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Sopa de entrada, por Bruno Giuffra

“El SOPA debe ser pagado por el propietario de la embarcación, exactamente igual a como funciona el SOAT, pero náutico”.

Sopa de entrada, por Bruno Giuffra

Sopa de entrada, por Bruno Giuffra

Un imperativo del entorno pesquero es la búsqueda de soluciones concretas e inmediatas alrededor de la pesca artesanal, sector que recoge a más de 60.000 familias peruanas. La característica más resaltante de este sector es una excesiva informalidad, con el rostro de una cruda pobreza. Por otro lado, la carencia más nítida está a nivel de servicios básicos como salud y educación. En este cuadro se estampa, además, el pálido color que el riesgo del oficio suma, exponiendo a los pescadores diariamente a muchas horas de un impredecible mar y peligrosas faenas.

Para atacar este problema, desde Produce hemos anunciado el seguro obligatorio del pescador artesanal (SOPA) que es el primer plato de lo que pronto será un menú completo de soluciones que reduzca, en algo, las carencias y falta de oportunidades que existen entre los pescadores artesanales. 

En la dinámica de la pesca artesanal convergen varios actores: el armador (propietario de la embarcación), los pescadores y los comerciantes. Estos últimos financian la faena, facilitando recursos para la compra de combustible y víveres, asegurándose así la oportunidad de compra de lo que será pescado. Los ‘economics’ son muy sencillos: se define el precio de la pesca, se descuenta lo invertido en combustible y víveres y el saldo –normalmente– se divide entre el propietario de la embarcación (40%) y los pescadores (60%). Y calabaza, cada uno a su casa. 

En esta relación absolutamente informal no existe empleador o empleados, no hay una empresa atrás que contrate a alguien ni mucho menos que responda por algo. Solo hay un grupo humano y un pacto informal de división entre las partes. Pacto que, ciertamente, no contempla ningún tipo de consideración alrededor de un accidente, muerte o invalidez para los pescadores y, muchísimo menos, para terceros (quienes no tienen ninguna posibilidad de evaluar sus riesgos de ser víctima ni mucho menos exigir una reparación). 

Si le ocurre algo a alguien durante la faena de pesca, como un accidente, naufragio o la muerte, solo existe la voluntaria solidaridad de los espontáneos participantes de una ‘chanchita’ para intentar cubrir algunos costos asociados con la emergencia médica o con las flores para el sepelio. Nada más. 

Para cambiar esta realidad, nace el SOPA, el cual debe ser pagado por el propietario de la embarcación. Exactamente igual a como funciona el SOAT, pero náutico. 

Echando pluma, asegurar cada faena diaria (a todos los tripulantes y terceros sin límite) terminaría costando, más o menos, lo que cuesta una gaseosa. Y de esta forma, miles de pescadores estarían cubiertos ante un accidente, invalidez permanente o la muerte. 

El SOPA, además, servirá como un incentivo para la formalización, pues se tendrá como requisito que los pescadores tripulantes, por lo menos, estén inscritos como pescadores (primer eslabón de su formalidad). 

La solución anterior no supone ningún despliegue fiscalizador adicional (ni genera ningún costo estatal), ya que con el mismo procedimiento de zarpe que hoy se tiene se controlará la tenencia y vigencia del SOPA. 

Se podría preguntar: ¿Por qué no se hizo antes? o ¿por qué los pescadores no compran su propio seguro por su cuenta? En primer lugar, porque el producto no existe; simplemente no estaba diseñado por las empresas aseguradoras. En segundo lugar, porque el producto no es para vendérselo a los pescadores sino a los dueños de las embarcaciones. 

Se podría observar lo anterior asegurando que los costos de un seguro obligatorio, al final del día, se trasladarán al pescador y que estamos “sobrecargándolo” de costos. La verdad de la milanesa es que con este SOPA esa transferencia de costos no es tan fácil como se puede creer, dada la forma como se relacionan y dividen las cuentas entre los pescadores, el armador y los comerciantes. Pero si queremos forzar al máximo el tema de la transferencia de costos, definitivamente esta no recaería sobre los pescadores, sino más bien sobre los comerciantes, quienes casi ridículamente tendrían que dividir el costo diario del seguro entre el número de peces pescados o su peso (dependiendo de la pesca) para así poder trasladar ese cociente en su precio de venta, si es que la elasticidad se lo permitiera. Algo que ciertamente parece difícil que suceda.

Desde la perspectiva de Produce, atendiendo frontalmente el problema, sabemos que es bueno servir esta SOPA, aun cuando algunos crean que los pescadores no se la van a tomar. 

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