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La urgencia del archivo, por José-Carlos Mariátegui

“El verdadero valor de un archivo no se limita a conservar documentos, sino a categorizarlos y difundirlos”.

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"En el Perú tenemos limitadísimos servicios relacionados con el conocimiento y la gestión de la información que permitan dar acceso público al patrimonio documental de la nación". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Hace dos meses, en una entrevista de Florencia Portocarrero a Natalia Majluf y Beverly Adams para la revista “Terremoto” sobre “Redes de vanguardia. Amauta y América Latina, 1926-1930” –una exhibición que hoy se presenta en el Museo Reina Sofía de Madrid–, las curadoras de la exposición afirmaron que el archivo de José Carlos Mariátegui fue clave para emprender dicho proyecto. Se estima que la exhibición será visitada por casi 400.000 personas y ha recibido comentarios en los más importantes medios globales, como el “New York Times”, “The Economist” y hasta un artículo a página entera en el “Financial Times”. Luego de España, la muestra viajará por Lima, México y Austin (Estados Unidos), lo que le asegurará ser una de las exhibiciones de mayor impacto internacional en la historia reciente del país.

Para Majluf y Adams, el archivo de Mariátegui fue el principal recurso de información que les permitió identificar la compleja red de intercambios de alcance global que establecieron la revista “Amauta” y su fundador, José Carlos Mariátegui, en tan solo cinco años de existencia. Las herramientas tecnológicas disponibles en la web del archivo Mariátegui permitieron el estudio de este momento significativo de la historia política, social y cultural latinoamericana, y permitió identificar y relacionar nombres, fechas y lugares asociados con 4.000 cartas, fotografías, ilustraciones y otros documentos. Se descubrió así la escala de las redes de colaboradores y distribución de “Amauta”, a pesar de las limitaciones de comunicación propias de la época: una red de 1.446 colaboradores en 126 ciudades a nivel nacional e internacional. Estas articulaciones demuestran que Mariátegui no era un pensador de escritorio, sino que disponía de fuentes de primerísima mano con las que intercambió información y que le permitieron articular una visión panorámica de la realidad peruana e internacional. Podríamos decir que articuló una suerte de Internet en la década de 1920.

Si se hubiesen hecho estas indagaciones de forma manual, tan solo la investigación y el análisis de la información hubiesen ocupado el tiempo completo de cuatro investigadores por cinco años. Gracias a las herramientas digitales del archivo Mariátegui, el proyecto de exhibición pudo concretarse en poco más de dos años. Esto prueba la potencia que logra un pequeño acervo documental para construir nuevos imaginarios y lograr hacerlos públicos, impactando a miles de personas en el mundo online y offline. Si digitalizáramos, sistematizáramos y conectáramos tan solo el 1% de los archivos personales existentes en el Perú, podríamos identificar asombrosas relaciones que nos permitirían ser mucho más perspicaces y articular originales formas de narrar la historia de nuestro país a partir de documentos y evidencias.

Por ello, el verdadero valor de un archivo no se limita a conservar u ordenar documentos, sino al trabajo de categorizarlos, conectarlos entre sí y difundirlos de manera libre y utilizando tecnologías que hagan este trabajo eficiente y colaborativo, lo que permitirá su uso en beneficio del bien común y hará posible que todos los ciudadanos seamos parte activa en la construcción de nuestra identidad, de una nueva historia peruana que produzca una visión crítica y original acerca del presente y el futuro.

Lamentablemente, en el Perú tenemos limitadísimos servicios relacionados con el conocimiento y la gestión de la información que permitan dar acceso público al patrimonio documental de la nación. El estado en el que algunos archivos se encuentran –expuestos a los riesgos de su degradación inevitable y pérdida sistemática–, así como su escasísima difusión libre e inclusiva, hace necesaria y urgente una política nacional de archivos, que incluya el financiamiento de iniciativas para la investigación, la formación y el desarrollo de plataformas tecnológicas para la gestión, colaboración y difusión del patrimonio documental. Esta política deberá incluir la preservación y difusión de aquellas formas no escritas: historias orales, visuales y audiovisuales que suelen ser olvidadas con mayor facilidad, pero que establecen vínculos plurisemióticos que componen la verdadera complejidad cultural de nuestro país.

Sin historia no hay forma de construir una nación. El país vive un momento en el que es crucial evaluar críticamente nuestra historia para articular una identidad y aspiración social. De cara al bicentenario, el trabajo de sistematizar, organizar y difundir los archivos en el Perú –personales, públicos, académicos y regionales– debe verse como un primer paso hacia una aspiración mayor que busque ampliar el conocimiento generando nuevas y necesarias lecturas de nuestra historia.

El autor es miembro del Consejo Consultivo del Proyecto Bicentenario.

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