Felipe Ortiz de Zevallos

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El primer cente­nario de la fue ce­lebrado festiva­mente, al menos en Lima. Se inauguraron la pla­za San Martín, el monumento a Manco Cápac, el Museo de Arte Italiano, la fuente china, la torre del reloj en el parque Univer­sitario. Unas 30 delegaciones extranjeras asistieron a las ce­lebraciones.

La República Aristocrática que lo precedió fue una época próspera. Entre 1895 y 1919, el PBI per cápita (cifras de Bruno Seminario) se elevó de US$605 a US$1.494, casi 2,5 veces en 25 años. Pero en 1917, el mundo vio irrumpir en Rusia a la prime­ra revolución comunista. En las elecciones de 1919, el expresi­dente Augusto B. Leguía logró la mayoría de los votos pero dio un golpe de Estado por el temor de que la Corte Suprema anu­lara una parte de ellos y el Con­greso convocara nuevas elec­ciones. Se inició así el Oncenio.

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La Modernidad Frustrada podría llamársele al período entre el 2001 y 2020. Resultó también una época próspera. El PBI per cápita (cifras del Banco Mundial) se elevó de US$1.941 a US$6.127, más del triple en 20 años. La inflación fue una de las menores de la región. Y 10 millones de peruanos deja­ron de ser pobres. Pero una des­centralización territorial mal concebida, la grave crisis de los partidos e instituciones políti­cas, una corrupción grosera, un Estado incapaz de prestar servicios básicos a sus ciudada­nos, y también (como cuando la República Aristocrática) una incapacidad de las élites domi­nantes para entender y asumir integralmente un país tan com­plejo como el Perú –y para lide­rar con esfuerzo y desinterés un desarrollo más inclusivo y menos desigual– afectaron tan importantes avances.

La pandemia del COVID-19 ha enlutado a más de 200.000 familias peruanas. Y el resulta­do de las últimas elecciones ha generado una peligrosa polari­zación y mucha incertidumbre, así como miedo y desconfianza en sectores relevantes de la po­blación. Todo ello ha afectado la celebración del frugal programa organizado para el Bicentenario: inauguraciones como la del MU­NA, conciertos, congresos acadé­micos, concursos diversos, series de TV como “El último bastión”.

Perú Libre –partido que obtu­vo el 15% de los votos en primera vuelta para ganar 37 de 130 esca­ños en el Congreso– se proclama marxista-leninista. Por tanto, es ajeno y contrario, en su esen­cia, a la democracia liberal. Los marxistas-leninistas aspiran a un mundo en el cual el Estado con­trole la economía y sus principa­les medios productivos, abata a la burguesía y sus valores, anule la libertad de prensa y reprima a la oposición.

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Por sanciones en procesos de corrupción, Perú Libre invitó a Pedro Castillo como su candida­to. El presidente Castillo –quien jura hoy por la Constitución vi­gente desempeñar la Primera Magistratura de la Nación hasta el 28 de julio del 2026– es un au­téntico representante del Perú profundo, ese que injustamente carece todavía de servicios ade­cuados de educación y salud, y cuya producción agrícola no logra soporte ni mercados ade­cuados. Maestro rural, ronde­ro y sindicalista, su experiencia administrativa es limitada. Y su plan de gobierno incluye una propuesta de cambio de Cons­titución, eventualmente a tra­vés de mecanismos forzados, para que esta adquiera, según enunció, “olor, sabor y color de pueblo”.

En paralelo con la agonía de las dictaduras cubana y chavista y con un creciente radicalismo en países vecinos como Chile y Colombia, se inicia hoy en el Perú un Socialismo Incierto, uno que podría contribuir a superar algu­nas causas sociales que frustraron la modernidad y el desarrollo re­cientes o, por un burdo complejo de Adán, pretender borrar no so­lo lo malo sino también lo bueno escrito en la pizarra, en el intento de refundar un país hoy pasmado.

¿Se superarán pronto los gra­ves estragos causados por el CO­VID-19? ¿Repetirá Perú Libre su triunfo en las elecciones regio­nales y locales del 2022? ¿Se ce­lebrarán elecciones generales libres en el 2026? ¿Aumentará la calidad sanitaria y educativa de los miles de niños de distritos pobres como Tacabamba? ¿Será más fluida la relación entre la so­ciedad y el Estado? ¿Se recupe­rarán la confianza, la inversión privada, los empleos formales? ¿Aumentarán la inflación y la de­valuación? ¿Se buscará cerrar una economía que tanto esfuer­zo costó abrir? ¿Restringirá un creciente burocratismo contro­lista y corrupto la capacidad pa­ra crear empresa, para innovar, para imaginar un mejor futuro? ¿Las pocas instituciones que hoy funcionan bien se debilitarán o afirmarán? ¿Sufrirá la libertad de expresión?

Que el presidente Castillo en su mensaje de hoy y su Gabinete cuando presente su plan al Con­greso puedan aclarar, para bien, algunas de estas inquietudes. El Perú requiere de un gobierno que promueva el éxito, la unión y el bienestar de todos los peruanos. //

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