templos o en sus exteriores, se escenificaba la vida, pasión y muerte de Jesús. Había escenificaciones curiosas, como en San Francisco de Lima donde se representaba el Paso de la Cena y, según Manuel Atanasio Fuentes, la gente se arremolinaba para ver a Judas Iscariote con la cara encendida producto de un ají colorado que se le ponía en la boca. Esa noche de Jueves Santo salían de los templos diversas procesiones, recordando el Vía Crucis, siendo los judíos representados por figurones repulsivos de madera que en el camino eran atacados y maltratados por la gente. En Viernes Santo era popular, a fines del siglo XVIII, el Sermón de las Tres Horas, composición de las Siete Palabras hecha en Lima por el jesuita Alonso de Messía un siglo atrás y que se extendió por todo el orbe católico. En diversos templos del país se producían luego escenas de la crucifixión y el descenso, con gran dolor de la feligresía, la que se quedaba luego esperando, hasta entrada la noche, la procesión del Santo Sepulcro. 

En Lima esta procesión era famosa, encargada a la noble Archicofradía de la Veracruz. Salía del templo de La Merced en un desfile de autoridades civiles y eclesiásticas y un despliegue de incienso, estandartes, casullas y diversos ornamentos. Los vecinos colocaban delante de sus casas velones de sebo dentro de latas para iluminar la ciudad hasta la diez de la noche en que la procesión pasara por sus calles, entonces las luces se apagaban en medio de la solemnidad que provocaba la procesión al abrirse paso entre el gentío. 

La vigilia de Sábado de Gloria, en muchos pueblos andinos, era acompañada de cánticos, representaciones teatrales, comida y licor. Las cofradías y hermandades se organizaban convenientemente para la larga espera. En el día, las corridas de toros –como es tradición en nuestros días–, las ferias populares y otras actividades permitían sobrellevar las horas hasta la misa nocturna y la llegada del tiempo nuevo. A la medianoche por último, en Lima, los pulperos quemaban a Judas, terminando así la Cuaresma y el principio de la alegre Pascua. En Huamanga, Cusco, Arequipa y otras ciudades las campanas al amanecer avizoraban el nuevo resplandor del cristianismo, con el Señor, triunfante, saliendo de los templos a recorrer las calles y mezclarse con una feligresía que así, anualmente, renovaba su fe y sentido de la trascendencia.

Con la llegada de la República, ni las inestabilidades políticas del siglo XIX ni la secularización de diversos espacios cotidianos desplazaron el sentido central de la Semana Santa. Están para comprobarlo los sinceros testimonios de los viajeros extranjeros que recorrieron las ciudades de Lima, Arequipa, Huamanga o Cusco, se desplazaron por los pueblos más pequeños del Perú y dejaron relatos de esa vivencia religiosa compartida por personas de todas las edades o condiciones sociales. Como entendió posteriormente el joven José Carlos Mariátegui, escribiendo sus crónicas sobre la Semana Santa y las procesiones de inicios del siglo XX, estas servían para unir a la sociedad más allá de sus diferencias. Fiestas que ayudaban a la estabilidad en una realidad social compleja. 

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