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Theresa May encuentra su final, por Jenni Russel

“Así fue como terminó el mandato de Theresa May esta semana: destrozado por su ceguera, su secreta obstinación, en soledad y desesperación”.

Jenni Russel Periodista

Theresa May anuncia que renunciará como líder del Partido Conservador el 7 de junio. Foto: AFP

“Lloró al renunciar hoy, pero la pena debería ser por el país que dañó, no por ella misma”. (Foto: AFP)

En la última temporada de “Juego de tronos”, una reina alguna vez poderosa y arrogante se encuentra casi sola en lo alto de su castillo, abandonada por las multitudes que una vez le temieron y siguieron, con su estrategia en ruinas. Al final, mientras huye por una escalera, incluso su luchador más confiable la abandona. Solo el hombre que la ama está a su lado al final.

Así fue como terminó el mandato de Theresa May esta semana: destrozado por su ceguera, su secreta obstinación, en soledad y desesperación. Ni un solo ministro apareció para defenderla cuando el martes se publicaron sus planes finales para obtener el acuerdo del ‘brexit a través del Parlamento.

Su silencio lo decía todo. Sus propios ayudantes finalmente dejaron de fingir que ella tenía un futuro. Su ex asesor ya le había dicho públicamente que debía renunciar para evitar la humillación nacional de Gran Bretaña. Los miembros del Gabinete, que habían permanecido obstinadamente al lado de ella, les dijeron a los miembros del Parlamento y a los periodistas que todo había terminado.

“Ella no está teniendo una audiencia, todos se han dado por vencidos”, dijo un miembro del Gabinete de May. Todas sus propuestas de ‘brexit’ terminaron en fracaso, incluido su intento de último minuto por encontrar una solución de compromiso que pudiera atraer al Partido Laborista. Su credibilidad había sido abatida. Sus correligionarios más radicales la estaban denunciando, los titulares de los periódicos decían “desesperados, engañados, condenados” y se creía que las bases del Partido Conservador en todo el país presionaban para cambiar las reglas de su partido con el fin de sacarla.

Conseguir el acuerdo del ‘brexit’ iba a ser difícil, pues se había vendido en base a una mentira: que irse sería simple y el futuro próspero.

May, como primera ministra después del referéndum del ‘brexit’ del 2016, podría haber minimizado esas dificultades al exponer esa mentira y al buscar un ‘brexit’ que mantuviera la economía británica cerca de la europea, mientras honraba la decisión de irse. Ella tenía el poder de definir qué significaba ‘brexit’.

Trágicamente, en cambio, optó por complacer a la derecha de su partido y a sus partidarios en los medios de comunicación, prometiendo abandonar el mercado único de la Unión Europea y su unión aduanera, y repitiendo sin cesar la desastrosa idea de que “ningún acuerdo es mejor que un mal acuerdo”. Las decisiones de May en esos primeros meses enmarcaron el ‘brexit’ como una brusca ruptura de Europa y convirtió el problema en un desastre.

Durante unos meses disfrutó de las recompensas políticas de corta duración: la prensa del Partido Conservador ofreció una adoración calculada, alabando a la nueva Dama de Hierro y admirando su ambición, audacia y liderazgo.

Llevada por su adulación, May convocó una elección para reforzar la pequeña mayoría parlamentaria que había heredado. En cambio, su campaña la expuso como la política terca, sin encanto y poco convincente que es. En lugar de expandir su mayoría en el Parlamento, lo perdió y se vio obligada a pedir el apoyo de un pequeño partido de extrema derecha del norte de Irlanda.

“Si pierdes una elección y no tienes mayoría, tienes que cambiar la estrategia. Theresa no lo hizo”, dice un ministro del Gabinete. May persiguió obstinadamente el ‘brexit’, aunque no tenía ni el mandato ni los votos para respaldarlo, y la necesidad de evitar resucitar una frontera física en Irlanda del Norte hizo imposible su entrega.

Su apoyo se desmoronó cuando los rebeldes radicales, como Boris Johnson, la desafiaron, renunciando al Gabinete y presionando por impedir el trato del ‘brexit’, que ella había legitimado como “mejor que un mal acuerdo”. May quedó varada con un distrito electoral reducido dentro de su partido, pero incluso en noviembre pasado, cuando el acuerdo que finalmente negoció con la Unión Europea fue derrotado en la Cámara de los Comunes por el mayor margen en la historia británica, se negó a explorar la posibilidad de buscar un consenso en el Parlamento trabajando con ambos partidos. Ella finalmente abrió conversaciones con el Partido Laborista hace siete semanas solo porque no le quedaban más opciones.

“El problema con Theresa es que solo reconoce la realidad cuando la golpea en la cara”, me dijo una exasperada ex ministra del Gabinete. “Ella nunca se juega con los resultados, y no los discute, por lo que no puede pensar dos o tres pasos por delante. Solo cuando la línea A sea completamente imposible, cambiará a la línea B”. Esta ministra había estado instando a May desde el 2017 a comprometerse y buscar aliados. “Pero ella nunca lo intentó. Finalmente hizo lo correcto, pero dos años demasiado tarde”.

La batalla de May ha terminado, sus exultantes rivales se desataron. A diferencia de la reina de Westeros, ella no es una mujer malvada; pero su estupidez obstinada es imperdonable. El legado que deja, la visión purista y cuajada del ‘brexit’ que ella ha ayudado a moldear, es venenosa. Lloró al renunciar hoy, pero la pena debería ser por el país que dañó, no por ella misma.

–Glosado y editado–
© The New York Times

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