Diego Maradona, el barrilete cósmico que sacó campeón del mundo a la selección argentina en México 1986. (Foto: AFP)
Diego Maradona, el barrilete cósmico que sacó campeón del mundo a la selección argentina en México 1986. (Foto: AFP)
Ricardo Montoya

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Todos sabíamos el final del relato. Nos dolía de antemano. Maradona por mucho que se empeñara en contradecirse, era en el fondo, un romántico. No podía evitarlo. Por eso cuando Goycochea, desconsolado, revela que murió sin compañía, se nos abre una herida en el costado. Se fue, precisamente, como no le hubiese gustado irse.

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Ya en la Habana, allá por el 2000, cuando decidió enfrentar su adicción a la cocaína había confesado “me siento más solo que Kung fu”, en alusión al ermitaño Kwai Chang Caine, protagonista de la serie de los 80. El sarcasmo era una de sus herramientas para enfrentar la tristeza. “Yo crecí en un barrio privado… privado de luz, privado de teléfono, privado de agua” comentaba con orgullo sobre su infancia misérrima. “A veces me agarran bajones, pero pongo El Chavo y se me pasan” reflexionaba sobre su proceso de rehabilitación. Después, se descuidó de nuevo. Tenía cuarenta y contra lo que afirma el tango 20 años son todo. El cuerpo todavía estaba fuerte. “Vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez”.

Cansada de aguantar tanto, Claudia, su compañera de siempre, dejó de ser su pareja al poco tiempo. Maradona inconforme con la distancia, trató de reconquistarla cantando. “Voy a olvidarme de mí” le prometió en su programa. No hubo caso, la defensa estaba firme. “La droga es un Pacman que se va comiendo toda tu familia” aceptó en una entrevista. Hasta la incondicionalidad tenía un límite. “El hombre fue una víctima, al que seguramente elogiamos sin piedad” escribió sobre sobre su vida exagerada Jorge Valdano. “Así lo educó el mismo sistema que luego lo criticó” comentó El Checho Batista en televisión nacional. Diego, creía que se le debía perdonar lo imperdonable. Total, era Dios ¿no?

Claudia “La Bruja” alzó vuelo, pero siguió pendiente, como amiga, del padre de sus hijas. Las apariciones de nuevos vástagos explicaron mejor el adiós sentimental. La prole Maradona crecía mientras la salud se le deterioraba. Diego, un fabricante de imposibles, gambeteó a la parca en un par de ocasiones. “Muera la muerte” tuiteó su amigo Sabina. Diego era incorregible y los muchos hombres que lo habitaban también. “La pelota no se mancha”. Ella no tiene la culpa.

Los últimos días de Maradona están apareados de una tristeza infinita. Al evidente deterioro de su condición física hay que agregarle un resquebrajamiento emocional. Lejos de su ex esposa, con varios juicios pendientes, y devastado por el adiós definitivo de Roció Oliva, Maradona empezó a ensimismarse. La joven rubia, treinta años menor que él, había decidido tras varias reconciliaciones esta vez, después de casi siete años de relación, terminar con un vínculo que consideraba patológico. No había vuelta atrás.

La versión de la familia al verlo en ese estado, acongojado y lúgubre es que, deponiendo diferencias, le pidieron a Roció que se acercara a saludarlo. Creyeron que le haría bien. “Él estaba muy enamorado, quería verla para sus 60 años, y ella se negó” cuenta Yanina Latorre al diario Clarín.

Esa es la hipótesis por la que luego del desenlace no le permitieron a Roció ingresar al velatorio a despedirlo. También le reprochan que, tras la consumación de los hechos, saliera a llorar en cámaras en lugar de ir a verlo.

Todos sabíamos el final del relato. Diego, revela inconsolable Goycochea, uno de los hombres más amados del planeta, paradójicamente estuvo solo en su hora postrera. Tanto amor y no poder hacer nada contra la muerte, dice un verso de Vallejo.

Tus hijos y los hijos de tus hijos preguntaran por él.

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